Documento de Universidad sobre Hegemonía: un concepto clave para comprender la comunicación. El Pdf explora la evolución histórica del concepto de hegemonía y su impacto en la comunicación y las relaciones sociales, con un enfoque en Antonio Gramsci, para estudiantes de Filosofía.
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Hace unos treinta años era corriente una visión estructural de las sociedad; es decir, no se prestaba tanta atención a la vida cotidiana, a la comunicación y la cultura popular, a las diferencias socioculturales, como ocurrió a partir de los 80. Hacia los 60 y los 70 se hablaba del papel de los medios de comunicación en la dominación: los medios eran manipuladores de las conciencias, eran vehículos de la ideología opresiva, eran los nuevos encargados de la invasión cultural, estaban al servicio de los intereses capitalistas e imperialistas.
¿Qué ocurrió en los 80 y los 90? ¿ Acaso ya no existe la dominación ni la opresión, no hay capitalismo o imperialismo? No se trata de eso. Lo que aportan algunos teóricos de la comunicación (como Jesús Martín-Barbero, Héctor Schmucler o Armand Mattelart) no está en el sentido de reforzar la idea de que la comunicación es un proceso de dominación; más bien lo que operan es una inversión: el desafío de comprender la dominación como un proceso de comunicación (véase Martín-Barbero, 1998: 202) Pero, además, las investigaciones, los ensayos y las teorías se desplazaron desde ideas que sostenían la existencia de relaciones de opresión (donde el oprimido padece al opresor, que lo oprime por la fuerza), hacia perspectivas que se interrogan de qué maneras los dominados trabajan en favor de su propia dominación, de los dominadores y de los intereses dominantes (aunque los dominados lo ignoren). Entonces se logró comprender que los procesos políticos y las relaciones de poder no podían considerarse aisladamente, sino en la trama de los procesos y las prácticas culturales; hay determinadas prácticas y procesos culturales populares que trabajan a favor del fortalecimiento del poder de los dominadores y de las políticas de dominación; existen complicidades y seducciones que hacen que los dominados internalicen intereses que los dominan y se subyuguen con los gustos y modos de vida de los dominadores. Para aquella inversión y para esta comprensión, para mirar los procesos políticos no ya como relacionados con la fuerza, sino con el sentido, fue clave un concepto: el concepto de hegemonía.
Pero ... ¿ qué significa hegemonía?
El término hegemonía es muy antiguo; ya los griegos, muchos años antes de Cristo, lo utilizaban. Para ellos, hegemonía significaba conducción o dirección de otros, o el poderío y la preponderancia para gobernar un grupo o una sociedad. El término se utilizó, también, relacionado con la teoría de la guerra y con las teorías del conflicto en las relaciones sociales, en general.
En la historia del pensamiento político han existido (hasta las aportaciones de Antonio Gramsci) dos significados prevalecientes del concepto de hegemonía (ver Bobbio y otros,1995: 746-748). El primero equipara hegemonía con dominio, destacando el carácter coactivo del mismo, la fuerza ejercida por los poderosos sobre los subordinados, la sumisión política en lugar del consenso cultural (es el sentido que prevalece en Lenin y Stalin, por ejemplo). El segundo, en cambio, se refiere a la capacidad de dirección intelectual, moral y cultural en virtud de la cual una clase dominante (o aspirante al dominio) logra acreditarse como legítima, alcanzando consenso como clase dirigente (es el sentido generalizado entre la cultura política italiana, por ejemplo).
En verdad, quien más aportó en el último siglo al pensamiento sobre la hegemonía y a la construcción de una teoría de la misma, fue el político y pensador Antonio Gramsci. Para él, una clase ejerce su supremacía mediante el dominio sobre los grupos antagonistas, a través de la coerción de aparatos propios de la "sociedad política". Pero también la ejerce mediante la hegemonía, en cuanto articula y dirige a los grupos sociales aliados o enutrales, a través de los aparatos hegemónicos de la "sociedad civil".
