Documento de Universidad Pontificia de Salamanca sobre el periodo preverbal y prelingüístico. El Pdf explora los prerequisitos de la comunicación humana y los mecanismos para la comunicación simbólica, analizando la sensibilidad cenestésica y la intersubjetividad en el desarrollo del lenguaje infantil. Es un material de Psicología para Universidad.
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Universidad Pontificia
de Salamanca
BLOQUE I. Tema 2. El periodo preverbal
TEMA 2. EL PERIODO PREVERBAL O PRELINGÜÍSTICO
Asignatura: Desarrollo de la lengua oral y escrita
Grado en Maestro en Educación Primaria. 2º Curso.
Profesores: Dra. Dª Elisa Arias García
Dr. D. Óscar José Martín Sánchez
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Durante el primer año de vida se crean las condiciones necesarias para que se
establezcan las bases de la comunicación y la representación en el niño sobre las que
se asienta el desarrollo lingüístico posterior, que comienza en torno a los doce
meses.
El bebé llega al mundo con un repertorio de conductas (llanto, sonrisa,
vocalizaciones indiferenciadas, etc.) que utiliza al principio indiscriminadamente,
pero que se van dotando de forma paulatina de intencionalidad comunicativa.
Además, es tratado por los adultos como si ya tuviera el repertorio de intenciones,
expectativas y capacidades típicas de los humanos de más edad. En este
comportamiento que da por supuesto en los bebés capacidades comunicativas y
representativas que en realidad todavía no tienen completamente desarrolladas, se
encuentra la clave del desarrollo de la comunicación y la representación y, en
consecuencia, la clave de la aparición del lenguaje.
En definitiva, este periodo es como la matriz que va a engendrar la comunicación
humana. Todavía es precaria, pero es imprescindible para que el lenguaje pueda
aparecer posteriormente.
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Estudiaremos, por tanto, los principales hitos del desarrollo en esta etapa.
"Hoy sabemos que los recién nacidos son seres activos, con un amplio repertorio de
conductas que les permite establecer una relación primaria con otros seres humanos,
buscarla, iniciarla y, a la vez, regular el grado de estimulación social" (Vila, 2001, pp. 135-
136). La comunicación preverbal emerge de un tejido de funciones básicas que configuran,
todas ellas, el escenario de la crianza. Esta instaura unos encuentros regulares entre el
progenitor y el niño que, poco a poco, se sincronizan. La interacción, al progresar, derivará
en la comunicación.
Con el término sensibilidad cenestésica Perinat hace referencia al "tono afectivo", o "clima
afectivo". Se trata de las sensaciones que le llegan al niño del contacto con su madre. Ritmos,
presiones, equilibrio, tono muscular y temperatura corporal de contacto.
La comunicación humana posterior hunde sus raíces en esta matriz empática: el contacto
corporal (el de la madre con el recién nacido). No se trata aún de comunicación en el sentido
estricto, sino de "sintonía emocional". Dichas manifestaciones corporales atañen más al
"estar en comunicación" que al "qué" y "cómo" comunicar.
Los niños reaccionan ya desde los primeros días de vida cuando oyen sonidos que caen
dentro del intervalo de frecuencias de la voz humana. Son particularmente sensibles a los
aspectos rítmicos del habla, además, prefieren de entre otras, la voz de su madre. Por su
parte, las madres hablan a los bebés con unas características muy particulares:
modulaciones rítmicas y exageradas, profundamente impregnadas de afecto. Es un habla
2 Epígrafe basado en: Perinat, A. (1986). Los prerrequisitos funcionales de la comunicación humana. En A. Perinat.
La comunicación preverbal, (pp.18-35). Ediciones Avesta.
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que sirve de vehículo de sentimientos y de estado emocional. El bebé tiene así la vivencia
de "estar en comunicación".
