Diapositivas de Ucam Universidad Católica de Murcia sobre Sacramentos de curación. El Pdf, un material de Religión para Universidad, explora los sacramentos de curación, centrándose en la contrición y la confesión de los pecados, analizando sus modificaciones históricas y estructura fundamental.
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El Sacramento de la Penitencia y la Reconciliación. Nombre. Elemento. Por qué después del Bautismo. Sólo Dios perdona. Reconciliación con la Iglesia. Historia. Actos sacramentales. Efectos.
Elementos. Signo Sacramental. Quién recibe y administra. Celebración del Sacramento. Efectos.
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Los sacramentos de iniciación nos introducían y nos incorporaban a la vida nueva de Cristo. El Bautismo nos sumergía de lleno en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, la Confirmación renovaba todas las promesas bautismales y nos incorporaba de forma más plena a Cristo, su Espíritu y la Iglesia y la Eucaristía nos nutría con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Sin embargo, vemos que la vida plena que Dios nos quiere ofrecer la llevamos "en vasos de barro" (2Co 4,7) y que nuestra morada todavía es terrena sometida al sufrimiento, a la enfermedad y a la muerte. Es por ello, que la vida en Cristo puede ser debilitada e incluso perderse por el pecado.
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"Al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?». «Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios" (Jn 9, 1-3). "La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte ... Con frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno a Él" (CEC1500- 1501).
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Nuestra vida terrena está sometida al sufrimiento, a la enfermedad y a la muerte y esto puede hacer que la vida nueva del hijo de Dios pueda ser debilitada e incluso perdida por el pecado. "El Señor Jesucristo, médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos, que perdonó los pecados al paralítico y le devolvió la salud del cuerpo, quiso que su Iglesia continuase, con la fuerza del Espíritu Santo, su obra de curación y de salvación, incluso en sus propios miembros. Esta es la finalidad de los dos sacramentos de curación: del sacramento de la Penitencia y de la Unción de los enfermos" (CEC 1420-1421). La reconciliación entre Dios y los hombres la realizó el Señor Jesús con el misterio de su muerte y resurrección, confiando el misterio de la reconciliación a la Iglesia en la persona de los apóstoles, y la Iglesia lo ejerce, comunicando a los hombres la buena nueva de la salvación y bautizándolos en el agua y el Espíritu Santo.
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Precisamente para perdonar los pecados cometidos después del bautismo, el Señor instituyó un sacramento particular, el de la penitencia, que la Iglesia en el curso de los siglos ha anunciado y celebrado fielmente. El misterio de reconciliación forma parte tanto de la historia de la salvación como de la historia de la Iglesia. Dios que es misericordioso, nos acepta como somos, soporta pacientemente nuestras debilidades y lentitudes, y donde encuentra culpa, incluso la más grave e ingrata, sabe superarla con el amor y transcenderla con el perdón. La Iglesia demuestra también su solicitud a los enfermos, no sólo visitándolos, sino también confortándolos con el sacramento de la Unción, sosteniéndoles durante la enfermedad y en peligro de muerte con el sacramento de la Eucaristía y recomendándoles con sus oraciones a Dios, especialmente en los últimos instantes de su vida.
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ATIA
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"Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos". (Jn 20, 22- 23 En multitud de ocasiones Jesús perdonó los pecados a aquellos que se le acercaban; la Iglesia, continuadora de la misión de Cristo en la tierra, obedeció fielmente a su encargo y desde los primeros siglos administró el perdón por medio del sacramento de la Reconciliación. A pesar de los diferentes modos, la intención de la Iglesia siempre ha sido la misma: reconciliar a los hombres con Dios. En efecto, Dios toma la iniciativa y sale una vez más al encuentro del hombre y éste ante el amor de Dios sólo le cabe convertirse y buscar a Dios con un corazón sincero. Este doble movimiento, perdón y conversión queda perfectamente reflejado en la propia celebración del sacramento, por un lado, veremos los actos que el penitente debe de realizar; por otro lado, los actos que los ministros en nombre de Cristo realizan para la salvación de todos los hombres.
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Este sacramento puede ser llamado con diversos nombres dependiendo aquel rasgo o característica que se quiera destacar. Según el Catecismo de la Iglesia Católica los nombres que se le otorgan a este sacramento son:
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Todos aquellos que se acercan a la fuente bautismal son purificados de sus pecados. El bautismo limpia de nuestra vida el pecado original y los pecados personales cometidos en el caso del bautismo de un adulto. Este sacramento nos invita a reflexionar hasta qué punto el hombre que "se ha revestido de Cristo" Cf Ga 3,27 puede caer de nuevo en las garras del pecado. Efectivamente, la conversión a Cristo, el nuevo nacimiento por el Bautismo, el don del Espíritu Santo, el Cuerpo y la Sangre de Cristo recibidos como alimento nos han hecho "santos e inmaculados ante el", como la Iglesia misma, esposa de Cristo, que también busca mantenerse santa e inmaculada ante su esposo Cristo. Sin embargo, esta vida nueva recibida en la iniciación cristiana no suprimió la fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado (concupiscencia). Es por ello, que los bautizados se mantienen en permanente lucha contra el mal y toda su vida cristiana es un continuo combate contra las fuerzas del mal que son contrarrestadas con la ayuda de la gracia de Dios y con la cooperación del hombre a la gracia otorgada por Dios.
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El pecado es, ante todo, ofensa a Dios, ruptura de la comunión con Él. Al mismo tiempo, atenta contra la comunión con la Iglesia. Por eso la conversión implica a la vez el perdón de Dios y la reconciliación con la Iglesia.
"Sólo Dios puede perdona los pecados"( Mc 2,7), con esta rotundidad se expresaban los fariseos, escribas y otros grupos coetáneos a Jesús cuando éste, por su condición divina, ejercía tal poder. El pueblo se quedaba admirado de su autoridad no sólo en la predicación, también en los milagros. Esta autoridad fue conferida a los hombres para que en su nombre ejercieran el poder de perdonar los pecados. Cristo quiso que toda la Iglesia fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación. Él que nos rescató a precio de sangre confirió el ejercicio de perdonar los pecados a sus apóstoles que son nada más y nada menos que ministros de la reconciliación. Mediante esta sucesión volvemos a apreciar como los sacramentos han sido instituidos por Cristo y él los ha conferido a su Iglesia que los custodia y los administra a su debido tiempo.
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Durante la vida pública, Jesús no sólo perdonó los pecados, también manifestó el efecto de este perdón: a los pecadores que son perdonados los vuelve a integrar en la comunidad del pueblo de Dios, de donde el pecado los había alejado o incluso excluido. Un signo manifiesto de ello es el hecho de sentarse a comer con ellos que expresa, al mismo tiempo, el perdón de Dios y el retorno al seno del pueblo de Dios. Al hacer participes a los Apóstoles de su propio poder de perdonar los pecados, el Señor les da también la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia. Esta dimensión eclesial de su tarea es expresada en distintos momentos del evangelio pero particularmente en las palabras solemnes de Cristo a Pedro: "A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo". Por último las palabras atar y desatar tienen un profundo significado desde la antigüedad. La Iglesia ha visto en estas dos acciones el poder de excluir oficialmente de la comunión plena con la Iglesia y de readmitir y reconciliar con ella, una vez cumplidas ciertas condiciones.
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