Relaciones semánticas entre palabras: hiponimia, sinonimia, polisemia y antonimia

Documento de Mad sobre Relaciones semánticas entre las palabras: hiponimia, sinonimia, polisemia, homonimia y antonimia. El Pdf explora conceptos clave de la semántica como los cambios de sentido, la noción de campo y la tipología de campos de Coseriu, útil para estudiantes universitarios de Idiomas.

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38 páginas

Tema
13
José Javier Rodríguez Toro
Relaciones semánticas
entre las palabras:
hiponimia, sinonimia,
polisemia, homonimia
y antonimia.
Los cambios de sentido
Volumen I
504 PROFESORES DE ENSEÑANZA SECUNDARIA
INDICE
1. RELACIONES SEMÁNTICAS ENTRE LAS PALABRAS
1.1. La noción de ‘campo’(o la posibilidad de estructurar el léxico de una len-
gua). Antecedentes inmediatos
1.2. El ‘campo’ según Trier y Weisgerber
1.3. Otras concepciones de ‘campo’
1.4. Conclusión parcial
1.5. La semántica estructural: Coseriu
1.5.1. La tipología de los campos de Coseriu
1.6. Una aportación de la lingüística española: los tipos de campos semánticos
de Corrales
2. HIPONIMIA, SINONIMIA, POLISEMIA, HOMONIMIA Y ANTONIMIA
2.1. Hiponimia
2.2. Sinonimia
2.3. Polisemia y homonimia
2.3.1. Polisemia
2.3.2. Homonimia
2.4. Antonimia
3. LOS CAMBIOS DE SENTIDO
3.1. Los cambios de sentido según la semántica tradicional
3.2. Los cambios de sentido según la semántica estructural
3.3. Los cambios de sentido según la semántica cognitiva
3.3.1. Redefinición de ‘metáfora’ y ‘metonimia’
3.3.1.1. La metáfora
3.3.1.2. La metonimia
3.3.2. Los ‘esquemas de imágenes’

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RELACIONES SEMÁNTICAS ENTRE LAS PALABRAS

La noción de 'campo' (o la posibilidad de estructurar el léxico de una lengua). Antecedentes inmediatos

Si bien había sido apuntada por Humboldt muchos años antes, suele sostenerse que la lingüística moderna debe a Ferdinand de Saussure la noción de estructura: la lengua se entiende como Gestalt, como totalidad cuyos elementos componentes son interdependien- tes, hasta el extremo de que el valor de ellos deriva del sistema en su conjunto. Hasta la fecha actual este acercamiento a la realidad del lenguaje ha logrado notables resultados tanto en fonología como en morfología, un poco menos en sintaxis. La cuestión que se plantea al instante es saber si podría ser aplicada al vocabulario de una lengua, lo que supondría dar cumplida cuenta de las relaciones semánticas que se establecen entre las palabras -punto primero del presente tema.

En principio, la aplicación de la noción estructura en el léxico tropieza con un obstáculo insalvable. El número de unidades del vocabulario de cualquier lengua es infinitamente mayor que el de las unidades fonológicas -para el español, en concreto, nos bastan con veinticuatro fonemas- o gramaticales. Afirma Ullmann al respecto que «incluso la gramá- tica de una lengua altamente inflexiva puede aprenderse en un tiempo relativamente corto y recordarse sin demasiada dificultad, mientras que pocas personas sabrán más del 10% de las palabras de su lengua materna». No debe extrañar, en este sentido, que Hjelmslev propusiera convertir las clases abiertas, como es el caso del léxico, en pequeñas clases ce- rradas, puesto que «una descripción estructural solo podrá efectuarse a condición de poder reducir las clases abiertas a clases cerradas».

Pero, además, la organización que a las palabras del léxico subyace consta de relacio- nes notablemente más laxas. Según afirma Martinet, «el léxico propiamente dicho parece mucho menos fácilmente reductible a la normalización estructural». Ahora bien, de lo dicho no cabe deducir que el léxico se presente como una parcela amorfa, carente de cualquier norma u organización.

