Teología Fundamental: La Transmisión de la Revelación en la Universidad de Navarra

Documento de la Universidad de Navarra sobre Teología Fundamental: La Transmisión de la Revelación. El Pdf explora la transmisión de la revelación cristiana, la tradición apostólica y la relación entre Escritura y Tradición, siendo un recurso útil para estudiantes universitarios de Religión.

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TEOLOGÍA
FUNDAMENTAL
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LA TRANSMISIÓN DE LA REVELACIÓN
C
onsideramos ahora la transmisión de la revelación cristiana, es decir, su conser-
vación y propagación en el tiempo. El modo en que la revelación se transmite
responde a un plan inscrito en el mismo designio revelador de Dios, en el que los
Doce apóstoles y toda la Iglesia desempeñan un papel fundamental por la acción
del Espíritu Santo. Al hilo de la constitución dogmática Dei Verbum 7-10, estudiamos el
papel de los apóstoles (DV 7) en la transmisión de la revelación, así como la función de la
tradición, la Escritura y el magisterio (DV 8-10), sin pretender ofrecer una visión completa
y exhaustiva de estas cuestiones.
1. LA TRADICIÓN APOSTÓLICA
Dios quiso que su revelación salvíca llegase a los hombres y mujeres de todos los tiempos,
por lo que dispuso benignamente “que todo lo que había revelado para la salvación de los
hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las genera-
ciones” (DV 7). Esta disposición divina está ligada a la importante noción de tradición.
La tradición consiste en la transmisión de los bienes de la salvación que, con la fuerza del
Espíritu Santo, hace de la Iglesia la actualización permanente de la comunión originaria.
La llamamos tradición apostólica “porque surgió del testimonio de los apóstoles y de
la comunidad de los discípulos en el tiempo de los orígenes, fue recogida por inspira-
ción del Espíritu Santo en los escritos del Nuevo Testamento y en la vida sacramental,
en la vida de la fe, y a ella (...) la Iglesia hace referencia continuamente como a su fun-
damento y a su norma a través de la sucesión ininterrumpida del ministerio apostólico
(...). Esta permanente actualización de la presencia activa de nuestro Señor Jesucristo
en su pueblo, obrada por el Espíritu Santo y expresada en la Iglesia a través del mi-
nisterio apostólico y la comunión fraterna, es lo que en sentido teológico se entiende
con el término tradición (...). La tradición no es transmisión de cosas o de palabras
muertas: “es el río vivo que se remonta a los orígenes, el río vivo en el que los orígenes
están siempre presentes. El gran río que nos lleva al puerto de la eternidad” (Bene-
dicto XVI, Audiencia general, 26.04.2006).
En la transmisión de la revelación tienen un papel fundamental tanto los apóstoles (predi-
cación apostólica), como sus sucesores los obispos (sucesión apostólica).
Como indica el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 83), es preciso distinguir esta “gran
Tradición” de las “tradiciones eclesiales”, como expresiones locales y temporales
de tradiciones teológicas, disciplinares, litúrgicas o devocionales. Estas últimas solo
pueden ser conservadas, modicadas o abandonadas bajo la guía del magisterio de la
Iglesia, siempre en consonancia con la gran Tradición.
Conviene hacer una lectura atenta de los nn. 7-10 de
Dei Verbum
, y del
Catecismo
de la Iglesia Católica
, 74-141 (especialmente nn. 74-95).
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Juan Alonso © EUNSA © INSTITUTO SUPERIOR DE CIENCIAS RELIGIOSAS (ISCR)
TEMA
LA TRANSMISIÓN DE LA REVELACIÓN
