El Mensaje Cristiano: La Iglesia de Jesucristo, Unidad Didáctica de la UCAV

Documento de la Universidad Católica de Ávila sobre El Mensaje Cristiano - Unidad Didáctica 6: la Iglesia de Jesucristo. El Pdf explora la Iglesia como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo, detallando su origen teológico y preparación en la Antigua Alianza. Este material de Religión para Universidad es ideal para el estudio autónomo.

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31 páginas

EL MENSAJE
CRISTIANO
La Iglesia
de Jesucristo
Unidad
didáctica
6

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Índice

Objetivos 164 Introducción 165

6.1. Tres imágenes de la Iglesia

166

6.2. El origen teológico de la Iglesia

169

6.3. La misión en orden a la salvación

173

6.4. Las cuatro notas de la Iglesia

175

6.5. La Iglesia de la comunión

179

6.6. El ministerio de la jerarquía

181

6.7. Los fieles cristianos laicos

184

6.8. La vida consagrada en la Iglesia

187 Resumen 190 Referencias 191 www.ucavila.es UNIDAD 6: LA IGLESIA DE JESUCRISTO 163

Objetivos de la Unidad Didáctica

· Descubrir la fundamentación de la Iglesia en el proyecto de Dios. · Interpretar el significado teológico de la fundación de la Iglesia. · Comprender el misterio de la Iglesia, sacramento, comunión y cuerpo místico. · Analizar el protagonismo de la Iglesia como sacramento universal de salvación. · Conocer las diversas formas de vida eclesial. www.ucavila.es UNIDAD 6: LA IGLESIA DE JESUCRISTO 164

Introducción

Cierto día, Jesús y sus discípulos llegaron a la región de Cesarea de Filipo, ciudad situada al norte del lago de Tiberíades, casi en las fuentes del Jordán (Mt 16,13-20). Era un territorio casi pagano, donde Herodes Filipo fundó esta ciudad en honor de Augusto, el año 32 a. C. En aquellas circunstancias, el maestro preguntó a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?" Ellos contestaron: "Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros que Jeremías o algún otro profeta".

La respuesta de cada uno implica, directamente, la relación que quiere establecer con él. No es lo mismo que Jesús sea un mensajero que exhorta a la penitencia como el Bautista; que sea un promotor de la fe en el único Dios, impuesta con la violencia y la sangre, como Elías; o que predique una nueva época para la que hay que prepararse, como Jeremías o algún otro profeta. La relación con cada uno de estos personajes no exige una adhesión personal más allá del crédito que queramos concederle.

San Agustín distinguía entre tres maneras de creer en Dios: Credere Deum, es decir, creer que Dios existe, que está ahí, que vive; credere Deo, es decir, creer sus palabras, aceptar que lo que dice es verdad; y credere in Deum, es decir, confiar en él, depositar en él las esperanzas. En realidad, Jesús, aquel día, al preguntar a sus discípulos, les estaba interrogando sobre estos tres niveles: Si creían que existía, si creían sus palabras y si esta- ban dispuestos a ir un poco más allá y aceptarle como la razón de su existencia.

Según esto, Jesús les preguntó: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Entonces, Si- món Pedro declaró: ¡ Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo!" Es decir, tú eres el Cristo, el consagrado, el rey sacerdote que esperábamos.

La respuesta de Jesús, una vez confirmada la fe de sus discípulos, sobre todo de Pe- dro, manifiesta la voluntad de que esa respuesta se pueda sostener en el tiempo. Es decir, Cristo quiere instituir un proyecto nuevo para que los hombres de cada generación, cada hombre por sí y la humanidad en su conjunto, pueda descubrir esta misma realidad: "Tú eres el Ungido, el Cristo, el Hijo de Dios vivo, en quien confío".

Jesús le contestó: "¡Feliz tú, Simón, hijo de Jonás, porque ningún mortal te ha reve- lado esto, sino mi Padre que está en los cielos!" Después viene la explicación del proyec- to: "Por eso te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra voy a edificar mi Iglesia (Mt 16,18), y el poder del abismo no la vencerá. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desa- tado en el cielo". Veamos cómo se desarrolló todo este proyecto de Cristo.

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Tres imágenes de la Iglesia

En nuestro intento de reconocer la verdad de la Iglesia, podríamos estudiar todas las imágenes con las que la tradición bíblica, patrística y teológica ha querido compararla. Entre otras (CIC 753-757), se habla del redil, cuya puerta única es Cristo (Jn 10,1-29); del rebaño, cuyo pastor será el mismo Dios (Jn 10,11-14); de la labranza o campo de Dios (1Cor 3,9) donde hay erigida una torre (Mt 21,33); de la construcción de Dios (1Cor 3,9), hecha con piedras vivas (1Pe 2,5), cuya piedra angular, desechada por los arquitectos, es el mismo Cristo (Mt 21,42); de la madre de los hombres (Ga 4,26); de la esposa inmacu- lada del Cordero (Ef 5,25-26).

Para esta explicación, elegimos tres imágenes que explica el concilio Vaticano II en la constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, que nos ayudan a conocer la naturaleza y la misión de la Iglesia y, aunque con sus comprensibles limitaciones, sinte- tizan bien todo este imaginario eclesial: La Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, el Cuerpo de Cristo, el Templo del Espíritu Santo. Veamos, con algo de detención, cada una de estas representaciones icónicas del misterio de la Iglesia.