Un estudio cuidadoso ha descubierto que la comunicación adulta con los bebés es distinta de
aquella con otros adultos (Falk, 2004). Por ejemplo, cuando los adultos se comunican con un
bebé utilizan un tono más agudo, usan palabras simples, repiten palabras, varían la velocidad
y exageran los tonos emocionales (Bryant y Barret, 2007). Esta manera especial de
comunicación con el bebé a veces se denomina habla infantil o media lengua (baby talk); se
trata de una manera de comunicarse dirigida al bebé, y a veces también se conoce como
maternés o lengua de las madres (motherese), ya que es utilizada por las madres en todo el
mundo. (Berger, 2016, pp. 176-177)
Numerosas investigaciones han destacado el poderoso atractivo que tiene para el
bebé el rostro humano. En torno a los dos meses, el bebé empieza ya a fijarse en el
rostro humano que tiene delante. Se ha llegado a demostrar experimentalmente que
si en el curso de una secuencia de manifestaciones expresivas, la madre (a
requerimiento del experimentador) muda su rostro exhibiéndose seria e
inexpresiva, los pequeños dan muestras de desazón y acaban llorando. Esto sería la
prueba de que los niños poseen expectativas rudimentarias acerca de lo que es un
rostro amigo, y de lo que este anticipa sobre el modo en que se llevará a cabo la
interacción siguiente.
Por otra parte, también el rostro infantil, muy precozmente, adopta configuraciones
que los adultos interpretamos como reflejo de sus sentimientos. Las expresiones del
rostro transmiten señales que informan acerca de los procesos psíquicos internos, y
su función social es ser vehículo de información acerca del conocimiento de las
intenciones, razones y significados entre organismos.
En resumen, las expresiones afectivas del rostro con que las madres animan los
intercambios con sus hijos desde el momento de nacer, y las expresiones que los
pequeños van exhibiendo, son antecedentes necesarios de todo el despliegue de
capacidades comunicativas que desembocarán más tarde en el lenguaje hablado. A
través de ellas se inicia un mutuo control de las intenciones y procesos cognitivos
del otro, propio de los humanos.
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La vida es una superposición de ritmos: respiramos ritmicamente, nuestro corazón late a
ritmo, caminamos con ritmo, el habla posee una cadencia rítmica, etc. Entre las conductas
rítmicas del recién nacido, nos detenemos por su importancia para el desarrollo de la
comunicación en la succión alimenticia.
El niño al succionar (del pecho o del biberón) efectúa una serie de chupeteos seguidos y
los interrumpe con una breve pausa. Esta alternancia entre succiones y pausas solo se da
en los humanos, por ello, ha llamado la atención de los investigadores que se han
preguntado sobre su función.
Se ha constatado que la pausa no obedece a razones fisiológicas de respirar, descansar,
facilitar la deglución, o dar tiempo a que las glándulas mamarias se repongan de líquido. Sin
embargo, en el momento en que se efectúa la pausa, muchas madres intervienen (cambian
al niño de posición, lo acomodan mejor, lo ponen derecho, le dan palmaditas, hacen
comentarios, agitan el biberón, etc.). El análisis de la duración de la pausa en relación a lo
que la madre hace para llenarla ha permitido descubrir que el mero hecho de que la madre
haga algo, alarga la pausa; pero si la madre acorta su intervención, el niño reemprende la
succión.
Parece, pues, que la función de la pausa es dar pie a la intervención de la madre. Esta
situación es un ejemplo de lo que se ha denominado "turnos de intervención". El niño
succiona y hace una pausa, la madre interviene de determinada forma y obtiene que el niño
reemprenda la succión. Y así, sucesivamente. Se trata de un esbozo muy rudimentario de la
estructura que adoptará luego el diálogo interpersonal, que consiste fundamentalmente en
intervenciones alternadas. Meses después serán los juegos a dúo (el cucú, etc.) los que
adoptarán esta estructura alternante.
En definitiva, el lenguaje no es meramente cuestión de estructura sintáctica. La
comunicación humana (a cuyo servicio está el lenguaje) es algo más que dominar un código
de transmisión de significados: es sobre todo usarlo según unas determinadas reglas
sociales. El bebé, antes de hablar, necesita durante meses aprender mucho más acerca de
las reglas de uso -tener idea de para qué sirve el lenguaje- que del código lingüístico
propiamente dicho. El ello da impulso a la motivación para hablar una vez que el niño alcanza
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