La ética y el empresario: virtudes fundamentales para el éxito

Pdf de Universidad sobre La ética y el empresario. El Material explora el rol del empresario en la sociedad moderna, destacando virtudes como audacia, cooperación y responsabilidad. Este documento de Economía es ideal para estudiantes universitarios.

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La ética
y el empresario
Recuerdo la primera vez que fue Borges a Madrid, yo era muy jovencito todavía y con un grupo de
cuatro o cinco fanáticos fuimos acompañándole por todas partes, supongo que con cierta
incomodidad por su parte. En un momento determinado asistió a un programa de televisión, se sentó,
me llamó y me dijo: «Oiga, joven, yo quiero beber algo», y yo le respon: «Pues naturalmente
maestro, ¿qué quiere usted beber? ¿agua, leche, café o Coca-Cola?», «No, yo quiero algo
alcohólico». Empecé a dar toda la lista de bebidas que me acordaba y me interrumpió: «Yo sobre eso
no tengo erudición, quiero algo breve y contundente». Mi intención para hoy es brindarles ahora a
ustedes algo breve y contundente para que a partir de ahí iniciemos un diálogo. Además, por fortuna,
se me ha encomendado hablar hoy sobre ética empresarial, lo cual es un alivio porque mis
capacidades como empresario son nulas y mis relaciones con el mundo económico son de pagano
puro y nada más.

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La ética y el empresario

Recuerdo la primera vez que fue Borges a Madrid, yo era muy jovencito todavía y con un grupo de cuatro o cinco fanáticos fuimos acompañándole por todas partes, supongo que con cierta incomodidad por su parte. En un momento determinado asistió a un programa de televisión, se sentó, me llamó y me dijo: «Oiga, joven, yo quiero beber algo», y yo le respondí: «Pues naturalmente maestro, ¿qué quiere usted beber? ¿ agua, leche, café o Coca-Cola?», «No, yo quiero algo alcohólico». Empecé a dar toda la lista de bebidas que me acordaba y me interrumpió: «Yo sobre eso no tengo erudición, quiero algo breve y contundente». Mi intención para hoy es brindarles ahora a ustedes algo breve y contundente para que a partir de ahí iniciemos un diálogo. Además, por fortuna, se me ha encomendado hablar hoy sobre ética empresarial, lo cual es un alivio porque mis capacidades como empresario son nulas y mis relaciones con el mundo económico son de pagano puro y nada más.1

El empresario como héroe

Empecemos resaltando que cada época tiene su figura emblemática, un hombre ideal que es el más admirado y el más envidiado, y digo hombre porque generalmente suele ser la figura de un varón, aunque en nuestra época podría ser un hombre o una mujer. Para los griegos, por ejemplo, la figura emblemática, próxima incluso a los dioses, era el héroe de la ciudad. Más tarde, en el medioevo, la figura fue la del santo. Después, en el siglo XVIII, fue la del sabio, la del hombre de conocimiento, de sabiduría. En nuestra época, si tuviéramos que identificar una figura emblemática probablemente tendríamos que elegir al empresario, al creador de actividad productiva y económica porque es el que de alguna manera todos quieren ser y alcanzar, y porque representa el nivel más alto, envidiable y logrado de la escala social. Pero, ¿quién es el empresario? Literalmente, empresario significa emprendedor, alguien que emprende cosas, alguien que actúa y cuyo objetivo es satisfacer necesidades humanas. Yendo más allá, es incluso aquel que se encarga de estilizar las necesidades humanas en formas diferentes a las habituales, de tal manera que produzcan mayor placer. Recordemos que nuestras necesidades son, en cierta medida, la fuente de nuestros placeres; las necesidades nos acucian cuando no se pueden satisfacer, pero cuando se satisfacen son parte de nuestros placeres. Si perdiéramos todas nuestras necesidades no solo quedaríamos más tranquilos sino que nos aburriríamos mucho más. Y parte de la tarea del empresario es satisfacerlas siguiendo las virtudes que le son propias.2

Las virtudes del empresario

La audacia

Entre las virtudes que habría que pedirle al empresario -virtudes en el sentido de excelencia en su arte, sin connotación moral alguna- se encuentra en primer lugar la audacia. Quien al querer emprender cosas no es audaz no emprende nada. Sin un mínimo de audacia, de asunción de riesgo y de arrojo que implique pérdidas o ganancias, no se puede ser empresario.

