Documento de la Universidad Católica de Ávila sobre El Mensaje Cristiano - Unidad Didáctica 6: la Iglesia de Jesucristo. El Pdf explora la Iglesia como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo, detallando su origen teológico y preparación en la Antigua Alianza. Este material de Religión para Universidad es ideal para el estudio autónomo.
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Objetivos 164 Introducción 165
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187 Resumen 190 Referencias 191 www.ucavila.es UNIDAD 6: LA IGLESIA DE JESUCRISTO 163
· Descubrir la fundamentación de la Iglesia en el proyecto de Dios. · Interpretar el significado teológico de la fundación de la Iglesia. · Comprender el misterio de la Iglesia, sacramento, comunión y cuerpo místico. · Analizar el protagonismo de la Iglesia como sacramento universal de salvación. · Conocer las diversas formas de vida eclesial. www.ucavila.es UNIDAD 6: LA IGLESIA DE JESUCRISTO 164
Cierto día, Jesús y sus discípulos llegaron a la región de Cesarea de Filipo, ciudad situada al norte del lago de Tiberíades, casi en las fuentes del Jordán (Mt 16,13-20). Era un territorio casi pagano, donde Herodes Filipo fundó esta ciudad en honor de Augusto, el año 32 a. C. En aquellas circunstancias, el maestro preguntó a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?" Ellos contestaron: "Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros que Jeremías o algún otro profeta".
La respuesta de cada uno implica, directamente, la relación que quiere establecer con él. No es lo mismo que Jesús sea un mensajero que exhorta a la penitencia como el Bautista; que sea un promotor de la fe en el único Dios, impuesta con la violencia y la sangre, como Elías; o que predique una nueva época para la que hay que prepararse, como Jeremías o algún otro profeta. La relación con cada uno de estos personajes no exige una adhesión personal más allá del crédito que queramos concederle.
San Agustín distinguía entre tres maneras de creer en Dios: Credere Deum, es decir, creer que Dios existe, que está ahí, que vive; credere Deo, es decir, creer sus palabras, aceptar que lo que dice es verdad; y credere in Deum, es decir, confiar en él, depositar en él las esperanzas. En realidad, Jesús, aquel día, al preguntar a sus discípulos, les estaba interrogando sobre estos tres niveles: Si creían que existía, si creían sus palabras y si esta- ban dispuestos a ir un poco más allá y aceptarle como la razón de su existencia.
Según esto, Jesús les preguntó: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Entonces, Si- món Pedro declaró: ¡ Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo!" Es decir, tú eres el Cristo, el consagrado, el rey sacerdote que esperábamos.
La respuesta de Jesús, una vez confirmada la fe de sus discípulos, sobre todo de Pe- dro, manifiesta la voluntad de que esa respuesta se pueda sostener en el tiempo. Es decir, Cristo quiere instituir un proyecto nuevo para que los hombres de cada generación, cada hombre por sí y la humanidad en su conjunto, pueda descubrir esta misma realidad: "Tú eres el Ungido, el Cristo, el Hijo de Dios vivo, en quien confío".
Jesús le contestó: "¡Feliz tú, Simón, hijo de Jonás, porque ningún mortal te ha reve- lado esto, sino mi Padre que está en los cielos!" Después viene la explicación del proyec- to: "Por eso te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra voy a edificar mi Iglesia (Mt 16,18), y el poder del abismo no la vencerá. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desa- tado en el cielo". Veamos cómo se desarrolló todo este proyecto de Cristo.
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En nuestro intento de reconocer la verdad de la Iglesia, podríamos estudiar todas las imágenes con las que la tradición bíblica, patrística y teológica ha querido compararla. Entre otras (CIC 753-757), se habla del redil, cuya puerta única es Cristo (Jn 10,1-29); del rebaño, cuyo pastor será el mismo Dios (Jn 10,11-14); de la labranza o campo de Dios (1Cor 3,9) donde hay erigida una torre (Mt 21,33); de la construcción de Dios (1Cor 3,9), hecha con piedras vivas (1Pe 2,5), cuya piedra angular, desechada por los arquitectos, es el mismo Cristo (Mt 21,42); de la madre de los hombres (Ga 4,26); de la esposa inmacu- lada del Cordero (Ef 5,25-26).
Para esta explicación, elegimos tres imágenes que explica el concilio Vaticano II en la constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, que nos ayudan a conocer la naturaleza y la misión de la Iglesia y, aunque con sus comprensibles limitaciones, sinte- tizan bien todo este imaginario eclesial: La Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, el Cuerpo de Cristo, el Templo del Espíritu Santo. Veamos, con algo de detención, cada una de estas representaciones icónicas del misterio de la Iglesia.
Primero. La Iglesia, Pueblo de Dios. Este concepto hace referencia al hecho de que Dios quiso salvar a los hombres no individualmente y aislados sino constituidos en un pueblo que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa.
Dice el concilio: "Eligió a Israel para pueblo suyo. Le fue revelando su persona y su plan a lo largo de su historia y lo fue santificando. Todo esto, sin embargo, su- cedió como preparación y figura de su alianza nueva y perfecta que iba a realizar en Cristo, [ ... ] en su sangre, convocando a las gentes de entre los judíos y los gentiles para que se unieran, no según la carne, sino en el Espíritu" (LG 9).
Este pueblo se distingue claramente de los demás grupos religiosos, étnicos, políti- cos o culturales de la historia. Según el Catecismo (CIC 781-786), habría siete caracte- rísticas de este pueblo:
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Segundo. La Iglesia, Cuerpo de Cristo. Al definir así la Iglesia, la tradición apos- tólica, desde san Pablo (Rm 12,4-5; Col 1,18), entendió que Cristo es la cabeza de un cuerpo del que los miembros son los fieles cristianos. Cristo habla de una vid de la que los hombres son los sarmientos.
En esta imagen, cabe desarrollar, al menos, tres aspectos fundamentales: La unidad de todos los miembros entre sí por su unión con Cristo; Cristo como cabeza del cuerpo; y la Iglesia como esposa de Cristo (CIC 789-801).
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Tercero. La Iglesia, Templo del Espíritu Santo. El Espíritu, dice san Agustín, es como el alma de la Iglesia (CIC 797-801). Lo que nuestro espíritu, nuestra alma, es para nuestros miembros, es el Espíritu Santo para los miembros de Cristo, para el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Este cuerpo debe estar unido y, en él, el Espíritu Santo actúa como principio de toda acción vital. Actúa de diversas maneras en la edificación de todo el cuerpo, en la caridad:
En definitiva, las imágenes nos ayudan a comprender el origen, la naturaleza y la misión de la Iglesia. No son la Iglesia y, como imágenes, son limitadas. Pero han servido, a lo largo de los siglos, para interpretar bien su misterio. En particular, las imágenes de Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo, con raíces fundamental- mente bíblicas, han llegado al concilio Vaticano II con una fuerza especial para manifestar la hondura y la profundidad de la Iglesia en un lenguaje sencillo y comprensible.
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