Tema: La Libertad, un análisis filosófico de sus formas y debates

Documento de Universidad sobre Tema: La Libertad. El Pdf explora el concepto de libertad, distinguiendo entre libertad política y libertad interna, y el debate filosófico entre determinismo e indeterminismo. El documento, de Filosofía y apto para Universidad, incluye extractos significativos de obras filosóficas para ilustrar los conceptos.

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TEMA: LA LIBERTAD
I. Dos formas de libertad
1. La libertad política o libertad externa
2. La libertad interna.
3. Dialéctica de las libertades.
II. Libertad y sociedad: la alienación
I. Dos formas de libertad
En principio e intuitivamente, pueden distinguirse dos tipos de libertad: libertad política o libertad
externa, en el sentido de que un preso o un súbdito de una dictadura no son libres, y libertad interna,
atendiendo al hecho de que un borracho o un esquizofnico no es dueño de las decisiones que toma.
1. La libertad política o libertad externa
La libertad externa tiene principalmente una dimensión política o social, por eso la llamaremos
libertad política. Normalmente se la considera en dos sentidos: libertad política negativa que se
refiere a la existencia de prohibiciones que me impiden actuar y libertad política positiva, referida a
la posibilidad que deberían tener los individuos de participar en el gobierno de la sociedad en que
viven.
a) La libertad política negativa
Es la libertad defendida por los pensadores "liberales". Por ejemplo, para el filósofo John Stuart Mill
(s. XIX) la libertad potica negativa se refiere a "los límites del poder que puede ser ejercido
legítimamente sobre el individuo". El mismo Mill formuló en 1859 el "principio" que debía regir la
relación de la sociedad potica con el individuo:
El objeto de este ensayo es afirmar un sencillo principio destinado a regir absolutamente las
relaciones de la sociedad con el individuo en lo que tengan de compulsión o control, ya sean los
medios empleados la fuerza física en forma de penalidades legales o la coacción moral de la
opinión pública. Este principio consiste en afirmar que el único fin por el cual es justificable que la
humanidad, individual o colectivamente, se entrometa en la libertad de acción de uno cualquiera de
sus miembros, es la propia protección. Que la única finalidad por la cual el poder puede, con pleno
derecho, ser ejercido sobre un miembro de una comunidad civilizada contra su voluntad, es evitar
que perjudique a los demás. Su propio bien, físico o moral, no es justificación suficiente. Nadie
puede ser obligado justificadamente a realizar o no realizar determinados actos, porque eso fuera
mejor para él, porque le haría feliz, porque, en opinión de los demás, hacerlo sería más acertado o
más justo. Estas son buenas razones para discutir, razonar y persuadirle, pero no para obligarle o
causarle algún perjuicio si obra de manera diferente. Para justificar esto sería preciso pensar que la
conducta de la que se trata de disuadirle producía un perjuicio a algún otro. La única parte de la
conducta de cada uno por la que él es responsable ante la sociedad es la que se refiere a los demás.
En la parte que le concierne meramente a él, su independencia es, de derecho, absoluta. Sobre sí
mismo, sobre su propio cuerpo y espíritu, el individuo es soberano.
John Stuart-Mill: Sobre la libertad.
