Esplendor y Miseria: crisis económica y social en la España del siglo XVII

Documento de Universidad sobre Esplendor y Miseria: crisis económica y social en la España del siglo XVII. El Pdf, de Historia, analiza la crisis de los años noventa, la expulsión de los Moriscos y las transformaciones sociales, ofreciendo explicaciones detalladas sobre eventos históricos complejos.

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TEMA 7: ESPLENDOR Y MISERIA
1. La crisis de los años noventa
Durante los años noventa se percibieron indicios de que la economía castellana se
hallaba al borde del colapso como consecuencia de las aventuras militares de Felipe II.
Aparentemente inagotable, el flujo de plata había facilitado que el rey se lanzase a vastas
empresas que devoraban ingresos y aumentaban las deudas. En realidad, menos de una
cuarta parte de los ingresos anuales del rey procedía de la plata de las Indias. El resto
procedía de empréstitos o se cubría con la recaudación de impuestos, cuyo peso era
principalmente soportado por Castilla. Sin embargo, hacia 1590 era ya evidente que las
fuentes de ingresos castellanas no bastaban para paliar las necesidades de la Corona. Ni
la alcabala, ni los servicios ordinarios y extraordinarios, eran suficientes, y fue imperativo
completarlos con una nueva tasa y que era conocida como millones. Recibía este nombre
porque se evaluaba en millones de ducados y no en maravedíes. Se trataba de un impuesto
indirecto sobre los géneros alimenticios esenciales -carne, vino, aceite o vinagre,
fundamentalmente-. Su recaudación se dejaba a la discreción de los municipios. Si en un
primer momento se fijó en 8 millones hacia 1600 con ese subsidio fueron reunidos 18
millones de ducados, pagaderos en el plazo de seis años.
Teóricamente, los millones eran un tributo más equitativo que los servicios, de los
que estaban exentos todos los que poseían privilegio de nobleza (es decir, eran pagados
por los pecheros). Pero en la práctica lo era mucho menos de lo que podía parecer, pues
los terratenientes podían abastecerse a sí mismo de los artículos más gravados,
obteniéndolos de sus propias posesiones. Una vez más, por tanto, eran los pobres los que
cargaban con casi todo el peso. De modo inevitable, una contribución de esa naturaleza
hizo que subiera el coste de la vida en Castilla. Quizás es difícil calcular cuánto, pero de
lo que hay pocas dudas es que las contribuciones fiscales en Castilla eran muy superiores
a las de otros territorios de la Monarquía.
La pregunta, en consecuencia, es simple: ¿Podía Castilla llevar una carga tan
exigente sin precipitarse al desastre económico? A esta cuestión se sumaba otra no menos
preocupante: ¿Bastaban esas sumas, junto con la plata americana, para hacer frente a las
aventuras imperialistas? Fueron estas cuestiones a las que tuvo que hacer frente la corte
española en la década de 1590.
La última cuestión obtuvo respuesta de forma brutal en 1596. Ese año, declarando
bancarrota, la Corona suspendió todos los pagos a sus banqueros. Hubo, en todo caso, un
compromiso para que las deudas pendientes fueran reembolsadas bajo forma de juros,
pero eso significó que la deuda flotante se convirtiese en deuda consolidada. Frente al
carácter inmediato de la primera, la segunda preveía un endeudamiento que iba más allá
de un ejercicio fiscal y que apuntaba hacia el medio y largo plazo. Las ferias fueron las
más afectadas por este tipo de medidas y cuando en 1598 reanudaron sus operaciones, era
evidente que sus días gloriosos habían quedado atrás. La capital financiera de la
Monarquía habría de trasladarse definitivamente de Medina del Campo a Madrid.
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Pero la bancarrota significó algo más que el fin del poder financiero del norte de
Castilla: significaba también el fin de los sueños imperiales de Felipe II. Los proyectos
para una conquista de Inglaterra que habían sido planteados en la década de 1580 y que
no habían obtenido los resultados esperados fueron definitorios de este cambio de
tendencia. La derrota de la Armada Invencible provocó un gran impacto en las
conciencias hispanas y el optimismo que había estado presente a lo largo del siglo XVI
se desmoronó de la noche a la mañana. Si hay algún año que señale la división entre la
España triunfante de los dos primeros Austrias y la España quizás derrotista y
desilusionada de sus sucesores, ese es 1588.
Ahora bien, los efectos materiales de la derrota de la Armada fueron mucho menos
terribles de lo que una cierta leyenda ha hecho creer. De un total de 130 naves que
participaron en la operación, más de dos tercios consiguieron volver a España. Aunque
los ingleses trataron de contraatacar e hicieron importantes ataques en las posesiones
ultramarinas de la Monarquía, las costas de la península Ibérica y, prácticamente año tras
año, las flotas del tesoro americano pudieron llegar a puerto. El dominio del mar, pues,
seguía indeciso, pero de lo que no hubo duda fue que la gran cruzada española contra las
potencias del Norte de Europa se saldaba con un fracaso. La noticia de la derrota de la
Armada animó a los adversarios de la Monarquía, y lo cierto es que en la década de 1590
los holandeses seguían sin someter.
Estos últimos, acuciados por los embargos dictados contra los barcos holandeses
en los puertos de la península Ibérica, lograron incluso introducirse directamente en las
zonas productoras de sal y productos coloniales españoles. Así, desde 1594 realizaron
viajes con regularidad al Caribe y en 1599 se apoderaron de la isla de sal de Araya. La
intrusión en el Caribe desorganizó también las pesquerías de perlas en Santa Margarita y
dislocó el sistema de comunicaciones marítimas entre las diversas posesiones españolas
en América. Por primera vez, España tuvo que adoptar una actitud claramente defensiva
en el hemisferio occidental y su monopolio se vio cada vez más amenazado por
holandeses e ingleses.
La presencia de estos agentes en los mares americanos representaba un serio
peligro para el sistema comercial español. Pero más grave fue la transformación
simultánea que se estaba operando en paralelo en el carácter de la economía americana.
Durante la década de los noventa, la bonanza de los años anteriores pareció llegar a su
fin. La principal causa del cambio del clima económico de prosperidad hay que buscarla
en una catástrofe demográfica. Mientras que la población blanca y mestiza del Nuevo
Mundo seguía creciendo, la población indígena se veía diezmada por terribles epidemias.
Se calcula que, en México, de once millones en la época de la conquista pasó a poco más
de dos a finales de siglo. Y algo parecido es probable que ocurriera en Perú. La mano de
obra con que contaban los colonizadores se vio, pues, espectacularmente reducida. Los
grandes proyectos urbanísticos se vieron bruscamente detenidos, se hizo cada vez más
difícil hallar mano de obra para las minas, sobre todo por que los esclavos africanos
introducidos para sustituir a los indios también eran vulnerables a las enfermedades que
habían acabado con aquellos.
Tras las grandes epidemias de 1576-1579, la Nueva España parecía tener poco que
ofrecer a Europa. Pero es que, además, ese territorio también parecía no necesitar tanto
de Europa como en el pasado. Los artículos de lujo europeos chocaban con la competencia