Capacidad de identificar el interés común

Otra virtud del empresario es su capacidad de cooperación e imaginación para entender un interés común, un algo que no solo le interesa a él sino también a los demás. Robinson Crusoe es el paradigma de un tipo de persona emprendedora, es el típico hombre que llega a una isla y de inmediato empieza a hacer casas y barricadas, a domesticar bichos y a hacer todo tipo de cosas. Sin embargo, no lo podemos asemejar a un empresario porque sus empresas están destinadas solamente a satisfacer sus necesidades, no tienen la dimensión social, la dimensión de impacto social que es obligatoria en el empresario. La función social del empresario no es un requisito voluntario de su empresa: es una necesidad de ella. Esta capacidad de encontrar e identificar un interés común, que es lo que en último término podemos llamar justicia, es la habilidad de generalizar intereses, de ubicar a cada cual en su lugar, de comprender las exigencias ajenas y de compatibilizarlas con las propias. Son definiciones que, como ya sabrán, son las clásicas de justicia. Aunque obviamente esta no es una virtud exclusiva del empresario, sí encontramos que es vital para llevar a cabo su labor. Una empresa totalmente injusta no puede funcionar. Se le puede imponer a los demás como una carga o una tiranía, pero no funciona porque es incapaz de alcanzar los niveles de complicidad necesarios entre quienes participan en ella para que funcione, y estos niveles de complicidad son precisamente los que crean un mínimo terreno de justicia en el cual operar.

La prudencia

Otra virtud que habría que pedirle al empresario -y en general a cualquier persona que lidera una administración donde existe la posibilidad de pérdida y ganancia- es la prudencia. A todos nos resulta difícil imaginar a una persona imprudente como un empresario excelso. Es más sencillo visualizar el caso contrario para resaltar la necesidad de la prudencia: San Francisco de Asís como gerente general de General Motors sería un desastre, quizá un desastre sublime, pero un desastre. Esto nos dice que no podemos negar que existen ciertas condiciones que son incompatibles con el empresario pero que sin duda pueden ser excelentes en el plano personal. Un empresario con una disposición próxima a la renuncia absoluta, a la santidad o a la generosidad sin cálculo evidentemente sería un mal empresario, un hombre imprudente; quizá salve su alma pero perderá su empresa, y como de las empresas generalmente dependen familias, el trabajo de los empleados, etc., podemos ver entonces las consecuencias de su imprudencia como empresario.

La responsabilidad

La responsabilidad también se cuenta entre las virtudes necesarias de todo empresario. El empresario tiene que responder, no puede sacrificar a los demás para ocultarse. La prudencia empresarial nos dice que el riesgo en las pérdidas y en las ganancias se compartirá mutuamente; no puede ser empresario el que tome la ganancia y deje las pérdidas a los demás. A ese tipo de empresario con gran habilidad para escamotear la ganancia y para escamotearse él mismo en el momento de la pérdida no podemos considerarlo como un verdadero empresario sino como un estafador disfrazado de empresario. Otro tanto sucede con aquel que comercia con una botella de licor adulterado o falsificado: no podemos llamarlo empresario porque sencillamente es un estafador que camina por el mundo engañando a la gente.

La eficacia

La eficacia o la capacidad de generar ganancias es otra virtud propia del empresario, virtud que tradicionalmente ha sido estigmatizada -si se quiere- por las culturas católicas. Aquí es pertinente realizar una breve digresión para resaltar esta virtud. En líneas generales, las religiones tienen malas relaciones con el deseo, porque es lo que nos ata a la vida y no lo que nos permite elevarnos hacia algo superior en ella. Esta es la diferencia fundamental entre la ética -en el sentido laico del término- y la religión: la ética busca la vida mejor, mientras que la religión busca algo mejor que la vida. Son dos concepciones completamente diferentes, con finalidades distintas, y por ello es imposible fundamentar religiosamente la ética. Las religiones cristianas siempre han tenido problemas con las dos grandes vertientes del deseo: el sexo y el dinero. Los protestantes han mejorado sus relaciones con el dinero y en algo con el sexo; los católicos hemos sido el caso contrario, mejor con el sexo y peor con el dinero. En la tradición católica existe cierta indignación hacia la idea de ganancia y de lucro, considerándola como algo inmoral de por sí. El dinero que produce dinero es un hecho que ha horrorizado al pensamiento cristiano, señalándolo no pocas veces como el fruto de la usura. Aun en La Divina Comedia, Dante ubica al usurero en el círculo más recóndito de su infierno, pues no existe salvación ni para la idea de ganancia ni para el hecho diabólico del dinero que produce dinero. Bajo esta mentalidad, la actividad empresarial aparece como algo inmoral, como una actividad que para ser auténticamente moral debería ser ineficaz o arrojar pérdidas en lugar de ganancias. Creo que esta percepción es errónea; en primer lugar, porque la moral en general no debe ser renunciativa, no debe castigar al deseo. La idea de una moral que renuncia al deseo es religiosa, mas no ética. La moral está al servicio de la alegría, es decir, de la afirmación racional de los deseos. No hay entonces por qué suponer que la moralidad está reñida o negada con la eficacia o la rentabilidad, pues por el contrario, pueden ser perfectamente compatibles.