De esta definición liberal de libertad propuesta por Mill (libertad es poder hacer lo que quiera sin
perjudicar al vecino) se derivan libertades específicas recogidas en todas las constituciones
democráticas: nadie puede obligarme a pensar de un modo determinado (libertad de conciencia), ni
impedirme que manifieste mis opiniones (libertad de expresión) o que me asocie con otros (libertad
deasociación).
La libertad respecto al uso del propio cuerpo se deduce directamente de la concepción de la libertad
según Mill. Así lo entienden, por ejemplo, los defensores de la eutanasia o la legalización de las
drogas. También es posible otro punto de vista: Reflexiona sobre el siguiente texto de Savater en el
que enfrenta la libertad de expresión a la seguridad de todos:
En cuanto vuelve a producirse otra matanza terrorista, suena de nuevo la acostumbrada y
retórica cantinela: ¿libertad o seguridad? Como si fueran incompatibles, incluso
contradictorias. Los que más nos alarman previniéndonos contra el posible recorte de
libertades democráticas suelen ser precisamente los mismos que, en épocas de bonanza, no
escatiman su escepticismo respecto a ellas: cuando todo marcha bien son meramente
formales, aparentes, carentes de garantías. Pero, tras las bombas, se vuelven preciosas: el
Leviatán estatal aprovechala menor ocasión para arrebatárnoslas... Lo cierto es que la
dialéctica entre libertad y seguridad proviene de mucho antes que el terrorismo
contemporáneo. En realidad, ha solido llamarse "progreso social" al recorte de ciertas
libertades particulares a fin de conseguir mayor seguridad de bienes para la mayoría. La
enseñanza general obligatoria, por ejemplo, o la no menos obligatoria cotización para la
Seguridad Social, la velocidad máxima permitida en las carreteras, los impuestos y qué
yo cuántas cosas más que limitan la libertad de elección de bastantes en nombre de lo que
se supone mejor para todos, ante la indignación de neoliberales y de libertarios de
derechas. Según el planteamiento digamos "progresista", la seguridad así conseguida
permite un uso más eficaz y auténtico de la libertad a quienes de otro modo verían la suya
coartada por la incertidumbre o la necesidad.
Soy lo suficientemente viejo como para recordar las épocas anteriores a la oleada de
secuestros aéreos que inició las actuales medidas de seguridad en los aeropuertos: en
aquellos días felices se subía uno al avión sin muchos más trámites que al autobús... Y en
mis primeros viajes a Londres se fumaba tranquilamente en todos los transportes públicos,
incluido el metro, hasta que un incendio fortuito en una estación acabó fulminantemente
con tan placentera (para unos) y mortífera (para otros) licencia. Es decir: los proyectos
sociales igualitarios imponen ciertas coacciones y los abusos o riesgos de la sociedad de
masas restringen algunas privanzas, pero resulta bastante exagerado clamar que cada vez
vivimos más esclavizados. La seguridad es un ingrediente fundamental de las libertades
públicas, lo mismo que sin éstas nadie está realmente seguro frente a las autoridades o entre
los demás. Lo importante es que, si desaparecen privilegios o se imponen ciertas
incomodidades, sea de modo proporcionado y sin afectar nunca a las garantías
fundamentales sobre las que se asienta la democracia (como creo que ha ocurrido en
Guantánamo, por ejemplo).
FERNANDO SAVATER: "Y ellos, no", El País

