Documento de Universidad sobre Historia de España 2º de Bachillerato. El Pdf detalla la Protohistoria de la Península Ibérica, incluyendo la Edad del Bronce y del Hierro, y las colonizaciones fenicias, griegas y cartaginesas. También explora el reino visigodo en Hispania, su organización y caída, ofreciendo una visión completa para estudiantes de Historia.
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La Edad del Bronce abarca en la península Ibérica desde 2.600 a.C. hasta 1000 a.C., momento en que se empieza a utilizar el bronce como metal para las herramientas y las armas. Durante esta época, las culturas de la Península irán entrando en contacto con culturas alfabetizadas que llegan a la costa mediterránea desde el este de ese mar y que contribuirán a que tales culturas entren en la Historia, en una transición, hasta la llegada de los romanos, que llamamos Protohistoria.
La metalurgia del bronce es un salto tecnológico muy grande, pues ese metal no se encuen- tra en la naturaleza, sino que es una aleación de cobre y estaño. Permite la fabricación, a escala mu- cho mayor que en el calcolítico, de herramientas y armas de mucha mejor calidad, mientras se reservan otros metales como el oro y la plata para objetos de adorno (doc. 2).
Estas civilizaciones tuvieron sus mejores exponentes en el sur y sureste de la P. Ibérica, des- tacando el yacimiento de El Argar (Almería), donde la riqueza de algunos ajuares funerarios frente a otros más pobres nos indica la existencia de marcadas diferencias sociales.
Mientras, en el interior de la Península, aparecían sociedades más atrasadas, basadas sobre todo en el pastoreo, como la cultura de Las Cogotas (Ávila), con cerámicas características a peine y poblados amurallados de notables dimensiones.
En el noreste, en Cataluña y parte del valle del Ebro, se impuso una forma de enterramiento peculiar: al difunto se lo incineraba y sus cenizas se enterraban en una urna de cerámica, dando ori- gen a la llamada cultura de los campos de urnas.
En Mallorca y Menorca se produjo una cultura megalítica llamada talayótica, caracterizada por sus monumentos en piedra: talayots (doc. 3) y taulas.
Todas estas zonas no estaban aisladas, sino que mantenían una fluida comunicación comer- cial entre ellas y con otras partes de la Europa atlántica, p. ej. gran parte del estaño necesario para el bronce se traía desde el sur de Inglaterra o en la cultura del Argar aparecen espadas micénicas en los ajuares funerarios de sus élites guerreras.
El último periodo de la Edad de los Metales es la Edad del Hierro, desde 1000 a.C. hasta 218 a.C., llegada de los romanos. Durante él, los diversos pueblos pobladores de la P. Ibérica se irán configurando en tres grandes grupos étnicos (mapa en doc. 4):
La principal de las culturas ibéricas fue Tartessos, nombre de su capital, aún no hallada, sita en el bajo valle del Guadalquivir (doc. 6). La cultura tartésica, que alcanzó su máximo apogeo entre los siglos VIII y VI a. C., tuvo su centro geográfico en Andalucía occidental, aunque también se extendió por la Meseta Sur y la Baja Extremadura. Las fuentes con las que se cuenta para el estudio de los tartesios son, además de las referencias de historiadores griegos y los restos arqueológicos encontrados.
La economía se sustentaba en la minería de plata, cobre y oro, en la ganadería y en las acti- vidades metalúrgicas del bronce. Tartessos era además un centro de comercio internacional que puso en contacto a fenicios y griegos con los pueblos del oeste peninsular. La relación entre estos pueblos era tan intensa que algunos historiadores sostienen que entre tartesios y fenicios se produjo una fusión cultural completa. Políticamente, Tartessos no constituyó una unidad, sino que existió una pluralidad de centros de poder. La religión tartésica aunó elementos locales con las principales divinidades fenicias, creando un sistema original de santuarios, destacando especialmente el de Cancho Roano (Badajoz).
A partir del siglo VI a. C., una combinación de elementos externos -como el creciente poder de Cartago o la sustitución del bronce por el hierro- e internos -como el agotamiento de las minas- provocaron la decadencia de esta cultura y su completa sustitución por los pueblos turdetanos, so- metidos al poder púnico en la zona.
En la actualidad, todavía se sigue buscando el emplazamiento de estos centros tartésicos, en el entorno de la reserva del Parque de Doñana.
