Documento de la Universidad Gabriela Mistral sobre la arquitectura en América Latina. El Pdf explora la evolución de la arquitectura latinoamericana, sus peculiaridades e influencias culturales e históricas, con un enfoque en las arquitecturas divergentes y la "década libertaria" en el arte universitario.
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SEMANA 5
"La arquitectura en América Latina"
El texto que encontrarás a continuación ha sido extraído de:
Waisman, M. y Naselli, C. (1989). "La arquitectura en América Latina". En M. Waisman y C. Naselli, 10 Arquitectos Latinoamericanos (pp. 26-38). Sevilla: Junta de Andalucía.Consejería de Obras Públicas y Transportes Dirección General de Arquitectura y Vivienda
Marina Waisman César NaselliII
La actual arquitectura latinoamericana, a cuyo estudio se dedicarán los capítulos siguientes, se inscribe en el marco de la cultura posmoderna, pero sus reacciones frente al juego entre cultura moderna y cultura posmoderna señalan las diferencias entre su historia y la de los países centrales, una diferencia que no debe entenderse como "diferente de", esto es, como una definición por comparación, sino como una caracterización en sí misma7.
La cultura moderna es la de la sociedad nacida con las revoluciones políticas, industriales, sociales, de los siglos XVIII y XIX. La ideología del progreso técnico-científico, el ideal de racionalidad como fundamento de la organización productiva y de la organización social, la creencia en la validez universal de tales ideas, a la vez que la convicción de que el mundo occidental, creador de los instrumentos de producción y de pensamiento de la nueva sociedad, es la guía indiscutible del resto del mundo, son algunos de los rasgos que definen a esta cultura.
La ideología del progreso conducía a la formulación de un proyecto de sociedad, en el cual participaron activamente los maestros de la arquitectura, elaborando un modelo urbano/arquitectónico que, del mismo modo que el proyecto social, pretendía tener validez universal.
Los arquitectos de América Latina, y ya desde la década del 30 algunas autoridades políticas8, pudieron aceptar con toda convicción las propuestas del modelo moderno, puesto que desde el siglo anterior se compartía la ideología del progreso, se ansiaba la modernidad y se formulaban proyectos para alcanzarla. De tal modo que muy temprano (en México, en la década del 20) pueden encontrarse obras que responden a las nuevas teorías, o, en algún caso, meramente a la nueva estética.
El moderno saber arquitectónico universal se construyó fundamentalmente sobre el funcionalismo decimonónico y sobre el pensamiento y los instrumentos técnico-formales del Movimiento Moderno, en su vertiente bauhausiana9. Implica una práctica articulada por los mecanismos de una abstracta percepción visual, convenientes para los ideales socialistas de la Europa de entreguerras, y por valores estéticos derivados de un secular contacto con la cultura grecolatina y la cultura romántica10.
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Gregorio Warchavchik, vivienda, San Pablo, Brasil. Sánchez, Lagos y de la Torre, edificio Kavanagh, Buenos Aires, 1936.El pensamiento teórico-crítico que les es propio, su práctica con procesos y metodología fíjos y su acervo morfológico-técnico-tipológico, sistematizado y universalizado, elaboraron una producción arquitectónica que se propuso como modelo absoluto para la cultura occidental, y por ende para América Latina. Pero en esta región sufrirían un proceso impensado. Una doble impostación sobre el saber universalista configura este proceso: su conjunción e interacción con la realidad latinoamericana, por una parte -luego de una fase de asentamiento acrítico -; y con el saber arquitectónico local, al que hemos llamado patrimonial y consolidado, por otra parte. También deberíamos agregar a estos encuentros los procesos de selección de temas, elementos lingüísticos, modelos, por parte de los operadores locales11, y asimismo la multiplicidad de las fuentes, el modo indiscriminado en que se trasmite la más variada información12.
Esta alquimia, con sus operaciones de asimilación, trasformación, contradicción entre los varios planos culturales, ha producido, en el mejor de los casos, un sincretismo, y en otras ocasiones un eclecticismo arquitectónico o urbanístico que puede alcanzar rasgos originales, que hoy son motivo de una profunda observación crítica por parte de la comunidad protagonista13. Se instaura así la continuidad en el círculo teoría/praxis/crítica/teoría ... que usualmente presentaba cortes e interferencias, al manejarse con pautas de valores, datos y experiencias ajenos al medio en que realmente trascurría14. Nuevos instrumentos de análisis, nuevas categorizaciones, están permitiendo hoy trazar una historia propia de la arquitectura latinoamericana, que no aparece ya como mero apéndice de la arquitectura mundial sino diferenciándose, y aun adelantándose a sus desarrollos15. Pero para que esto sucediera era menester que se produjera un profundo cambio en el signo mismo de la cultura.