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Dos formas de libertad

I. Dos formas de libertad 1. La libertad política o libertad externa 2. La libertad interna. 3. Dialéctica de las libertades. II. Libertad y sociedad: la alienación

Tipos de libertad

En principio e intuitivamente, pueden distinguirse dos tipos de libertad: libertad política o libertad externa, en el sentido de que un preso o un súbdito de una dictadura no son libres, y libertad interna, atendiendo al hecho de que un borracho o un esquizofrénico no es dueño de las decisiones que toma.

La libertad política o externa

La libertad externa tiene principalmente una dimensión política o social, por eso la llamaremos libertad política. Normalmente se la considera en dos sentidos: libertad política negativa que se refiere a la existencia de prohibiciones que me impiden actuar y libertad política positiva, referida a la posibilidad que deberían tener los individuos de participar en el gobierno de la sociedad en que viven.

La libertad política negativa

Es la libertad defendida por los pensadores "liberales". Por ejemplo, para el filósofo John Stuart Mill (s. XIX) la libertad política negativa se refiere a "los límites del poder que puede ser ejercido legítimamente sobre el individuo". El mismo Mill formuló en 1859 el "principio" que debía regir la relación de la sociedad política con el individuo:

El objeto de este ensayo es afirmar un sencillo principio destinado a regir absolutamente las relaciones de la sociedad con el individuo en lo que tengan de compulsión o control, ya sean los medios empleados la fuerza física en forma de penalidades legales o la coacción moral de la opinión pública. Este principio consiste en afirmar que el único fin por el cual es justificable que la humanidad, individual o colectivamente, se entrometa en la libertad de acción de uno cualquiera de sus miembros, es la propia protección. Que la única finalidad por la cual el poder puede, con pleno derecho, ser ejercido sobre un miembro de una comunidad civilizada contra su voluntad, es evitar que perjudique a los demás. Su propio bien, físico o moral, no es justificación suficiente. Nadie puede ser obligado justificadamente a realizar o no realizar determinados actos, porque eso fuera mejor para él, porque le haría feliz, porque, en opinión de los demás, hacerlo sería más acertado o más justo. Estas son buenas razones para discutir, razonar y persuadirle, pero no para obligarle o causarle algún perjuicio si obra de manera diferente. Para justificar esto sería preciso pensar que la conducta de la que se trata de disuadirle producía un perjuicio a algún otro. La única parte de la conducta de cada uno por la que él es responsable ante la sociedad es la que se refiere a los demás. En la parte que le concierne meramente a él, su independencia es, de derecho, absoluta. Sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y espíritu, el individuo es soberano. John Stuart-Mill: Sobre la libertad.De esta definición liberal de libertad propuesta por Mill (libertad es poder hacer lo que quiera sin perjudicar al vecino) se derivan libertades específicas recogidas en todas las constituciones democráticas: nadie puede obligarme a pensar de un modo determinado (libertad de conciencia), ni impedirme que manifieste mis opiniones (libertad de expresión) o que me asocie con otros (libertad deasociación).

La libertad respecto al uso del propio cuerpo se deduce directamente de la concepción de la libertad según Mill. Así lo entienden, por ejemplo, los defensores de la eutanasia o la legalización de las drogas. También es posible otro punto de vista: Reflexiona sobre el siguiente texto de Savater en el que enfrenta la libertad de expresión a la seguridad de todos:

En cuanto vuelve a producirse otra matanza terrorista, suena de nuevo la acostumbrada y retórica cantinela: ¿ libertad o seguridad? Como si fueran incompatibles, incluso contradictorias. Los que más nos alarman previniéndonos contra el posible recorte de libertades democráticas suelen ser precisamente los mismos que, en épocas de bonanza, no escatiman su escepticismo respecto a ellas: cuando todo marcha bien son meramente formales, aparentes, carentes de garantías. Pero, tras las bombas, se vuelven preciosas: el Leviatán estatal aprovechará la menor ocasión para arrebatárnoslas ... Lo cierto es que la dialéctica entre libertad y seguridad proviene de mucho antes que el terrorismo contemporáneo. En realidad, ha solido llamarse "progreso social" al recorte de ciertas libertades particulares a fin de conseguir mayor seguridad de bienes para la mayoría. La enseñanza general obligatoria, por ejemplo, o la no menos obligatoria cotización para la Seguridad Social, la velocidad máxima permitida en las carreteras, los impuestos y qué sé yo cuántas cosas más que limitan la libertad de elección de bastantes en nombre de lo que se supone mejor para todos, ante la indignación de neoliberales y de libertarios de derechas. Según el planteamiento digamos "progresista", la seguridad así conseguida permite un uso más eficaz y auténtico de la libertad a quienes de otro modo verían la suya coartada por la incertidumbre o la necesidad. Soy lo suficientemente viejo como para recordar las épocas anteriores a la oleada de secuestros aéreos que inició las actuales medidas de seguridad en los aeropuertos: en aquellos días felices se subía uno al avión sin muchos más trámites que al autobús ... Y en mis primeros viajes a Londres se fumaba tranquilamente en todos los transportes públicos, incluido el metro, hasta que un incendio fortuito en una estación acabó fulminantemente con tan placentera (para unos) y mortífera (para otros) licencia. Es decir: los proyectos sociales igualitarios imponen ciertas coacciones y los abusos o riesgos de la sociedad de masas restringen algunas privanzas, pero resulta bastante exagerado clamar que cada vez vivimos más esclavizados. La seguridad es un ingrediente fundamental de las libertades públicas, lo mismo que sin éstas nadie está realmente seguro frente a las autoridades o entre los demás. Lo importante es que, si desaparecen privilegios o se imponen ciertas incomodidades, sea de modo proporcionado y sin afectar nunca a las garantías fundamentales sobre las que se asienta la democracia (como creo que ha ocurrido en Guantánamo, por ejemplo). FERNANDO SAVATER: "Y ellos, no", El País

