Documento de Universidad sobre Apuntes sobre el Anarquismo. El Pdf, de Filosofía, explora el concepto de anarquismo, analizando sus diversas interpretaciones y su evolución histórica, citando autores y sus perspectivas sobre la libertad y el rol del Estado.
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En la década de 1890 un escritor frances simpatizante del anarquismo escribió que «el anarquismo tiene anchas y robustas espaldas y, como el paño, es capaz de soportar cualquier carga», incluida la de ciertos militantes que hacen más daño a la causa que «su peor enemigo»." Ideas y prácticas calificadas de «anarquistas» las ha habido de muchas clases, sería inútil tratar de encuadrar todas estas tendencias divergentes en el marco de una ideología o teoría general. Y aunque procedieramos a extraer de la historia del pensamiento libertario una tradición viva, en permanente evolución, como hace Daniel Guérin en L'Anarchisme, sería arduo formular sus doctrinas como una teoría específica y determinada de la sociedad y el cambio social. El historiador anarquista Rudolf Rocker, cuya obra ofrece un análisis sistemático de la deriva del pensamiento anarquista hacia un anarcosindicalismo similar al de Guérin, pone el dedo en la llaga cuando escribe lo siguiente: [El anarquismo no es] un sistema social fijo, hermético, sino una tendencia manifiesta en la evolución histórica de la 1 La cita es de Octave Mirbeau y aparece en James Joll, The Anarchists, Little, Brown & Co., Boston, 1964, pp. 145-146. [Edición en castellano: Los anarquistas, traducción de Rafael Andreu Aznar, Grijalbo, Barcelona, 1968. (Los textos entre corchetes de esta sección son notas del traductor.)]humanidad, que, a diferencia de la tutela intelectual que ejercen las instituciones eclesiásticas o gubernamentales, aspira al desarrollo libre y expedito de todas las fuerzas individuales y sociales del hombre. Ni siquiera la libertad es un concepto absoluto, es sólo relativo, pues tiende a expandirse sin cesar y a alcanzar ámbitos cada vez más amplios de las formas más diversas. Para el anarquista, la libertad no es un concepto filosófico abstracto, sino la posibilidad concreta y fundamental que tiene cada ser humano de desarrollar plenamente las facultades, capacidades y talentos que le concede la naturaleza y ponerlos al servicio de la sociedad. Cuanto menos interfiera en este desarrollo natural del hombre el control eclesiástico o político, tanto más eficaz y armoniosa llegará a ser la personalidad humana y mejor muestra dará de la cultura intelectual de la sociedad que la ha engendrado. engendrado.2
Cabría preguntarse qué interés puede tener el estudio de «una tendencia manifiesta en la evolución histórica de la humanidad» en el que no encuentra expresión ninguna teoría social concreta y pormenorizada. En efecto, muchos comentaristas desdeñan el anarquismo, calificándolo de ideal utópico, informe, primitivo y, en todo caso, incompatible con las realidades de una sociedad compleja. Sin embargo, nada impide adoptar una perspectiva muy distinta y afirmar que, en cada estadio de la historia, nuestro propósito debería ser erradicar aquellas formas de autoridad y opresión originarias que si bien en su momento pudieron tener una justificación por motivos de seguridad, supervivencia o desarrollo 2 Rudolf Rocker, Anarchosyndicalism, Secker & Warburg, Londres, 1938, p. 31. [Edición en castellano: Anarcosindicalismo (teoría y práctica), traducción de Enrique Melich Gutiérrez, Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo, Madrid, 2009.]económico, en la actualidad agudizan la miseria material y cultural en lugar de contribuir a paliarla. Desde este punto de vista, no hay ninguna doctrina del cambio social fija, válida para el presente y el futuro, como tampoco existe necesariamente una idea concreta e inalterable de las metas hacia las que debería tender el cambio social. Nuestra comprensión de la naturaleza humana y de la variedad de formas viables de sociedad es sin duda tan rudimentaria que cualquier doctrina con pretensiones universales debe contemplarse con el mayor escepticismo, del mismo modo que deberíamos desconfiar cada vez que oigamos que la «naturaleza humana» o «los imperativos de la eficiencia» o «la complejidad de la vida moderna» requieren tal o cual forma de opresión o autocracia. Sin embargo, en cada época concreta tenemos sobrados motivos para desarrollar, hasta donde nuestro entendimiento lo permita, una realización específica de esta «tendencia manifiesta en la evolución histórica de la humanidad>> que sea acorde con los desafíos del presente. Para Rocker, «el desafío que nos plantea nuestra época es el de liberar al hombre de la lacra de la explotación económica y la esclavitud política y social»; y la solución no reside en la conquista y el ejercicio del poder estatal, ni en un parlamentarismo embrutecedor, sino en «la reconstrucción de la vida económica de los pueblos desde la base y en el espíritu del socialismo».