1.1. LOS DOCE APÓSTOLES, ESLABONES ENTRE CRISTO Y SU IGLESIA
Son tres los elementos distintivos que hacen de los apóstoles unos eslabones únicos entre
Jesucristo y la Iglesia:
a. Elección por parte de Jesús: es el punto de partida de su situación privilegiada
respecto a la persona, las palabras y las obras de Jesús. Esta excepcional posición
se maniesta con claridad a través de los dos vocablos especícos que el Nuevo Tes-
tamento emplea para designarles: “Los Doce” y “Los Apóstoles”.
Al elegir doce discípulos, Jesús establece una continuidad con el pueblo de Israel
porque doce habían sido los patriarcas y doce las tribus descendientes de ellos, que
formaban el pueblo. Pero también está señalando implícitamente que ha llegado el
tiempo del nuevo Israel profetizado por Isaías y Jeremías. “Los Doce” simbolizan el
nuevo Pueblo de Dios del que son comienzo y fundamento.
El término apóstol (del griego άπόστολος, que signica enviado) existía en el ámbito
griego y hebreo, pero era poco frecuente y relevante, y no incluía la idea de autoriza-
ción del enviado. El sentido que “apóstol” tiene en el Nuevo Testamento es comple-
tamente original, hasta llegar a convertirse en un término técnico. Cristo ha dado a
los apóstoles una autorización extraordinaria que viene del cielo y se orienta hacia
el cielo. Por eso rechazar a un Apóstol es rechazar a Dios mismo: “El que a vosotros
recibe, a me recibe, y el que me recibe a recibe a quien me envió” (Mt 10, 40;
Mc 9, 41; Lc 10, 16).
b. Condición de testigos privilegiados de la vida, la enseñanza y las obras de Jesús.
Si la revelación hubiera consistido en una doctrina losóca o en unas normas de
comportamiento como, por ejemplo, el estoicismo de la antigüedad, para propagarla
solo serían necesarios unos maestros y predicadores. Pero para anunciar a los hom-
bres el mensaje de que han sido salvados no por una ideología sino por el mismo
Dios, se requerían testigos: hombres que hubieran presenciado esos hechos.
Además, el testimonio de los apóstoles no solo es resultado de su experiencia
directa y de su cercanía con Jesús, sino de la acción del Espíritu Santo que les hace
conocer y profundizar en lo que han recibido del Maestro.
c. Misión concreta que Jesús les encomienda: predicar la Buena Nueva, el Evan-
gelio, primero a “las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mc 3, 13-14), preparán-
dolos para la gran misión posterior (Mt 28, 19):
Aunque el encargo de predicar no es exclusivo de los Doce, la misión que ellos reciben
es única, porque deriva de su elección particular y su experiencia única de Cristo. Su
envío a predicar y transmitir la revelación no es solo una exigencia del carácter histó-
rico de la Iglesia, sino una disposición eterna del Padre en orden a la transmisión de
la revelación y la salvación traída por Cristo (Jn 17, 18).
S. Clemente Romano, a nales del siglo I, lo expresa sintéticamente: “Los apóstoles
nos predicaron el Evangelio de parte del Señor Jesucristo; Jesucristo fue enviado por
Dios. En resumen, Cristo de parte de Dios y los apóstoles de parte de Cristo: una
y otra cosa... sucedieron ordenadamente en cumplimiento de la voluntad de Dios”
(Carta primera a los corintios, 42, 1-3). Tertuliano, a su vez, habla de la doctrina que
“las iglesias recibieron de los apóstoles, los apóstoles de Cristo, y Cristo de Dios” (De
praescriptione haereticorum, 37, 1).
El papel de los Doce apóstoles respecto a la revelación es tan relevante que la predicación
y el testimonio apostólicos constituyen la norma de la fe cristiana por la acción del Espíritu