La libertad política positiva

Es la libertad para participar en la toma de decisiones y, en general, en la vida política del país. Corresponde, por tanto, a la exigencia "democrática" de un "gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo".

La libertad negativa define, ante todo, una esfera de vida privada en la que el individuo se puede sentir libre de la intervención estatal. En cambio, la libertad positiva define las posibilidades del individuo para participar en la vida pública.

Debe quedar claro que el hecho de disponer de libertad política positiva, es decir, de vivir en una sociedad democrática, no significa que necesariamente se produzca un aumento en nuestra libertad política negativa. Obsérvese la sociedad actual: vivimos en democracia, pero hay muchas conductas que, afectando solamente al individuo que las practica, están legalmente prohibidas: el suicidio, las drogas o no utilizar el cinturón de seguridad. Este interés del Estado por proteger nuestra salud puede considerarse o bien como algo beneficioso para la comunidad o bien como un recorte inadmisible de las libertades individuales. Pensemos en las restricciones de la época de pandemia y en los debates que se generaron en torno a muchas de esas restricciones.

La libertad interna

Cuando hablamos de libertad interna nos referimos a una cuestión bastante corriente que todos nos hemos planteado alguna vez: al tomar una decisión, ¿la adopto libremente o estoy siendo determinado por mis genes, por las leyes de la física, por las estrellas, por el Destino, por la sociedad, por la educación ...? La libertad interna se refiere a si existe o no la autonomía de la voluntad cuando tomamos decisiones. Cuando se es contrario a la libertad interna se está afirmando que en el Universo todo está determinado.

Este problema se discute desde muy antiguo. Tiene sus antecedentes en la mitología griega: la libertad aparece como la lucha contra un poder impersonal, el Destino, el Hado o la Moira, la Fatalidad. Esta lucha es inútil ya que hasta los mismos dioses están sometidos al Destino.

La formulación racional de la fatalidad o del determinismo universal se encuentra en algunos filósofos griegos como Demócrito (s. IV a.C.) y el Estoicismo (fundado por Zenón de Citio, s. III a.C.) Según Demócrito el Universo está hecho de átomos, partes mínimas indivisibles. Todo lo que ocurre es el producto de la unión y la separación de átomos lo cual viene a querer decir que todo está determinado por las leyes de la Física. Para el Estoicismo el Universo está gobernado por una Providencia universal, un principio racional divino, que todo lo controla. Epicuro (s. III a.C.), aun aceptando la teoría atómica de Demócrito, afirmaba que los movimientos de los átomos no están totalmente determinados sino que presentan también movimientos espontáneos. Epicuro defendía esta idea porque creía que de no existir la libertad entonces no tendría sentido buscar la felicidad o dar principios morales para alcanzarla.