Mas sólo los productores están capacitados para ello, pues son el único estamento social creador de valor a partir del que puede surgir un nuevo porvenir. A ellos corresponde despojar al trabajo de los grilletes que le ha impuesto la explotación económica, liberar a la sociedad de todos los mecanismos e instituciones del poder político y abrir camino hacia una alianza de agrupaciones libres de hombres y mujeres basadas en el trabajo cooperativo y en una administración en interés de la comunidad. Preparar a las masas trabajadoras de la ciudad y el campo para este gran objetivo y unirlas en una fuerza militante, tal es el verdadero propósito del anarcosindicalismo moderno, ésa es cabalmente su misión. [p. 108]
En cuanto socialista, Rocker da por sentado que «la auténtica, definitiva y completa liberación de los trabajadores sólo es posible bajo una condición: la apropiación del capital, esto es, de las materias primas y los medios de producción, incluida la tierra, por parte del conjunto de los trabajadores».3 En cuanto anarcosindicalista, insiste además en que en el periodo prerrevolucionario las organizaciones obreras engendran «no sólo las ideas, sino también la realidad del porvenir», encarnando la estructura de la sociedad futura; y aguarda esperanzado la llegada de la revolucion que abolirá el aparato estatal y expropiará a los expropiadores. «En lugar del gobierno, proclamamos la administración industrial.»
Los anarcosindicalistas están convencidos de que el orden económico socialista no puede alcanzarse mediante decretos o estatutos gubernamentales, sino en virtud de la colaboración solidaria entre las mentes y los brazos de los trabajadores en cada ramo de la producción; es decir, encumbrando a la dirección de todas las fábricas a los propios trabajadores, de 3 Ibíd., p. 77. Esta cita y la de la frase siguiente proceden de «El programa de la Alianza», de Mijaíl Bakunin, reproducido en Bakunin on Anarchy, edición y traducción de Sam Dolgoff, Alfred A. Knopf, Nueva York, 1972. [Edición en castellano: La anarquía según Bakunin, traducción de Marcelo Covián Fasce, Tusquets Editores, Barcelona, 1984.]modo que las distintas agrupaciones, fábricas y ramos de la industria pasen a ser los miembros independientes del organismo económico general que se encarguen sistemáticamente de la producción y la distribución de los bienes en interes de la comunidad, mediante acuerdos adoptados libremente.
Esto lo escribía Rocker poco después de que estas ideas se hubieran llevado a la práctica de forma espectacular en la Revolución Española. Justo antes de que estallara esa revolución, el economista anarcosindicalista Diego Abad de Santillán había escrito:
[ ... ] al afrontar el problema de la transformación social, la revolución no puede valerse del Estado como medio, sino que ha de confiar en la organización de los productores. En este principio nos hemos basado y no vemos que haya necesidad de un poder superior al de los sindicatos para establecer un nuevo orden de cosas. Que alguien nos explique qué función, si es que la hay, puede tener el Estado en una organización económica en la que la propiedad privada ha sido abolida y no hay lugar para el parasitismo y los privilegios arbitrarios. La supresión del Estado exige fuerza y vigor; es tarea de la revolución acabar con el Estado. Una de dos: o la revolución entrega la riqueza social a los trabajadores, en cuyo caso éstos se organizarán con vistas a la distribución colectiva y el Estado dejará de tener sentido; o la revolución no entrega la riqueza social a los productores, en cuyo caso la revolución habrá sido un fraude y el Estado seguirá existiendo. Nuestro consejo federal de economía no es un poder político sino un poder regulador económico y administrativo. Recibe sus directrices desde abajo y opera con arreglo a las resoluciones de las asambleas regionales y nacionales. Es un organismo de coordinación, nada más.4
En una carta de 1883, Engels se mostraba en franco desacuerdo:
Los anarquistas ponen las cosas patas arriba. Afirman que la revolución proletaria debe empezar por echar abajo la organización política del Estado. [ ... ] Pero hacerlo en un momento como este equivaldría a destruir el único organismo que el proletariado victorioso tiene a mano para imponer la autoridad recién conquistada, mantener a raya a sus adversarios capitalistas y llevar a cabo esa revolución económica de la sociedad sin la cual su victoria terminará 4 Diego Abad de Santillán, After the Revolution, Greenberg, Nueva York, 1937, p. 86. [Traducción al inglés de El organismo económico de la revolución, publicado en 1936 y reeditado en Zero, Madrid, 1978.] En el último capítulo de la obra, escrito varios meses después del comienzo de la revolución, el autor se muestra descontento con los progresos realizados hasta entonces. Un estudio más detallado de los logros de la revolución social en España puede encontrarse en el primer capítulo de mi libro American Power and the New Mandarins (Pantheon Books, Nueva York, 1969) y en las referencias que allí se citan [parte de este capítulo se corresponde con el capítulo 3 de la presente edición]; el gran estudio de Broué y Témime ya ha sido traducido al inglés [en castellano se publicó también hace tiempo: La Revolución Española (1931-1939), traducción de Pilar Bouzas, Edicions 62, Barcelona, 1977]. Desde entonces se han publicado otros estudios bien documentados sobre el tema, entre los que destacan: Frank Mintz, L'autogestion dans l'Espagne révolutionnaire, Éditions Bélibaste, París, 1971 [edición en castellano: Autogestión y anarcosindicalismo en la España revolucionaria: análisis y críticas, 1931- 2005, Traficantes de Sueños, Madrid, 2006]; César M. Lorenzo, Les anarchistes espagnols et la pouvoir, 1868-1969, Éditions du Seuil, París, 1969 [edición en castellano: Los anarquistas españoles y el poder (1868-1969), Ruedo Ibérico, París, 1973]; Gaston Leval, Espagne libertaire, 1936-1939: L'œuvre constructive de la Révolution espagnole, Éditions du Cercle, París, 1971. Véase también Vernon Richards, Lessons of the Spanish Revolution, 1936-1939, edición ampliada, Freedom Press, Londres, 1972 [edición en castellano: Enseñanzas de la Revolución Española, traducción de Laín Díez, Campo Abierto Ediciones, Madrid, 1977].