La ética de mínimos o la capacidad de establecer mínimos socialmente aceptables con los recursos humanos para el buen funcionamiento de la empresa

Cuando se habla de niveles de moralidad habitualmente se hace referencia a la ética de máximos y a la ética de mínimos. La ética de máximos propone alcanzar la felicidad. La mayoría de las éticas religiosas y algunas éticas de gran contenido milenarista son de máximos y por consiguiente traen una serie de propuestas sobre cómo ser feliz. La ética de mínimos es mucho más experimentada, más necesaria si se quiere, porque es una ética cívica que busca establecer pautas para armonizar las diversas búsquedas de felicidad en cualquier sociedad. No propone formas para alcanzar la felicidad sino un conjunto de requisitos mínimos que cada cual debe respetar para que pueda buscar su felicidad sin hacerles daño a los demás. Naturalmente, la ética que podríamos pedir para el empresario no es la de máximos, que busca la felicidad de todos sus clientes a través de los productos que fabrica -esta tarea le corresponde a la publicidad cuando trata de convencernos de que utilizando determinado dentífrico nuestra vida cambiará positivamente-, más bien es la de mínimos, la que le permite identificar a la empresa su utilidad social, su dimensión de justicia y su prudente asunción de riesgos de tal manera que sepa distribuirlos equilibradamente. Al establecer una ética de mínimos, el empresario está manejando dos magnitudes muy diferentes. Por una parte, el capital económico y de inversión, sus instrumentos y sus recursos, y por otra parte, los recursos humanos. A pesar de que ambos son imprescindibles para el buen funcionamiento de la empresa, no puede haber parangón ético entre la relación con el capital y la relación con los recursos humanos, pues sencillamente establecer unos mínimos socialmente aceptables en la relación con los recursos humanos es completamente necesario para lograr una ética empresarial. La ética de mínimos en una relación justa entre empresario y recursos humanos va más allá de lo legal. Si bien la legalidad marca los mínimos después de los cuales empieza el salvajismo, la verdadera justicia implica un cierto arte de vivir, un arte de saber que el mínimo legal en ciertas ocasiones es insuficiente y que por lo tanto es necesario ir más allá de lo que señala. En estricto sentido, el empresario legalmente no tiene obligación alguna de atender los problemas personales o familiares de las personas que trabajan con él, pero son compromisos que en justicia debe asumir en parte, aunque no sea su obligación hacerlo. Ahí radica ese arte de vivir al que me refiero.

La confianza

Inspirar confianza es una virtud imprescindible para cualquier empresa y empresario. Una empresa no puede funcionar, quizá ni siquiera pueda existir, si no inspira un mínimo de confianza. La confianza puede ser cosmética, creada de manera artificial y sostenida, diciendo que las cosas van bien cuando en realidad no podrían ir peor. Sin embargo, la auténtica confianza deriva de cómo gestiona sus asuntos y cómo concibe sus productos el empresario. Esta confianza no solamente es una virtud para que el empresario sea bueno, sino que es además una virtud necesaria para que el empresario pueda funcionar, porque si desaparece la confianza, como ya lo decía, desaparece la empresa también. Como podrán observar, la confianza es una de aquellas virtudes que no depende precisamente del altruismo: es indispensable tratar lealmente al cliente, suministrarle el producto que él espera de la empresa. Si la empresa maneja un cierto margen de engaño, si juega a hacerle trampa

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