A partir de 900 a.C. empiezan a llegar a la P. Ibérica expediciones de pueblos del este del Mediterráneo, más avanzados, con cultura superior ya que tenían alfabeto y, por lo tanto, escritura. Son los fenicios y los griegos, quienes dieron a la Península el nombre de Iberia. Llegaban aquí movidos por intereses comerciales, para lo que instalaron puntos de comercio estables, que se con- vertirían en ciudades. Desde el siglo VI a.C., los cartagineses se hicieron con el control de las viejas ciudades fenicias, lo que, después de la I Guerra Púnica, terminó por atraer a los romanos para luchar contra ellos. (doc. 4) Este período es conocido como Protohistoria ya que los pueblos indígenas no conocen aún la escritura, pero los escritores griegos y romanos, ya que no se han conservado obras literarias fenicias o cartaginesas, sí que escribieron sobre ellos.
La lucha en Hispania contra los cartagineses tuvo tanto éxito que, una vez vencido su enemigo, los romanos decidieron quedarse. En principio los hermanos Publio y Cneo Cornelio Escipión, establecieron su base en Tarraco (Tarragona) y desde allí hostigaron a los cartagineses, con buenos resultados, pero en 211 a.C. fueron derrotados y muertos. En su sustitución llegó el hijo del primero, también llamado Publio Cornelio Escipión, quien acabó con el poderío cartaginés en Hispania, conquistando en 209 a.C. Carthago Nova y en 206 a.C. Gadir, a la que los romanos llamaron Gades. Luego vencería al propio Aníbal en el norte de África en 202 a.C., dándose así por finalizada la Segunda Guerra Púnica con victoria romana. Las tribus hispanas, viendo que cambia- ban un amo por otro, empezaron ya a efectuar rebeliones, reprimidas a sangre y fuego.
La riqueza de Hispania hizo que los romanos decidieran quedarse y en 197 a.C. dividieron los dominios que tenían hasta entonces en la P. Ibérica en dos provincias: la Hispania Citerior, la costa mediterránea, y la Hispania Ulterior, el valle del Baetis, actual Guadalquivir (doc. 8a). Como gobernadores, Roma envió a dos pretores, cuyas principales misiones fueron mantener la paz, por la fuerza, si era necesario, cobrar los impuestos y organizar la explotación económica del territorio. En todo ello los romanos mostraron muy poco tacto, humillando a los indígenas, lo que provocó frecuentes rebeliones. Mientras, las tropas romanas, las famosas legiones, iban penetrando cada vez más al interior en expediciones muchas veces motivadas sólo por la codicia de los gobernadores, que esperaban obtener grandes botines y volver a Roma mucho más ricos de lo que eran cuando se hicieron cargo de sus puestos. A veces, los romanos tenían tantas dificultades que se hacía necesario enviar a un magistrado de categoría superior, un cónsul, con refuerzos.
En la penetración hacia el interior, los romanos tuvieron dos grandes enemigos: los lusitanos y los celtíberos. Los lusitanos, dirigidos en la última fase por Viriato, mantuvieron en jaque a los romanos entre 155 y 139 a.C., cuando Viriato fue asesinado. Los celtíberos lucharon contra Roma entre 153 y 133 a.C. momento en el que fue conquistada su ciudad más rebelde: Numancia, en las cercanías de Soria, conquistada por Publio Cornelio Escipión Emiliano, quien había arrasado Carta- go en 146 a.C., después de un riguroso asedio de un año. Con esta victoria, sólo quedaba sin ocupar por los romanos la cornisa cantábrica, lo cual se retrasó unos años porque los romanos se enzarza- ron en una serie de cruentas guerras civiles.
Durante medio siglo, las provincias hispanas se mantuvieron en relativa calma salvo la con- quista de las Baleares en 123 a.C. y ocasionales rebeliones. Pero desde 81 a.C., Hispania se convirtió en campo de batalla de diversos personajes que querían hacerse con el poder en Roma.
a .- La guerra sertoriana (81-73 a.C.). A principios del s. I a.C. Mario y Sila, dos poderosos romanos se disputaban el poder en Roma. Sertorio, partidario de Mario, era pretor de la Hispania Citerior cuando venció Sila, que naturalmente destituyó a Sertorio, que era muy popular en la provincia por