La Iglesia como Pueblo de Dios

Primero. La Iglesia, Pueblo de Dios. Este concepto hace referencia al hecho de que Dios quiso salvar a los hombres no individualmente y aislados sino constituidos en un pueblo que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa.

Dice el concilio: "Eligió a Israel para pueblo suyo. Le fue revelando su persona y su plan a lo largo de su historia y lo fue santificando. Todo esto, sin embargo, su- cedió como preparación y figura de su alianza nueva y perfecta que iba a realizar en Cristo, [ ... ] en su sangre, convocando a las gentes de entre los judíos y los gentiles para que se unieran, no según la carne, sino en el Espíritu" (LG 9).

Este pueblo se distingue claramente de los demás grupos religiosos, étnicos, políti- cos o culturales de la historia. Según el Catecismo (CIC 781-786), habría siete caracte- rísticas de este pueblo:

  • Es el Pueblo de Dios, es decir, Dios no pertenece a ningún pueblo. Pero él ha adquirido para sí un pueblo, formado por aquellos que antes no eran un pueblo: "Una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa" (1Pe 2,9).
  • No se empieza a ser miembro de este pueblo por nacimiento o por la familia biológica, sino por nacer "de arriba", por nacer "del agua y del Espíritu" (Jn 3,3- 5), por la fe en Cristo Jesús y por el bautismo.

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Características del Pueblo de Dios

  • La cabeza de este pueblo es Jesucristo. Él es el ungido, el mesías, que hace par- tícipe a su pueblo de esa misma unción. El Espíritu Santo fluye desde la cabeza para constituir un pueblo mesiánico, cristocéntrico. Esto hace que el Pueblo de Dios sea sacerdotal, profético y real, como el mismo Cristo.
  • Los signos de identidad de este pueblo son la dignidad y la libertad de los hijos de Dios en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo.
  • La ley de este pueblo es el mandamiento nuevo del amor; amar como Cristo nos ama. Es la nueva ley, la ley del Espíritu.
  • La misión del Pueblo de Dios es ser sal de la tierra y luz del mundo. Es el ger- men de unidad, esperanza y salvación para todo el género humano.
  • El destino es el reino de Dios que él comenzó en este mundo, que se ha de ir extendiendo hasta que él mismo lo lleve a su perfección.

La Iglesia como Cuerpo de Cristo

Segundo. La Iglesia, Cuerpo de Cristo. Al definir así la Iglesia, la tradición apos- tólica, desde san Pablo (Rm 12,4-5; Col 1,18), entendió que Cristo es la cabeza de un cuerpo del que los miembros son los fieles cristianos. Cristo habla de una vid de la que los hombres son los sarmientos.

En esta imagen, cabe desarrollar, al menos, tres aspectos fundamentales: La unidad de todos los miembros entre sí por su unión con Cristo; Cristo como cabeza del cuerpo; y la Iglesia como esposa de Cristo (CIC 789-801).

  • Cuando hablamos de unidad, de que todos los creyentes forman un solo cuer- po, no significa que se haya abolido la diversidad de los miembros. El Espíritu distribuye los dones, diversos, para el bien de la Iglesia, a los hombres, diversos, convocados a la unidad.
  • Cristo es la cabeza de este cuerpo como principio de la creación y de la salva- ción. Él nos une a su Pascua y a los demás misterios de su vida, también a su sufrimiento. Sufrimos con él para ser con él, también, glorificados. Él nos ayuda en el crecimiento. Él distribuye en la Iglesia, su cuerpo, los ministerios para el servicio. La Iglesia es una con Cristo. Se podría decir que Cristo y la Iglesia son el Cristo total. La plenitud de Cristo es la cabeza y sus miembros.
  • La relación de Cristo con la Iglesia es como la de un hombre con su esposa; la Iglesia es la esposa de Cristo, lo que asegura la distinción entre ambos en una relación personal (Mc 2,19). La Iglesia es la esposa inmaculada del esposo inmaculado (Ap 22,17) a la que Cristo amó y por la que se entregó a fin de san- tificarla (Ef 5,26).

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La Iglesia como Templo del Espíritu Santo

Tercero. La Iglesia, Templo del Espíritu Santo. El Espíritu, dice san Agustín, es como el alma de la Iglesia (CIC 797-801). Lo que nuestro espíritu, nuestra alma, es para nuestros miembros, es el Espíritu Santo para los miembros de Cristo, para el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Este cuerpo debe estar unido y, en él, el Espíritu Santo actúa como principio de toda acción vital. Actúa de diversas maneras en la edificación de todo el cuerpo, en la caridad:

  • Por la Palabra de Dios, que tiene el poder de construir el edificio.
  • Por el bautismo, mediante el cual forma el Cuerpo de Cristo.
  • Por los sacramentos, que hacen crecer y curan a los miembros de Cristo.
  • Por la gracia concedida a los apóstoles, que actúan bajo la bendición para el bien y los carismas por los que asumen diversas responsabilidades para edificar la Iglesia.

En definitiva, las imágenes nos ayudan a comprender el origen, la naturaleza y la misión de la Iglesia. No son la Iglesia y, como imágenes, son limitadas. Pero han servido, a lo largo de los siglos, para interpretar bien su misterio. En particular, las imágenes de Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo, con raíces fundamental- mente bíblicas, han llegado al concilio Vaticano II con una fuerza especial para manifestar la hondura y la profundidad de la Iglesia en un lenguaje sencillo y comprensible.

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