En el mundo romano a la aceptación de la necesidad se le llama fatalismo. Cicerón, autor romano del s. II, critica al fatalismo del siguiente modo:

No nos dejaremos influir por esa perezosa razón que los filósofos llaman "argumento perezoso", porque si atendiéramos a ella permaneceríamos en completa inacción. Considera cómo lo presentan: "Si es tu destino curar de esa enfermedad, acudas o no acudas al médico, curarás. Porla misma razón, si tu destino es no curar de esa enfermedad, acudas o no acudas al médico, no curarás. Es así que lo uno o lo otro ha de ser necesariamente; luego es inútil acudir al médico" Cicerón: El hado, p. 119.

A lo largo de la historia del pensamiento a la libertad interna también se la ha llamado "libre albedrío". Fue muy importante la discusión sobre el libre albedrío en la Edad Media ya que resultaba difícil conciliar la omnipotencia divina y la libertad humana: ¿ cómo puede Dios, un ser eminentemente bueno y omnipotente, permitir que yo elija el mal?

San Agustín (s. V) creía que el ser humano no es libre porque la naturaleza humana se encuentra corrompida por el pecado original y que, por tanto, la voluntad se encontraba incapacitada para querer el bien sin la ayuda de Dios. Santo Tomás de Aquino (s. XIII), por el contrario, creía que el ser humano es libre y la voluntad humana no está anulada por el pecado original, sólo debilitada. Por ello, es capaz de querer el bien sin ayuda divina. Esta polémica, aparentemente vana, tuvo implicaciones muy profundas en el mundo medieval: si se consideraba que el hombre es por naturaleza libre, tenía que admitirse que era responsable de sus pecados y por lo tanto merecedor de castigo. Por ello, si se admitía la libertad, se estaba defendiendo al mismo tiempo que aquellos clérigos que fuesen contra la moral cristiana debían ser expulsados de la Iglesia. Sin embargo, si se consideraba que el alma humana tiende por naturaleza al mal y que no es libre de elegir, se exculpaba a tantos papas y obispos corruptos que ha tenido la iglesia.

La filosofía moderna, a partir del s. XVII, continúa discutiendo el mismo tema. Los filósofos Descartes y Kant ofrecen dos argumentos diferentes para defender que somos libres

  1. Según Descartes tenemos una experiencia inmediata de libertad. "La libertad de nuestra voluntad se conoce sin prueba, por la sola experiencia que tenemos de ella" (Principios, I, 39). Descartes piensa que nuestra libertad interna se nos muestra con tal evidencia que no necesita demostración alguna. Creernos libres es una actitud natural.
  2. Kant considera que la libertad es un postulado. La libertad es un postulado, es decir, algo que nos vemos obligados a suponer si no queremos caer en el absurdo. Si no fuésemos libres carecería de sentido hablar de "culpabilidad", "responsabilidad", "normas", "sanciones", "promesas", etc. Por ejemplo, si no soy libre tampoco puedo ser culpable de los crímenes que cometa y esto es absurdo. Toda la racionalidad de las instituciones morales y sociales descansa sobre el presupuesto de la libertad humana.

Estas dos pruebas de la libertad son pruebas "débiles". Ya Spinoza "retorció" el argumento de Descartes al afirmar que muchas veces la experiencia nos engaña: creemos estar obrando libremente cuando no es así (y, con frecuencia, más tarde nos damos cuenta de ello):

Así el ebrio cree decir por libre decisión de su alma lo que, ya sobrio, quisiera haber callado; y asimismo el que delira, la charlatana, el niño y otros muchos de esta laya creen hablar por libre decisión del alma, siendo así que no pueden reprimir el impulso que les hace hablar. De modo que la experiencia misma, no menos claramente que la razón, enseña que los seres humanos creen ser libres sólo a causa de que son conscientes de sus acciones, e ignorantes de las causas que las determinan. Benedictus de Spinoza: Ética, Parte III, Proposición 2, Escolio.

Considerar que la libertad es un postulado tampoco demuestra que seamos libres, sino que solamente implica que la libertad puede ser objeto de creencia.

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