Documento de Universidad sobre La España Del Siglo XVII. El Pdf analiza la crisis demográfica y económica, los gobiernos de los validos como el conde-duque de Olivares, las reformas propuestas y las rebeliones de Cataluña y Portugal, en la materia de Historia.
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El siglo XVII coincide casi exactamente con el gobierno de los llamados Austrias Menores. La decadencia de España en este siglo es uno de los hechos históricos de dominio público, asumido gracias a las tesis del investigador norteamericano Hamilton, de que la crisis de la centuria se produce tras el engrandecimiento del país durante el siglo XVI. Sin embargo, estudios de otras especialistas vienen a precisar esta tesis generalizada que sigue figurando indiscutida en los manuales hispanos pese a los tres errores de bulto que encierra: confundir el ascenso y el declive del Imperio español con el ascenso y el declive de España; sugerir con el concepto de decadencia un inmediato antecedente de esplendor que en el país no hubo y subrayar que el problema no es tanto la decadencia de España como la de Castilla, que es algo bien distinto.
El balance general que puede establecerse de manera provisional es el de un aparente estancamiento de la población española; y decimos aparente porque refleja una media engañosa como la mayoría de las cifras medias, pues resulta de compensar el saldo favorable de unas regiones con el negativo de otras.
También induce a error el considerar todo el siglo como una unidad, prescindiendo de sus múltiples fluctuaciones. Parece muy probable que un censo general de España realizado en 1650 registraría un neto descenso; y que el incremento de los últimos decenios habría rellenado ese bache llevando la cifra de la población total a ocho millones de habitantes, igual o quizá levemente superior a la que había en 1600. Se atenúa, pues, pero no desaparece la imagen negativa del siglo XVII, situado entre otros dos de claro signo positivo.
Por reinos, la crisis afectó en especial a Castilla y fundamentalmente a la zona de la Meseta; la periferia, tanto la cantábrica como la mediterránea, salió mejor parada y apenas sufrió variaciones. A esta caída demográfica ayudaron varios factores:
El declive demográfico arrastró una serie de consecuencias, siendo la más destacada el cambio en la distribución territorial de la población peninsular. La población del centro de España, hasta entonces la más numerosa y dinámica, empieza a declinar, anticipando un futuro en el que el centro estará despoblado y la periferia más densamente poblada. También como resultado de la caída de la población asistimos a un descenso de la producción agraria, directamente relacionado con la disminución de la mano de obra campesina, siendo este un factor específico de la crisis económica del XVII en España, que la hizo más intensa y de recuperación más difícil que la europea.
En la agricultura se produjo un fuerte descenso de la producción, en especial en Castilla, debido a la escasez de mano de obra, a las enormes cargas fiscales y a la reducción de la demanda por el descenso demográfico. Como consecuencia muchas tierras baldías, es decir, de bosque o pasto, que eran de uso comunal, fueron vendidas a particulares por la corona para obtener recursos. La propiedad tendió a concentrarse y aumentaron los latifundios, ante esta crisis muchos campesinos tuvieron que convertirse en jornaleros para sobrevivir, especialmente en Extremadura, Andalucía y La Mancha. Por su parte Valencia y Aragón, acusaron la pérdida de los moriscos.
No obstante se produjeron algunas circunstancias positivas, como la introducción de nuevos cultivos procedentes de América (maíz, patata ... ) que fueron decisivos para el incremento demográfico en el norte peninsular a partir de la segunda mitad del siglo XVII, y también se incrementó el cultivo de la vid y del olivo.
En cuanto al ganado, aumento el estabulado frente al trashumante, que salió perjudicado por la disminución de las exportaciones de lanas a Flandes a consecuencia de las continuas guerras. No obstante, la exportación de lana siguió siendo la más rentable para el comercio español.
La artesanía también acusó los efectos de la crisis. Aunque no afectó a todos los sectores, si golpeó a los de mayor importancia - el textil, la metalurgia y la construcción naval -, por lo que las consecuencias fueron graves: pérdida de empleos, atraso tecnológico y dependencia de los productos extranjeros.
La producción textil de la Meseta experimentó una caída progresiva desde la segunda mitad del siglo XVI. La disminución de la capacidad de compra de la población, sumada a la competencia de los paños extranjeros, provocaron la desaparición de numerosos talleres.LA ESPAÑA DEL SIGLO XVII
La producción minera y la fabricación de hierro mantuvieron su prosperidad durante las primeras décadas del siglo XVII, en parte gracias a la demanda de armas para el ejército. Pero la competencia extranjera y la falta de desarrollo técnico, unidas a los precios poco competitivos, hicieron que poco a poco disminuyera la producción y muchas ferrerías desaparecieran.
Lo mismo ocurrió con la construcción naval; en la segunda mitad del siglo casi todos los barcos del comercio de Indias eran fabricados fuera de España, y la floreciente industria naval cántabra había entrado en una fase de fuerte decadencia
Las dificultades económicas afectaron igualmente al comercio interior, ya muy lastrado por las malas condiciones de los transportes y las barreras aduaneras. Más espectaculares fueron las dificultades del comercio exterior, fundamentalmente americano, que sufrió los efectos de los bloqueos marítimos, la emergencia de las economías criollas, el aumento del coste de los fletes y la competencia de franceses, ingleses y holandeses.
La recuperación del comercio se produjo en torno a los años sesenta, gracias a la relativa pacificación y a la introducción de medidas que favorecieron el establecimiento de comerciantes extranjeros en España. Aun así, en 1700, sólo el 5 % de las mercancías embarcadas para América desde Cádiz eran españolas.
Los apuros fiscales de la Corona contribuyeron también a agudizar la depresión económica. El esfuerzo militar realizado durante el siglo XVI para el mantenimiento del Imperio había dejado a la Hacienda Real en una situación de endeudamiento, que se fue acentuando a lo largo del siglo XVII. Para empeorar la situación, desde principios de siglo disminuyó el volumen de metales preciosos que llegaban de América.
Durante el siglo XVII se produjeron seis bancarrotas. En realidad se trataba de suspensiones de pagos de la Corona a los acreedores por falta de medios. A ellas seguía siempre una negociación con los prestamistas afectados, adoptando habitualmente la solución de sumar a la deuda principal los intereses no pagados, con lo que el endeudamiento de la monarquía era cada vez mayor.
La delicada situación de la Hacienda hizo necesario buscar nuevos ingresos, con la creación de nuevos impuestos (los millones) o con la venta de cargos públicos.
La situación de crisis económica fue percibida por los propios contemporáneos, y proliferaron las propuestas de diagnóstico y de remedios variados a esta situación dando lugar al fenómeno conocido como arbitrismo. Los arbitristas entendían la decadencia como un conjunto de errores políticos que podían enmendarse aplicando medidas de buen gobierno. No cuestionaban la autoridad real sino que acusaban de la crisis al peso de la política exterior, la competencia extranjera, el gasto suntuario y la excesiva inversión en censos y rentas.
En general los arbitristas defendieron soluciones mercantilistas, que favorecían las exportaciones en detrimento de las importaciones para atesorar metales preciosos dentro de las fronteras del estado. Entre las propuestas destacan la revisión de la política