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La Transmisión de la Revelación Cristiana

Consideramos ahora la transmisión de la revelación cristiana, es decir, su conser-vación y propagación en el tiempo. El modo en que la revelación se transmite responde a un plan inscrito en el mismo designio revelador de Dios, en el que los Doce apóstoles y toda la Iglesia desempeñan un papel fundamental por la acción del Espíritu Santo. Al hilo de la constitución dogmática Dei Verbum 7-10, estudiamos el papel de los apóstoles (DV 7) en la transmisión de la revelación, así como la función de la tradición, la Escritura y el magisterio (DV 8-10), sin pretender ofrecer una visión completa y exhaustiva de estas cuestiones.

Conviene hacer una lectura atenta de los nn. 7-10 de Dei Verbum, y del Catecismo de la Iglesia Católica, 74-141 (especialmente nn. 74-95).

La Tradición Apostólica

Dios quiso que su revelación salvífica llegase a los hombres y mujeres de todos los tiempos, por lo que dispuso benignamente "que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las genera-ciones" (DV 7). Esta disposición divina está ligada a la importante noción de tradición.

La tradición consiste en la transmisión de los bienes de la salvación que, con la fuerza del Espíritu Santo, hace de la Iglesia la actualización permanente de la comunión originaria. La llamamos tradición apostólica "porque surgió del testimonio de los apóstoles y de la comunidad de los discípulos en el tiempo de los orígenes, fue recogida por inspira-ción del Espíritu Santo en los escritos del Nuevo Testamento y en la vida sacramental, en la vida de la fe, y a ella ( ... ) la Iglesia hace referencia continuamente como a su fun-damento y a su norma a través de la sucesión ininterrumpida del ministerio apostólico ( ... ). Esta permanente actualización de la presencia activa de nuestro Señor Jesucristo en su pueblo, obrada por el Espíritu Santo y expresada en la Iglesia a través del mi-nisterio apostólico y la comunión fraterna, es lo que en sentido teológico se entiende con el término tradición ( ... ). La tradición no es transmisión de cosas o de palabras muertas: "es el río vivo que se remonta a los orígenes, el río vivo en el que los orígenes están siempre presentes. El gran río que nos lleva al puerto de la eternidad" (Bene-dicto XVI, Audiencia general, 26.04.2006).

En la transmisión de la revelación tienen un papel fundamental tanto los apóstoles (predi-cación apostólica), como sus sucesores los obispos (sucesión apostólica).

Como indica el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 83), es preciso distinguir esta "gran Tradición" de las "tradiciones eclesiales", como expresiones locales y temporales de tradiciones teológicas, disciplinares, litúrgicas o devocionales. Estas últimas solo pueden ser conservadas, modificadas o abandonadas bajo la guía del magisterio de la Iglesia, siempre en consonancia con la gran Tradición.Universidad de Navarra

Los Doce Apóstoles, Eslabones entre Cristo y su Iglesia

Son tres los elementos distintivos que hacen de los apóstoles unos eslabones únicos entre Jesucristo y la Iglesia:

  1. Elección por parte de Jesús: es el punto de partida de su situación privilegiada respecto a la persona, las palabras y las obras de Jesús. Esta excepcional posición se manifiesta con claridad a través de los dos vocablos específicos que el Nuevo Tes-tamento emplea para designarles: "Los Doce" y "Los Apóstoles". Al elegir doce discípulos, Jesús establece una continuidad con el pueblo de Israel porque doce habían sido los patriarcas y doce las tribus descendientes de ellos, que formaban el pueblo. Pero también está señalando implícitamente que ha llegado el tiempo del nuevo Israel profetizado por Isaías y Jeremías. "Los Doce" simbolizan el nuevo Pueblo de Dios del que son comienzo y fundamento. El término apóstol (del griego áróotoños, que significa enviado) existía en el ámbito griego y hebreo, pero era poco frecuente y relevante, y no incluía la idea de autoriza-ción del enviado. El sentido que "apóstol" tiene en el Nuevo Testamento es comple-tamente original, hasta llegar a convertirse en un término técnico. Cristo ha dado a los apóstoles una autorización extraordinaria que viene del cielo y se orienta hacia el cielo. Por eso rechazar a un Apóstol es rechazar a Dios mismo: "El que a vosotros recibe, a Mí me recibe, y el que me recibe a Mí recibe a quien me envió" (Mt 10, 40; Mc 9, 41; Lc 10, 16).
  2. Condición de testigos privilegiados de la vida, la enseñanza y las obras de Jesús. Si la revelación hubiera consistido en una doctrina filosófica o en unas normas de comportamiento como, por ejemplo, el estoicismo de la antigüedad, para propagarla solo serían necesarios unos maestros y predicadores. Pero para anunciar a los hom-bres el mensaje de que han sido salvados no por una ideología sino por el mismo Dios, se requerían testigos: hombres que hubieran presenciado esos hechos. Además, el testimonio de los apóstoles no solo es resultado de su experiencia directa y de su cercanía con Jesús, sino de la acción del Espíritu Santo que les hace conocer y profundizar en lo que han recibido del Maestro.
  3. Misión concreta que Jesús les encomienda: predicar la Buena Nueva, el Evan-gelio, primero a "las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mc 3, 13-14), preparán-dolos para la gran misión posterior (Mt 28, 19): Aunque el encargo de predicar no es exclusivo de los Doce, la misión que ellos reciben es única, porque deriva de su elección particular y su experiencia única de Cristo. Su envío a predicar y transmitir la revelación no es solo una exigencia del carácter histó-rico de la Iglesia, sino una disposición eterna del Padre en orden a la transmisión de la revelación y la salvación traída por Cristo (Jn 17, 18). S. Clemente Romano, a finales del siglo I, lo expresa sintéticamente: "Los apóstoles nos predicaron el Evangelio de parte del Señor Jesucristo; Jesucristo fue enviado por Dios. En resumen, Cristo de parte de Dios y los apóstoles de parte de Cristo: una y otra cosa ... sucedieron ordenadamente en cumplimiento de la voluntad de Dios" (Carta primera a los corintios, 42, 1-3). Tertuliano, a su vez, habla de la doctrina que "las iglesias recibieron de los apóstoles, los apóstoles de Cristo, y Cristo de Dios" (De praescriptione haereticorum, 37, 1).