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La crisis de los años noventa en Castilla

Durante los años noventa se percibieron indicios de que la economía castellana se hallaba al borde del colapso como consecuencia de las aventuras militares de Felipe II. Aparentemente inagotable, el flujo de plata había facilitado que el rey se lanzase a vastas empresas que devoraban ingresos y aumentaban las deudas. En realidad, menos de una cuarta parte de los ingresos anuales del rey procedía de la plata de las Indias. El resto procedía de empréstitos o se cubría con la recaudación de impuestos, cuyo peso era principalmente soportado por Castilla. Sin embargo, hacia 1590 era ya evidente que las fuentes de ingresos castellanas no bastaban para paliar las necesidades de la Corona. Ni la alcabala, ni los servicios ordinarios y extraordinarios, eran suficientes, y fue imperativo completarlos con una nueva tasa y que era conocida como millones. Recibía este nombre porque se evaluaba en millones de ducados y no en maravedíes. Se trataba de un impuesto indirecto sobre los géneros alimenticios esenciales -carne, vino, aceite o vinagre, fundamentalmente -. Su recaudación se dejaba a la discreción de los municipios. Si en un primer momento se fijó en 8 millones hacia 1600 con ese subsidio fueron reunidos 18 millones de ducados, pagaderos en el plazo de seis años.