En este contexto debe insertarse la teoría del campo (semántico, léxico ... o como- quiera que se lo etiquete), considerada por algunos como la «gran revolución de la semán- tica moderna» (Guiraud). En palabras de Ullmann, se inauguró con ella «una nueva fase en la historia de la semántica». Antes de citar a los autores principales cuando se habla de campo semántico (fundamentalmente Trier o Weisgerber y, dentro del estructuralismo, Co- seriu) habría que situar los antecedentes más o menos inmediatos: Heyse (1856) -que,

en opinión de Coseriu, es el más antiguo-, Tegner (1874), Abel (1885), Osthoff (1899), Stöhr (1910), Werner (1919) ... Meyer, pongamos por caso, demuestra en un artículo de 1910 la idea de campo de forma coherente y bastante detallada, si bien es verdad que en el trabajo no se emplea la terminología que se impuso con posterioridad. El autor habla de sistema semántico (alemán Bedeutungssysteme) definido como «agrupación de un número limitado de expresiones desde un punto de vista individual», y que puede ser de tres tipos:

  • Naturales.
  • Artificiales (por ejemplo, los grados militares).
  • Semiartificiales (por ejemplo, el del lenguaje de la caza, el de los lenguajes profe- sionales).

G. Ipsen (1924) es realmente quien formuló la idea de campo; su influencia sobre la terminología sí se antoja verdaderamente decisiva:

Las palabras autóctonas no están nunca solas en una lengua, sino que se encuentran re- unidas en grupos semánticos; con ello no hacemos referencia a un grupo etimológico, aún menos a palabras reunidas en torno a supuestas 'raíces', sino a aquellas cuyo contenido semántico objetivo se relaciona con otros contenidos semánticos. Pero esta relación no está pensada como si las palabras estuviesen alineadas en una serie asociativa, sino de tal suerte que todo el grupo forme un campo semántico estructurado en sí mismo; como en un mosaico, una palabra se une aquí a la otra, cada una limitada de diferente manera, pero de modo que los contornos queden acoplados y todas juntas queden englobadoras en una unidad semántica de orden superior, sin caer en una oscura abstracción.

Coinciden en el tiempo con la teoría de Trier -influido de manera directa por Ipsen, tal como veremos más adelante- las doctrinas contrarias de Jolles y Porzig. El mismo Ipsen pre- cisó sus ideas en un trabajo posterior, fechado en 1932; sin embargo, lo único que consiguió con su matización fue alejarse del análisis lingüístico aplicado al contenido. Este autor limitó su noción de campo pues los elementos que lo integraran debían estar, en primer lugar, equi- parados formalmente. Los campos de Jolles, por otro lado, son campos compuestos nada más que por dos elementos (padre-hijo, muerte-vida ... ); Porzig también se fijaba en «campos semánticos elementales», en «relaciones semánticas esenciales» como coger-mano, oír-oído, lamer-lengua ... Decía Porzig que «la relación más elemental que posiblemente todavía puede determinar un campo semántico es evidentemente la que existe solo entre dos palabras».

El 'campo' según Trier y Weisgerber

La aportación fundamental al asunto que tratamos corresponde, en primer lugar, a Jost Trier, quien afirma que «el problema del campo me ha surgido en el intento (que me ocupa desde 1923) de exponer en su totalidad y desarrollo histórico el vocabulario alemán de la esfera conceptual del entendimiento». Se refiere, entre otros trabajos, a su estudio sobre los términos del conocimiento y de la inteligencia en lengua alemana, cuyo título original es El vocabulario alemán en el ámbito del conocimiento. La historia de un campo lingüístico (en alemán Der deutsche Wortschatz im Sinnbezirk des Verstandes. Die Geschichte eines sprachlichem Feldes, Heidelberg, 1931). El autor partía de la base de que el estudio del significado de las palabras aisladas supone falsear su realidad, por lo que solo interesará el contenido significativo de una palabra en cuanto que ese contenido constituye una parte del contenido de la lengua a que pertenece. En esta hipótesis se ve clara la influencia, aparte de Ipsen, de Humboldt y de Saussure. De Humboldt toma aquello de que «la articu- lación es la característica esencial más general y más profunda de toda lengua».