Las prácticas hegemónicas, para Gramsci, tienen por objeto la formación del conformismo cultural en las masas: una serie de actitudes, de comportamientos, de valores y de pensamientos que permiten a una clase ejercer su supremacía y articular, para los fines de su dominio, los intereses y las culturas de otros grupos sociales. En definitiva, este proceso (fundamentalmente cultural) le permite a los grupos dominantes hacerse también dirigentes de la sociedad. Para esta finalidad, los grupos dominantes trabajan el interjuego entre hegemonía y consenso a través de la educación, el derecho, los partidos políticos, la opinión pública, los medios de comunicación, etc.
El problema de la hegemonía, entonces, tiene que ser visualizado a través de las vinculaciones entre la cultura y lo político. No es un mero proceso de dominio. Más aún, según el inglés Edward Thompson, para comprender a la "clase obrera" es necesario considerar la memoria y la experiencia popular, y no meramente la relación de esa clase con los medios de producción. La cultura misma, afirma Martín-Barbero (1987: 72), es un espacio de hegemonía: la dominación, lejos de ser un proceso de imposición desde el "exterior" de lo social y de la cultura, es un proceso en el que una clase se hace hegemónica en la medida en que logra representar intereses diferentes de las clases populares y, además, en la medida en que los sectores populares se reconocen "adentro" del proceso hegemónico, lo asumen, lo hacen propio, son conformistas con él. En ese proceso, la cultura (como espacio de hegemonía) es algo que se transforma permanentemente: se transforman las culturas y las identidades dominantes y se transforman, también, las culturas e identidades populares, conformando entre ambas articulaciones muchas veces insospechadas.
Según un seguidor de Gramsci, el italiano A. Cirese, lo popular (considerando los procesos y las prácticas de la hegemonía) no es lo original, lo folklórico (como si fuera puro); no es lo esencial o lo sustancial. Lo popular siempre está en proceso de conformación y de transformación, visible a través de los usos y de las relaciones que la "cultura popular" establece con otras culturas. Las culturas populares sobreviven a través de estratagemas, de tácticas cotidianas frente a las estrategias hegemónicas, de manera de poder materializar (ante nuevas condiciones) sus modos de vivir y de pensar. A través de esas tácticas y estratagemas, las culturas populares logran filtrar, apropiarse y reorganizar lo que viene de la cultura hegemónica: productos de mercado, producciones artísticas, modos de pensar y de vivir, etc. En la cultura de masas, precisamente, esposible observar que las culturas populares logran articular lo que viene de su memoria con lo que viene del mercado burgués.
Para que exista hegemonía debe existir una práctica de articulación, sostiene Ernesto Laclau (Laclau y Mouffe, 1987). La articulación significa que dos elementos (dos identidades, dos culturas) se ponen en relación, y al relacionarse cada una contribuye a la formación de una situación cultural diferente a ambas, que sin embargo no anula a ninguno de los dos elementos. Este proceso de "articulación" en el proceso hegemónico es posible observarlo en un caso histórico: la aparición de la Virgen de Guadalupe en México (en el siglo XVI). Sin embargo, el proceso de "articulación" es simbólico y puede adquirir distintos significados, según los intereses políticos que le otorguen sentido.
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La hegemonía, para Raymond Williams (inglés de la Escuela de Birmingham), es un complejo entrelazamiento (o articulación) de fuerzas políticas, sociales y culturales diferentes, con el fin de constituir y sostener la conducción de una sociedad, sin necesidad de hacerlo por el dominio coercitivo o por la fuerza (véase Williams, 1997: 129). Para la hegemonía debe existir cierta internalización práctica de los valores, la ideología y las prácticas de los sectores dominantes. Pero, también, para desarrollar una "hegemonía alternativa", es imprescindible tener en cuenta la articulación o entrelazamiento de diferentes formas de lucha culturales y sociales, y no sólo diferentes grupos políticos.