Teóricamente, los millones eran un tributo más equitativo que los servicios, de los que estaban exentos todos los que poseían privilegio de nobleza (es decir, eran pagados por los pecheros). Pero en la práctica lo era mucho menos de lo que podía parecer, pues los terratenientes podían abastecerse a sí mismo de los artículos más gravados, obteniéndolos de sus propias posesiones. Una vez más, por tanto, eran los pobres los que cargaban con casi todo el peso. De modo inevitable, una contribución de esa naturaleza hizo que subiera el coste de la vida en Castilla. Quizás es difícil calcular cuánto, pero de lo que hay pocas dudas es que las contribuciones fiscales en Castilla eran muy superiores a las de otros territorios de la Monarquía.

La pregunta, en consecuencia, es simple: ¿ Podía Castilla llevar una carga tan exigente sin precipitarse al desastre económico? A esta cuestión se sumaba otra no menos preocupante: ¿ Bastaban esas sumas, junto con la plata americana, para hacer frente a las aventuras imperialistas? Fueron estas cuestiones a las que tuvo que hacer frente la corte española en la década de 1590.

Bancarrota de la Corona y sus consecuencias

La última cuestión obtuvo respuesta de forma brutal en 1596. Ese año, declarando bancarrota, la Corona suspendió todos los pagos a sus banqueros. Hubo, en todo caso, un compromiso para que las deudas pendientes fueran reembolsadas bajo forma de juros, pero eso significó que la deuda flotante se convirtiese en deuda consolidada. Frente al carácter inmediato de la primera, la segunda preveía un endeudamiento que iba más allá de un ejercicio fiscal y que apuntaba hacia el medio y largo plazo. Las ferias fueron las más afectadas por este tipo de medidas y cuando en 1598 reanudaron sus operaciones, era evidente que sus días gloriosos habían quedado atrás. La capital financiera de la Monarquía habría de trasladarse definitivamente de Medina del Campo a Madrid.

El fin de los sueños imperiales de Felipe II

1Pero la bancarrota significó algo más que el fin del poder financiero del norte de Castilla: significaba también el fin de los sueños imperiales de Felipe II. Los proyectos para una conquista de Inglaterra que habían sido planteados en la década de 1580 y que no habían obtenido los resultados esperados fueron definitorios de este cambio de tendencia. La derrota de la Armada Invencible provocó un gran impacto en las conciencias hispanas y el optimismo que había estado presente a lo largo del siglo XVI se desmoronó de la noche a la mañana. Si hay algún año que señale la división entre la España triunfante de los dos primeros Austrias y la España quizás derrotista y desilusionada de sus sucesores, ese es 1588.

Efectos de la derrota de la Armada

Ahora bien, los efectos materiales de la derrota de la Armada fueron mucho menos terribles de lo que una cierta leyenda ha hecho creer. De un total de 130 naves que participaron en la operación, más de dos tercios consiguieron volver a España. Aunque los ingleses trataron de contraatacar e hicieron importantes ataques en las posesiones ultramarinas de la Monarquía, las costas de la península Ibérica y, prácticamente año tras año, las flotas del tesoro americano pudieron llegar a puerto. El dominio del mar, pues, seguía indeciso, pero de lo que no hubo duda fue que la gran cruzada española contra las potencias del Norte de Europa se saldaba con un fracaso. La noticia de la derrota de la Armada animó a los adversarios de la Monarquía, y lo cierto es que en la década de 1590 los holandeses seguían sin someter.

Intrusión holandesa en el Caribe

Estos últimos, acuciados por los embargos dictados contra los barcos holandeses en los puertos de la península Ibérica, lograron incluso introducirse directamente en las zonas productoras de sal y productos coloniales españoles. Así, desde 1594 realizaron viajes con regularidad al Caribe y en 1599 se apoderaron de la isla de sal de Araya. La intrusión en el Caribe desorganizó también las pesquerías de perlas en Santa Margarita y dislocó el sistema de comunicaciones marítimas entre las diversas posesiones españolas en América. Por primera vez, España tuvo que adoptar una actitud claramente defensiva en el hemisferio occidental y su monopolio se vio cada vez más amenazado por holandeses e ingleses.

