Documento de Universidad sobre La Construcción del Liberalismo en España: Isabel II (1833 – 1868). El Pdf explora el problema sucesorio, el carlismo, la Constitución de 1837 y la Regencia de Espartero, así como la Década Moderada y la Constitución de 1845, ofreciendo un marco histórico detallado para la asignatura de Historia.
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Durante la mayor parte de su reinado, Fernando VII no había tenido descendencia. Esto llevó a parte del poder (la Corte y otras instituciones, como el ejército o los concejos y ayuntamientos) a arremolinarse en torno a la figura de su hermano Carlos María Isidro, quien sería el sucesor al trono. Para desgracia de Carlos, en 1830, nacería Isabel, primogénita de Fernando. El nacimiento abría un problema sucesorio: según la Ley Salica las mujeres no podían acceder al trono salvo en casos excepcionales, pero Fernando se apresuró a aprobar una Pragmática Sanción que derogaba la Ley Sálica y volvía al sistema tradicional según el cual las mujeres podían reinar si no había un varón en la línea de sucesión.
Las consecuencias no se hicieron esperar: Carlos y todos aquellos que se habían acercado a su futuro poder no querrían renunciar al reinado. Por ello, se activó un mecanismo de conspiración que trataba de revertir la situación en favor de Carlos. El ejemplo más destacado fueron los Sucesos de la Granja de 1832: ante la enfermedad del rey, importantes miembros de la Corte pro-Carlos consiguieron que la reina María Cristina restableciera la Ley Sálica, pero esta fue derogada de nuevo al ponerse bien el rey.
Finalmente, al morir el rey Fernando en 1833, tomará la Regencia (poder mientras la reina es menor de edad) su esposa Maria Cristina y se definiran claramente dos bandos: los carlistas, que apoyaban la sucesión en la figura de Carlos; y los isabelinos/cristinos, que apoyaban la sucesión de Isabel II.
¿Qué defendían los Carlistas? Representaban el viejo absolutismo previo a las convulsiones de la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas. Eran, por tanto, antiliberales. Su lema era 'Dios, Patria, Fueros y Rey'. Entre sus características ideológicas se cuentan:
¿Quién apoyaba al Carlismo y por qué?
| Grupo Social | Motivos |
|---|---|
| Numerosos miembros del clero, especialmente del clero regular | Temían del liberalismo la nacionalización y venta de sus bienes. |
| Nobleza menor | Temían que la abolición liberal de los derechos señoriales terminase por arruinar su ya mermada economía. |
| Masas campesinas, especialmente de algunas regiones | Temían la imposición de las nuevas reglas capitalistas del juego (propiedad privada frente a la comunal), estaban acostumbrados a las viejas reglas, que a menudo podían sortear (fraude), e influidos por la Iglesia. |
| Artesanado urbano de algunas ciudades españolas | Temían la desaparición de los viejos oficios ligados al clero y a la burocracia y con ello de sus formas de vida. |
| Algunos burocratas y militares (voluntarios reales) | Temían reformas políticas que redujeran su poder, especialmente en las zonas forales. |
| Algunos intelectuales | Ideología conservadora |
Ante la proclamación de Isabel, el pretendiente Carlos y sus seguidores organizan la resistencia armada en el Norte de España, donde tenían más partidarios (especialmente Navarra, País Vasco y Cataluña), así como un Gobierno y corte paralelos. El ejército carlista se nutrirá sobre todo de voluntarios campesinos vascos, navarros y del Maestrazgo (costa de Castellón y sureste de Teruel), dirigidos por oficiales carlistas, y la guerra se financiaría en principio a través de los conventos. Los carlistas contarían con unos 80.000 hombres, frente a los 200.000 del gobierno isabelino/cristino. Ante esto, buscarían el apoyo internacional, pero las potencias liberales (como el Reino Unido o la Francia de Luis Felipe) no simpatizaban con el carlismo; y las potencias absolutistas (Rusia, Prusia o Austria) simpatizaban pero no prestaron apoyo económico.
Mar Cantábrico La Coruña L San Bilbao Sebastián/ Gijón Oriamendi Ramales D IT Arlabán Pamplona Vitoria Mendaza Arquijas León Mendigorría Barbastro Berga Villar de los Navarros X Barcelona × Maella Morella Cantavieja Madrid . Chiva Valencia PORTUGAL Baleares Mediterráneo Sevilla D = Durango A = Azpeitia T = Tolosa E = Estella Océano Canarias Atlántico REINO ALAUITA En una primera fase (1833 - 1835) las tropas carlistas se pusieron a las órdenes de Tomás de Zumalacárregui, general nombrado Jefe de los Ejércitos del Norte. Tras varias victorias, se preparaba para tomar Vitoria, pero murió en el asedio de Bilbao.