La hegemonía y el proceso de formación discursiva
El supuesto principal de esta perspectiva, sostenida por el argentino radicado en Inglaterra Ernesto Laclau, es que la sociedad puede considerarse una configuración discursiva; de manera que todo lo que ocurre en ella posee un significado. En esta línea, asumiendo a Gramsci y a Lacan (secundariamente a Althusser y a los linguistas estructurales), Laclau permite comprender que el lenguaje configura (hace posible o impide) la experiencia y, secundariamente, la expresa y la interpreta.
El mundo social (en cuanto significativo, es decir, como discurso) está poblado de significantes y de significados, que son históricos, esto es: variables, abiertos, contingentes (no necesarios), procesuales (no esenciales). Sin embargo, es posible observar que, con la finalidad de construir y sostener cierto orden social, la hegemonía trabaja en dos sentidos:
El discurso social, entonces, construye equivalencias entre determinados significantes ysus significados. Y esto lo hace con la totalidad de los significantes que proliferan en las relaciones sociales, permitiendo una percepción "adecuada" de lo que es el mundo social. Por ejemplo: si nos referimos al significante "mujer"
mujer = madre = ama de casa = sexo débil = etc ...
Estas equivalencias van configurando estatutos, lo que quiere decir que se naturalizan (se hacen como "naturales") determinados significados que son sociales e históricos (por ejemplo, no siempre, en todas las culturas y en todos los pueblos la mujer fue identificada como "ama de casa").
Sin embargo, comienzan a proliferar otros significados que subvierten la equivalencia y poner en juego ciertas diferencias, como por ejemplo:
mujer = trabajadora industrial
Esos significados pueden ser, en cierto lapso, ser integrados en los estatutos, en la serie de equivalencias del significante "mujer". Aunque esto depende, en gran parte, de las culturas particulares e incluso de las culturas de las distintas clases sociales.
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Por lo general, los significados que se desvían de los significados naturalizados en el estatuto, quedan como del otro lado de una frontera imaginaria y suelen ser objeto de pánico moral (ver Curran y otros, 1998). Este es un problema central relacionado con las vinculaciones entre comunicación y hegemonía, ya que en las culturas se hacen dominantes determinados significados y otros son censurados moralmente, son objetos de pánico moral, y los sujetos que los encarnan suelen ser discriminados.
La hegemonía, desde el punto de vista discursivo, trabaja de la siguiente forma. En una "formación social", que es la referencia empírica, se construye una "formación hegemónica", que es una producción simbólica o imaginaria. Esto quiere decir: la formación social posee elementos variables, contingentes (no necesarios) y procesuales. Pero la formación hegemónica va estableciendo fronteras, límites fijos que pretenden estabilidad (véase Laclau y Mouffe, 1987). Por ejemplo: ser villero, ser joven o ser militante activo (más allá de todo análisis sobre las causas de esas situaciones) es una situación variable, contingente y procesual. Lo que hace la formación hegemónica es, con el fin de afirmarse como un "orden social", es ubicar esas situaciones del otro lado de una frontera imaginaria y ubicarse a sí misma como lo opuesto de esas situaciones, que pasan a ser objeto de pánico moral, de control y de disciplinamiento. De modo que los villeros "cabecitas negras", los jóvenes "indisciplinados y contestatarios" o los militantes "rebeldes y violentos" son ubicados en un lugar "marginal", al margen de ese "orden social", del otro lado de la frontera simbólica. Lo que trata de hacer la formación hegemónica es afirmar, como deseable, una sociedad ordenada, es decir: burguesa (no villera), adulta y seria (no desordenadamente joven) y que observe las formalidades políticas (no el violento desorden del activismo militante).
El objetivo, por otra parte, de la formación hegemónica (con el fin de obtener consenso y legitimidad) es que toda la sociedad asuma y acepte esas fronteras; incluso, apuntar a que la mayoría de los villeros, los jóvenes o los militantes (por ejemplo) aspiren a pasar las fronteras, es decir, a responder y asumir el "orden" para su prácticas: ser burgués, ser adulto, adecuarse a las formalidades políticas. Para esto, la formación hegemónica interpela (invita a ser de determinadas maneras) a los sujetos, a través de la educación, la formación de opinión pública, los medios de comunicación, etc.