Documento de Universidad sobre Bloque 7 Historia de España. El Pdf analiza las transformaciones económicas y sociales de España en el siglo XIX, incluyendo demografía, urbanización, desamortizaciones e industrialización, para la asignatura de Historia.
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7. Transformaciones económicas y sociales del siglo XIX:
7.1. La evolución de la población y de las ciudades. De la sociedad estamental a la sociedad de clases.
A lo largo del siglo XIX se puede observar una evolución de la población española diferenciada en dos partes. En general, la población española se mantiene dentro de un ciclo demográfico antiguo con altas tasas de natalidad y mortalidad, cercanas al 30 por mil. En 1800 se cifra una población cercana a los 11,5 millones de habitantes según la media extraída de los censos de 1857 (15,4 millones) y 1860 (15,6 millones), lo que permite calcular que el ritmo de crecimiento anual sería del 0,60% anual. Para el estudio del crecimiento de población, se tiene en cuenta que habría un menor crecimiento debido a la incidencia de la guerra de la Independencia y las hambrunas de 1803-04, 1812, 1837, 1847, 1857-58 y 1868; las epidemias de cólera y las guerras carlistas.
Los factores que permiten el crecimiento demográfico son varios, el primero es la mejora en la esperanza de vida gracias a la incorporación en la dieta alimenticia del cultivo del maíz en la cornisa cantábrica y la patata y el aumento en extensión de los cultivos cerealísticos. Se invertirá en una incipiente medicina preventiva, con la vacunación que pone fin a la viruela, a la introducción de cuidados higiénicos en los mercados de las ciudades y a la desaparición de la fiebre amarilla.
Otro factor positivo para el crecimiento demográfico fue la contención de la emigración a América hasta 1853, aunque existió una emigración clandestina siendo las islas Canarias y Galicia las regiones más afectadas. El problema de la emigración quedó regula por la R.O. de 1857 que reconocía el pleno derecho a emigrar hacia las posesiones de Ultramar (Cuba y Puerto Rico) o hacia las Repúblicas iberoamericanas en que hubiera representación diplomática española, exigiéndose garantías sanitarias y morales durante la travesía y libertad de contratación en los países de destino. Los principales puntos de destino fueron Buenos Aires, Montevideo y Brasil. Hacia 1830-1840 se inició una corriente migratoria hacia Orán-Argelia.
España en el siglo XIX es una sociedad ruralizada, en 1866 casi el 82% de la población vivía en el medio rural y el 72% se dedicaba a la agricultura o lograba sus ingresos de ella. El número de entidades de población que sobrepasaban los 10 000 habitantes era de cincuenta. Madrid tenía en 1853 unos 236 000 habitantes y Barcelona 215 000. Sevilla y Valencia habían sobrepasado los 100.000. Es también en esta primera mitad de siglo cuando se detectan los primeros indicios del desplazamiento de la población hacia algunas zonas periféricas y hacia Madrid, así como el comienzo del éxodo rural hacia las ciudades.
En el último tercio del siglo XIX se registra una desaceleración del ritmo de crecimiento respecto al periodo inmediatamente anterior y con relación a los países de Europa, los censos de 1877 y 1900 daban una población de dieciséis y de dieciocho millones habitantes respectivamente. La desaceleración demográfica entre los años 1860-1887 podría ser consecuencia de haberse alcanzado el tope de rendimiento de la economía antigua. En cambio, la desaceleración del ritmo demográfico de los últimos años pudiera estar motivada por la aparición de la economía industrial, efecto que será continuado y más perceptiblemente acusado en la demografía española una vez entrado el siglo XX.
PROFESORA: LIDIA MARTÍN LOBATO 1BLOQUE 7 HISTORIA DE ESPAÑA
En este periodo se mantienen unas tasas de natalidad y mortalidad y de mortalidad infantil, que junto a una elevada inmigración frena el despegue demográfico. Entre los factores que explican la elevada mortalidad se encuentran la escasez de recursos del Estado y de los municipios y el bajo nivel de la cultura popular para aplicar las medidas correctas relacionadas con la higiene y la sanidad. La iniciativa privada suplió en muchos casos la falta de asistencia pública. Se detecta un aumento de mortalidad en los suburbios urbanos y en las zonas de economía industrial. El hacinamiento y las viviendas insalubres, improvisadas para la población inmigrante, el trabajo duro de las minas y de las modernas fábricas, la ausencia de una regulación efectiva de las condiciones de salubridad en el trabajo y las enfermedades típicas de los núcleos industriales y mineros (tuberculosis, silicosis) ocasionaron el alza de la mortalidad. Esto se aprecia especialmente en las zonas industriales de la cornisa cantábrica. Sin embargo, el último gran brote de cólera se produjo en 1885.
El segundo signo negativo de la desaceleración demográfica corresponde a la emigración. Se culmina el periodo liberalizador iniciado en 1853 con las órdenes de 1873 y 1903 por las que se quita la fianza de 320 reales exigida a los armadores por cada emigrante y se suprime el pasaporte para la emigración. Las direcciones de la emigración continúan siendo el Oranesado en Argelia y las repúblicas iberoamericanas con carácter permanente y son pocos los que vuelven. El desequilibrio migratorio con América fue transitoriamente paliado por las repatriaciones de después del desastre de la guerra de 1898, pero la emigración comenzó a relanzarse con fuerza hasta 1914. Los principales países de recepción fueron Argentina, Brasil, Uruguay y Venezuela, así como Cuba y Puerto Rico hasta 1898.