En una segunda fase (1835 - 1837), se extendieron las operaciones militares y destacó el general Ramón Cabrera, el Tigre del Maestrazgo, que junto con el propio pretendiente Carlos llegó a asediar Madrid, pero al no poder conquistar la ciudad, las tropas se replegaron hacia el Ebro. Las arcas del gobierno carlista empezaron a flaquear (sólo podían extraer impuestos de sus zonas y, sobre todo, de las tierras de la Iglesia) y los ejércitos empezaron a vivir sobre el terreno (es decir, ANDORRA Huesca Logroño FRANCIA Mar de los campesinos) por lo que esto comenzó a minar el apoyo campesino a la causa y a generar deserciones.
En la tercera fase (1837 - 1840), Carlos establece su corte en Estella (Navarra), pero el desgaste económico y militar empieza a desintegrar al bando carlista: surgen diferentes facciones en el gobierno carlista, los campesinos empiezan a presionar por buscar una salida pacífica ante la rapiña del ejército y muchos militares de base desertan. Al mando ahora el general Maroto, éste empieza a buscar un acuerdo con el bando de Maria Cristina/Isabel: tras varias victorias del general Espartero, el acuerdo llegará en 1839. Es el Convenio de Vergara, entre Espartero y Maroto. Se acordaba la posibilidad de retiro pagado de los militares carlistas o su integración en el ejército isabelino (pagado con dinero de la propia María Cristina, porque el Estado no tenía suficiente), el mantenimiento de los fueros y concesión de pensiones a viudas y huérfanos de la guerra. Carlos abandonó España pero desde allí dirigió la última intentona carlista, dirigida por Cabrera, que finalmente fracasaría en 1840. Era el fin de la guerra, pero no del carlismo, que continuaría en torno a sus descendientes.
Las consecuencias de la guerra carlista fueron:
La intención de María Cristina era mantener el poder absoluto, por lo que nombró primer ministro al inmovilista Francisco Cea Bermúdez, quien no realizó las reformas necesarias para dotar a las arcas de dinero suficiente para la guerra contra los carlistas ni atraerse a las masas campesinas. Esto llevó al descontento y amenaza de los capitanes generales del ejército, por lo que la reina se vio obligada a destituirle. Lo único perdurable de su gobierno es la división provincial de Javier de Burgos.
Dado que la reina no podía apoyarse en los absolutistas, que estaban en el bando carlista, y tampoco podía evitar hacer reformas de carácter liberal, como se acaba de ver, acabó buscando el apoyo de los liberales, pero siempre de los más moderados, que le supusieran conservar el mayor poder posible. Así, nombró a Martínez de la Rosa (un antiguo liberal moderado de las Cortes de Cádiz), quien desarrollaría el Estatuto Real:
El Estatuto no contenta ni a los liberales, por ser demasiado moderado, ni a los absolutistas, por traer concesiones liberales. El descontento de los liberales, especialmente de los oficiales del ejército, pesará más en cuanto a la evolución política, pues Maria Cristina necesitaba apoyarse en ellos para mantener el Gobierno y ganar la guerra carlista.
Los fracasos en la guerra carlista llevarían a la inestabilidad política, a raíz de la cual la regente María Cristina nombrara y destituira a los Presidentes del Consejo de Ministros (siempre de tendencia moderada). Uno de los factores que explica esta inestabilidad es el descontento popular con las reformas, sumado al hambre, la ruina de la Hacienda y una epidemia de cólera, que llevó incluso a la creencia de que eran los frailes quienes envenenaban el agua. Se produjo una ola de movimientos insurreccionales, con quema de iglesias y conventos y la aparición de Juntas Revolucionarias.
El nombramiento más importante sería el de Juan Álvarez Mendizábal (1835). Para hacer frente al descontento, integró las Juntas en el Estado convirtiendolas en Diputaciones provinciales. Para hacer frente a la guerra carlista necesitaba dinero, por lo que recurrió a la desamortización de los bienes eclesiásticos y su posterior venta, así como la abolición de los diezmos. Mientras que esto último alivió al campesinado, las ventas en subastas de los bienes fueron aprovechadas, sobre todo, por la burguesía, aumentando el número de propietarios y la base de apoyo social al liberalismo.
Los problemas con la guerra, así como la enemistad personal de María Cristina, llevó a la destitución de Mendizábal y al nombramiento de Istúriz