Trier es el primero que indiscutiblemente aplicó el principio saussureano de la lengua como sistema a la investigación del vocabulario. Es cierto que Saussure no dedica en su conocido Cours un capítulo exclusivo a la semántica, de manera que en la obra solo encontramos refe- rencias esporádicas, pero, cuando trata del valor lingüístico, determinadas ideas constituyen, sin duda, la base de la teoría del campo (otro cosa bien distinta es que Saussure empleara este tér- mino, lo que no hace). Anticipa, eso sí, el carácter paradigmático del campo léxico al afirmar:

... dentro de una misma lengua, todas las palabras que expresan ideas afines se limitan recíprocamente: sinónimos como redouter, craindre, avoir peur no tienen valor propio más que por su oposición; si redouter no existiera, todo su contenido iría a sus concurrentes.

Saussure intentó determinar la red de asociaciones que, existentes alrededor de cual- quier palabra, la relacionan con las demás; se trata de relaciones asociativas que perte- necen a la langue. El linguista la comparaba con una «constelación» donde la palabra en cuestión constituía el centro, «el punto en que convergen otros términos coordinados, cuya suma es indefinida». Ahora bien, las relaciones que se entablan son de muy distinta índole, como demuestra el ejemplo por él utilizado: el francés enseignement 'enseñanza' se asocia con los siguientes cuatro paradigmas:

  • Con las formas verbales de enseigner 'enseñar' aquella está asociada desde un punto de vista semántico y desde un punto de vista formal.
  • Con voces como apprentissage 'aprendizaje' o éducation 'educación' desde un punto de vista semántico.
  • Con changement 'cambio' o armement 'armamento' desde un punto de vista for- mal (observese que las tres voces comparten idéntico sufijo derivativo).
  • En cambio, con la misma terminación de justement 'justamente' o clement 'cle- mente, misericordioso' la conexión formal es casual.

Sólo la segunda de las asociaciones cabría dentro de un análisis de campo aplicado al contenido. Geckeler, asimismo, considera «irreconciliable con la teoría del campo» que en Saussure el número de elementos que lo constituyen no «se presentan ni en número definido, ni en un orden determinado».

A uno de los más destacados alumnos de Saussure, Charles Bally, debemos en realidad el concepto de campo asociativo. Según Bally, se trata, con sus propias palabras, del «halo que rodea al signo». Su ejemplo del buey es bien conocido. Dice este linguista que al usar esa palabra pensamos al mismo tiempo en «vaca, toro, ternero, cuernos, rumiar, mugir ... », en «labranza, arado, yugo ... » y, por fin, en las «ideas de fuerza, de resistencia, de trabajo pacien- te, pero también de lentitud, de pesadez, de pasividad, etc.». Las asociaciones a que se hace referencia, como puede deducirse del caso elegido, son exclusivamente de tipo semántico.

En opinión de Trier, el vocabulario de una sincronia constituye una totalidad semanti- camente articulada, estructurada en campos, entre los cuales se da una relación de coor- dinación o una relación jerárquica. A su vez, cada uno de los campos representa «un todo articulado, una estructura»:

En la lengua todo es articulación. Así como las palabras se articulan a partir del campo y tienen su esencia en ello, de la misma manera los campos solo existen en la articulación de magnitudes superpuestas y así escalonadamente hasta el todo de la lengua.

Siguiendo a Ipsen, Trier compara el vocabulario de cualquier lengua con un mosaico:

El lugar en el que [la palabra], rodeada por ellas [las vecinas] se sitúa como pequeña pieza dentro del gran mosaico de la capa de signos, determina su contenido; este lugar le asigna a la palabra qué parte del bloque total de los contenidos psíquicos en cuestión delimita y representa mediante el signo.

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