En efecto, después de la segunda guerra mundial se define un nuevo tipo de cultura, correspondiente a una sociedad que, según el punto de vista que se adopte, se califica como postindustrial, sociedad de consumo o de los medios masivos de comunicación, neocapitalismo, neocolonialismo, etcétera. Es esta una sociedad fragmentada, tanto en el interior de las naciones industrializadas como en el contexto mundial. Los pensadores, por su parte, verifican la fragmentación en el proceso de "autonomización" de las esferas de valor y de experiencia, la pluralización de la vida social, la pérdida de fe en la posibilidad de hallar un principio primero16.
Dentro de las naciones desarrolladas, durante los movimientos contestatarios de la década del 60, numerosos grupos marginados -o automarginados- reivindicaron su propia identidad tomando conciencia de su marginación. Y en el contexto mundial la toma de conciencia alcanzó a las naciones del llamado Tercer Mundo, en pleno proceso de descolonización, llevándolas a reconocer sus valores culturales tradicionales, históricamente despreciados por propios y ajenos en su confrontación con el modelo europeo.
En América Latina, la realidad socio-política y económica gestada a lo largo de la primera mitad del siglo, en un proceso específico de la región, hizo su explosiva crisis alrededor de 1950, con el comienzo de los movimientos sociales, su cruel politización partidista, su liberación teológica, sus inhumanas y represivas dictaduras, sus revoluciones y duras guerras civiles que continúan aún, así como la posterior aparición de los movimientos guerrilleros que todavía ensangrientan algunos de los países; junto a ello, su despectivo y doloroso estatus de republiquetas "bananeras", "cafeteras", o de "graneros del mundo" ...
El Mercado Común Europeo y diversos otros mercados de países desarrollados, con la marginación a que condenaron a Latinoamérica en las crisis posteriores a 1970, el manejo de las instituciones financieras internacionales y de las deudas externas, exhibieron su fea desnudez e hicieron caer el último velo de los ingenuos afanes americanos por una europeización ennoblecedora. La pérdida de la inocencia y de la fe en el "padre" son las amargas consecuencias. Ese abrir de ojos alcanzó a la teoría, la crítica y buena parte de la práctica arquitectónica de estas regiones, ayudado, bien es cierto, por el trasvasar mundial de los contenidos y métodos de las ciencias humanas y sociales a la proyectación arquitectónica.
Pero además, la fe en el progreso técnico-científico, en la racionalidad del proceso de industrialización, había entrado en crisis como consecuencia de la guerra misma y sus horrores, y de los desastres ecológicos que se comprueban día a día. De ese modo, varios elementos,
28Bresciani, Valdés, Castillo, Huidobro, Unidad Vecinal Portales, Santiago de Chile. fundamentales de la cultura moderna se ponían en cuestión: el valor universal de las propuestas basado en la pretendida universalidad de las pautas culturales; la bondad intrínseca del proceso tecnológico-industrial; la autoridad moral de la racionalidad científica; el fundamento racional del modelo estético. La fórmula cultural del Occidente moderno y desarrollado, pauta obligada, hasta entonces, para la categorización de cualquier producto cultural, había perdido su cetro.
La nueva etapa cultural se presentó, por todo esto, como eminentemente crítica, incapacitada para formular proyectos.
La arquitectura, por su parte, difícilmente podía elaborar su proyecto en tales circunstancias. La actividad de teóricos y diseñadores pareció centrarse en la crítica, atacando uno a uno los resultados -y los principios- del modelo modernista. La idea misma de modelo pierde vigencia, y de esta situación resulta un desorientado pluralismo, dentro del cual toda propuesta tiene idénticas posibilidades de ser aceptada, dado que no hay patrones universales que permitan emitir juicios de valor "canónicos".
Para los arquitectos y críticos latinoamericanos se hizo más difícil compartir esta instancia crítica de lo que había sido la positiva actitud proyectual moderna, en parte porque no habían llegado a experimentarse los modelos en una medida que permitiera formular sus propias críticas, en parte porque tampoco se había agotado la ideología del progreso -pues subsiste el ansia de modernización, nunca plenamente alcanzada-, y fundamentalmente porque estos países están requiriendo urgentemente proyectos y realizaciones, y sus profesionales no pueden permitirse una permanencia indefinida en el elegante ámbito intelectual de una crítica puramente destructiva17 o melancólica.