Se incremento la emigración del campo a la ciudad con la industrialización y ya a finales de siglo Madrid y Barcelona contaban con más de 500.000 habitantes. En porcentaje de población dedicada a la agricultura ha pasado del 72% a un 66% a finales de siglo. Esto trajo consigo un porcentaje mayor dedicado al sector industrial.
Las ciudades españolas de finales del siglo XIX comienzan a cambiar y a ampliar su fisionomía, herederas en su gran mayoría de un pasado medieval o barroco. Será con la creciente población industrial que las ciudades comiencen a sufrir importantes cambios, siendo el requisito más destacable el aprovechamiento del suelo y la organización de estas en torno al desarrollo del transporte para facilitar las actividades humanas en las distancias cada vez más grandes. Arquitectónicamente hablando diversas tendencias estilísticas, bien de exaltación nacional y regionalista, de raíz romántica, o de búsqueda de cierta originalidad más o menos ecléctica, la utilización de nuevas técnicas y materiales de construcción toman cuerpo en mercados y teatros, edificios oficiales, plazas, grandes vías, bancos e iglesias. Las tendencias forman cuerpo en Madrid y a imitación del modelo parisino, en dos mercados metálicos, el de la Cebada y el de los Mostenses, iniciados ambos en 1870, en el viaducto de la calle Segovia, de 1871, en los teatros de la Comedia y de la Princesa o en los interiores del Banco de España.
El desarrollo del planteamiento urbano es donde de modo más directo se inserta la nueva concepción de la ciudad, donde convergen desarrollo espacial, división de barrios, transformación del casco antiguo, apertura de grandes vías y adecuación de estas al tráfico rodado y especialización de edificios.
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En las ciudades españolas del siglo XIX siguen manteniéndose en el centro nuclear los edificios públicos y las viviendas de las clases altas, en las nuevas casas de pisos construidas en torno a las grandes vías. Se mantienen en la parte más vieja del centro, de calles más antiguas y de más complicada urbanización, el pequeño comercio de artesanos semiespecializados y las casas- habitaciones, normalmente en corredor, de familias humildes dedicadas al servicio doméstico, dependientes de pequeños comercios familiares y jubilados de las mismas profesiones. La realización de las grandes vías que atraviesan esos centros de la ciudad se convierte, en el último cuarto de siglo, en la aspiración de una burguesía preocupada urbanística y económicamente por estas transformaciones. Los derribos de las murallas, la formación de bulevares que separaban el centro del ensanche, etc. se realizan al abrigo de las leyes urbanísticas de 1864 y 1876. La zona industrial que sigue al centro, en aquellas ciudades donde la industrialización prendió con suficiente entidad hasta provocar un apinamiento fabril y humano, combina las edificaciones de fábricas en barrios obreros, donde a la vez convergen tugurios, barracones, chabolas y cuevas, en un creciente hacinamiento falto de servicios que potencia la relación entre mortalidad y hábitat deteriorado.
Por último, están los ensanches que, junto con la remodelación de los cascos antiguos y tras los derribos de las murallas, sustituidas por calles de circunvalación y de enlace con los barrios, son el resultado de la iniciativa estatal en el intento de una planificación urbana, y con el deseo de incrementar el número de viviendas frente al alza y abuso de los arrendamientos. Los planes de ensanche ya habían supuesto, en los modelos madrileño y barcelonés, una atención específica a la estratificación social urbana y a las categorías sociales que la conforman. El Plan Castro, realizado a petición del ministro de Fomento, Claudio Moyano, para el ensanche de Madrid situaba en este sentido las viviendas elegantes en el Paseo de la Castellana, las de las clases medias en el barrio de Salamanca, y las obreras, a espaldas de El Retiro, en la prolongación de la calle de Alcalá. El barrio de Chamberí, industrial y fabril, y el barrio rural del Puente de Toledo, completaban el conjunto del ensanche. En el caso barcelonés, el proyecto de Ildefonso Cerdá, aceptado por el gobierno en 1860, contra los intereses del Ayuntamiento de la ciudad, fue llevado a efecto de forma más racional y rígida, con calles uniformes, tiradas a escuadra y unidas al casco antiguo a través de la Plaza de Cataluña, que no logra una urbanización definitiva hasta la Dictadura de Primo de Rivera. La Rambla de Cataluña, el Paseo de Gracia y el Parque de la Ciudadela se urbanizan con motivo de la Exposición Universal de 1888.
Es durante el siglo XIX cuando se observa el paso definitivo de la sociedad estamental característica del Antiguo Régimen a la nueva sociedad de clases. Para el liberalismo, todos los hombres son iguales en derechos y aspiraciones, siendo sus capacidades y actitudes, los que determinen su lugar en la escala social. El mérito y el esfuerzo pasaban a ser los nuevos criterios para establecer el ascenso o descenso de estatus de los individuos. La propiedad además va a determinar la participación en política mediante el sufragio censitario, lo cual va en la práctica a modificar el principio de igualdad, al excluir de la práctica política a la mayoría de la población.
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