Transformación de la economía americana

La presencia de estos agentes en los mares americanos representaba un serio peligro para el sistema comercial español. Pero más grave fue la transformación simultánea que se estaba operando en paralelo en el carácter de la economía americana. Durante la década de los noventa, la bonanza de los años anteriores pareció llegar a su fin. La principal causa del cambio del clima económico de prosperidad hay que buscarla en una catástrofe demográfica. Mientras que la población blanca y mestiza del Nuevo Mundo seguía creciendo, la población indígena se veía diezmada por terribles epidemias. Se calcula que, en México, de once millones en la época de la conquista pasó a poco más de dos a finales de siglo. Y algo parecido es probable que ocurriera en Perú. La mano de obra con que contaban los colonizadores se vio, pues, espectacularmente reducida. Los grandes proyectos urbanísticos se vieron bruscamente detenidos, se hizo cada vez más difícil hallar mano de obra para las minas, sobre todo por que los esclavos africanos introducidos para sustituir a los indios también eran vulnerables a las enfermedades que habían acabado con aquellos.

Impacto en Nueva España y competencia comercial

Tras las grandes epidemias de 1576-1579, la Nueva España parecía tener poco que ofrecer a Europa. Pero es que, además, ese territorio también parecía no necesitar tanto de Europa como en el pasado. Los artículos de lujo europeos chocaban con la competencia 2de los del Extremo Oriente importados a América por el galeón de Manila. Pero más grave desde el punto de vista ibérico era el que en las posesiones americanas se desarrollasen una economía similar a la española: México había desarrollado una industria de paños gruesos; Perú producía cereales, vino y aceite, y precisamente esos eran los productos que habían constituido la práctica totalidad de los cargamentos que partían de Sevilla.

Diferenciación económica y comercio sevillano

A partir de 1590, por lo tanto, las economías de España y sus posesiones comenzaron a moverse por caminos diferentes, al tiempo que los intrusos ingleses y holandeses entraban por la brecha abierta. Cierto es que Sevilla conservaba oficialmente el monopolio y que el comercio sevillano con América alcanzaría su cifra récord en 1608, y durante doce años más las cifras de negocios, aunque fluctuantes, siguieron siendo altas. Pero, como indicio de prosperidad, las cifras están desprovista de su significación, pues los cargamentos eran cada vez más de procedencia extranjera. Los productos españoles estaban dejando de ser apreciados en América.

Problemas de reajuste en la economía castellana

Las nuevas demandas del mercado americano enfrentaron con problemas de reajuste a la economía castellana que no estaba preparada para resolverlos, pues durante las décadas precedentes ya había evidenciado incapacidad para modificar las tendencias económicas de los últimos años del reinado de Carlos V. En efecto, la economía castellana mostraba síntomas de estancamiento y en algunos sectores de auténtica regresión, según advirtieron algunos testimonios contemporáneos.

Despoblación y decadencia agrícola en Castilla

Para algunos llamaba la atención la despoblación y la decadencia de la agricultura, pero en realidad puede decirse que este tipo de apreciaciones no eran del todo exactas. Lo que parecía en Castilla una despoblación respondía mejor a una redistribución de la población a consecuencia de las migraciones internas. De treinta y una ciudades castellanas, en veinte aumentó su población entre 1530 y 1594, y sólo disminuyó en once, concentrándose ese descenso demográfico en la mitad norte de España. Era la región más afectada por la guerra con los Países Bajos y por la extensión de la piratería en el Golfo de Vizcaya. Lo que los contemporáneos creían una despoblación general, pudo serlo sólo en los territorios del norte y el Valle del Duero, lugares que habían sido especialmente prósperos a comienzos del siglo XVI.

Éxodo rural y dependencia de importaciones

Otro movimiento con implicaciones perturbadoras fue el éxodo del campo a la ciudad. Hay indicios que evidencian un empeoramiento de las condiciones de vida de los campesinos en la segunda mitad del XVI. Las deudas y el despojo de las tierras del campesinado por los acreedores fueron frecuentes, pues bastaba una serie de malas cosechas para que su situación económica quedase en manos de prestamistas. Además, los altos impuestos que tenían que pagar o el tener que alojar a las tropas en ocasiones, tampoco ayudaba. Era lógico que el campesino, en una situación extrema, abandonase los campos.

El éxodo hacia las ciudades fue transformando gradualmente en una tierra de pueblos desiertos. En consecuencia, aproximadamente hacia la década de 1570 Castilla empezó a depender de las importaciones de granos del Norte de Europa, acentuando una dependencia que ya era evidente por la importación de productos manufacturados. Aunque las Cortes de Castilla se lamentaban constantemente de la decadencia de la agricultura, poco se hizo para evitarla. Las reformas radicales necesarias sólo podían 3

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