La crítica se centró, entonces, en aquello que más directamente podía experimentarse: en la enseñanza universitaria. Se cuestionó el saber de su formación universalista, considerándola elitista e irreal en relación con
29su recién reconocido contexto. La ruptura de lanzas con esa cultura arquitectónica en las universidades de casi todos los países del subcontinente18 -aproximadamente entre el 60 y el 75, aunque en algunas partes se prolongó más-, y en la práctica masiva que implica la actividad de las oficinas estatales de diseño y construcción, fue su consecuencia.
Mucho se produjo, y no todo fue un éxito, salvo en los números, con ciertas valiosas excepciones como la arquitectura social mexicana, líder en su género, o la que se realizó en Chile bajo gobiernos democráticos como el de Salvador Allende, entre otros. No debe olvidarse que este tipo de producción de servicios sociales depende básicamente de la voluntad del Estado, de su actitud política. Al arquitecto le compete llevarla a cabo, y son bien estrechos los límites de su intervención.
Tal vez en esos tumultuosos años -entre el 60 y el 80- no se haya producido demasiada arquitectura de relevancia formal, funcional, o tecnológica, pero el haber descubierto que la arquitectura tiene un compromiso político y humano de servicio social y una batalla que librar frente a los gigantescos problemas de habitabilidad, marginalidad, desastres ecológicos, salud psicofísica, cultura, ética, espiritualidad ... que afligen a la mayor parte de la población de este subcontinente, es una revulsiva puesta en realidad de enorme validez.
Alguna vez19 hemos llamado al breve período de los años 60 la "década libertaria", porque en ella pareció que un irrefrenable viento de libertad arrebataba a la mayoría de las sociedades del mundo. En el territorio de la arquitectura la corriente pareció barrer con las más sólidas estructuras: se negó el saber disciplinario, se abrieron las compuertas, dejando entrar las más dispares disciplinas, que acabaron por ocupar los sitios de honor; se desmitificó implacablemente a maestros y obras veneradas; se eliminaron del vocabulario usual términos que aludían a valores consagrados -Reyner Banham comentó en una ocasión que la palabra "belleza" se había convertido en una obscenidad- y, en fin, se llegó a una negación tan completa como nunca habían imaginado las vanguardias arquitectónicas clásicas. Solamente la actitud del Dadá podría de algún modo tomarse como parangón. También por eso preciera que podría considerarse la verdadera y única vanguardia20, si es que por vanguardia se entiende el rechazo total de la situación recibida.
Pues bien, luego de semejante explosión, agotada la instancia destructiva pero al mismo tiempo desechados definitivamente los modelos, y perdida la capacidad de formular proyectos, no había más solución que buscar apoyo en la autoridad. Consumido el esfuerzo de asumir el tremendo riesgo, la azarosa aventura de la libertad, se hacía presente la necesidad de contar con límites, con normas, y aun con prohibiciones que proveyeran alguna base firme para la acción, y aun para el pensamiento. Se busca entonces refugio en un pasado presuntamente idílico, anterior a la industrialización del mundo, o bien en la autoridad disciplinar: la autoridad de la Academia, la autoridad de la Historia. Esta última tendrá vertientes de opuesto signo: el despojo arbitrario del repositorio histórico, generalmente ajeno -fabricando, a la manera de nuevos doctores Frankenstein, monstruos sin alma con trozos de cadáveres, pero además enmascarando con el manto de la libertad la presunta libertad de elegir impunemente el vocabulario saqueado de ese repositorio -; o la imitación superficial de supuestos "estilos nacionales", en un folclorismo cosmético destinado al consumo fácil de tradiciones prêt-à-porter, o bien, en una línea ideológica contraria, el respeto por la propia historia, la revalorización del propio patrimonio.
La pérdida del modelo, el pluralismo de actitudes, teorías y posibilidades, han tenido aspectos positivos y negativos. Estos últimos están relacionados con el consumo de imágenes alentado por la difusión que efectúan los medios de comunicación, en particular las revistas de arquitectura. El deseo de modernización proclamado enmascara a menudo el mero deseo de estar a la moda, y de ahí surgen las versiones locales de las fórmulas más superficiales que se manejan a nivel mundial.
Entre los aspectos positivos deben contarse la recién adquirida libertad en el diseño y la renovada confianza en los valores de la propia cultura que, como se ha dicho, se traducen en el ámbito latinoamericano tanto en el diseño como en la teoría. La propia historia, la propia tradición urbana y arquitectónica, las tradiciones tecnológicas y sociales, las formas de producción, se presentan como temas de análisis, de reflexión, de búsquedas proyectuales. La mencionada tensión entre nacionalismo e internacionalismo
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