El papel de los Doce apóstoles respecto a la revelación es tan relevante que la predicación y el testimonio apostólicos constituyen la norma de la fe cristiana por la acción del Espíritu Santo, es decir, el criterio de autenticidad y de discernimiento último de lo que forma parte de ella, y de su posible desarrollo bajo la forma de "tradición apostólica".

En resumen: los apóstoles constituyen el eslabón esencial entre Cristo y la Iglesia de todos los tiempos, de manera que su predicación y su inteligencia del misterio (Ef 3,4) tienen valor de revelación y son norma de la fe para los creyentes. Por tanto, puede decirse que la Iglesia está fundada sobre la obra de Cristo y sobre el testimonio de los apóstoles.

La Predicación Apostólica

¿Cómo se realiza la transmisión apostólica de la revelación? Dei Verbum n. 7 señala que el encargo recibido de Jesús de transmitir el Evangelio a todos los hombres fue realizado por los apóstoles de un doble modo: por la predicación oral y por medio de sus escritos.

Esta doble manera oral y escrita de transmitir lo recibido responde en realidad a la dinámica de la vida corriente, y no a un plan de selección de contenidos, como si se escogieran algunos de ellos para darlos a conocer a todos por medio de la escritura y otros se reservaran para una transmisión exclusivamente oral y destinada solo a un grupo de personas, como pretendían algunos (por ejemplo, los gnósticos en el siglo II).

  • Lo mismo que Jesús enseñó de palabra, también los apóstoles desde el principio dieron testimonio de Cristo y llamaron a la fe en Él (Hch 2 y 3) por medio de la predi-cación oral. Esto supone que durante un tiempo la Iglesia vivió sin escritos del Nuevo Testamento, y solo con la acción y predicación apostólica.

La transmisión apostólica de la fe se realizó oralmente -señala DV 7- "con ejemplos e instituciones", es decir, a través de la propia vida de los Apóstoles identificada con la del Señor (1 Co 4, 16: "sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo"), y de las instituciones (ritos sacramentales y formas de organización, etc.) que en ellos tienen su origen.

  • En un segundo momento, los mismos apóstoles, junto a algunos varones apostólicos, pusieron por escrito el mensaje de la salvación. En estos textos que conforman el Nuevo Testamento se fijó por escrito, bajo la inspiración del Espíritu Santo, la predicación apos-tólica, es decir, la memoria Christi conservada y predicada por los Doce apóstoles.

Transmisión de la Revelación en el Tiempo de la Iglesia

"Mas para que el Evangelio se conservara constantemente íntegro y vivo en la Iglesia, los apóstoles dejaron como sucesores suyos a los obispos, 'entregándoles su propio cargo del magisterio'" (DV 7). Cabe preguntarse: ¿ de qué manera la Iglesia es transmisora de la revelación? ¿ A través de qué cauces y modalidades realiza esa misión de servicio?

La Iglesia es depositaria de la revelación en un sentido esencialmente dinámico. El depó-sito de la fe es, por tanto, la revelación viviente y actuante que solo se conserva realmente en la medida en que es vivida y transmitida por la tradición de la Iglesia.

La Iglesia es sujeto y objeto de la tradición porque transmite a través de su doctrina, de su vida y de su culto lo que recibió de los apóstoles. El concilio indica que así la Iglesia perpetua y transmite a todas las generaciones todo lo que ella misma es, todo lo que cree (DV 8).

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