Documento de la Universidad de Burgos sobre el surgimiento y expansión del Islam. El Pdf explora la historia de los árabes antes del Islam, desmitificando el nomadismo y destacando la importancia de las ciudades. Aborda las primeras conquistas islámicas, diferenciando entre sumisión por fuerza y por pacto, y el papel del 'wala' en la Historia.
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La historia del Islam va unida a la historia del pueblo árabe, que es el contexto en el que nace y del que toma sus normas iniciales. Pero los movimientos migratorios árabes se habían iniciado varios siglos antes de la Revelación, en el periodo que los musulmanes conocen como la Yahiliya, el periodo de la ignorancia, antes de la Revelación recogida en el Corán.
Las sucesivas oleadas de grupos humanos provenientes de la península arábiga hacia el norte es una constante al menos desde el siglo IV antes de Cristo. La primera mención se debe a Diodoro, historiador griego, y se data en el año 312 a.C., en relación con las campañas de Alejandro Magno. El autor se refiere concretamente a los que denomina sarakenoi, un término que da el de sarracenos, con el que en occidente se conoce a los árabes desde entonces, y nos habla de su capital, Petra, lo que nos permite asociarlos sin ningún género de dudas con los nabateos. Aunque Petra es la ciudad más conocida de los nabateos, no es la única, ya que todo el espacio nabateo estaba salpicado de ciudades que hacían las veces de etapas en la ruta de las especias. Pero ojo, no confundamos el tráfico caravanero, asociado a ciudades estables, con el nomadismo, asociado a la ganadería trashumante, con asentamientos de carácter estacional. De hecho, una de las características más notables de los nabateos es el desarrollo de la agricultura y los sistemas de riego, que tantas veces asociamos a los árabes. Y no solo eso: la voz "nabateo" proviene de una raíz nabata que remite precisamente a eso, a la agricultura (plantar).
Desde ese momento existen noticias de afluencia constante de elementos árabes provenientes de la península que se van instalando y sedentarizando en las dos franjas del desierto sirio: la franja mediterránea, al oeste, y las orillas del Éufrates al este.
Como sabemos, son los territorios que en época tardoantigua estarán dominados por Constantinopla y por los sasanidas respectivamente. Ello favorecerá la constitución de reinos, como el de al-Hira, fundado en torno al año 300 cerca de lo que hoy es Kufa, en el centro sur de Irak y a orillas del Éufrates, asociado a la dinastía Nasri, y considerado tradicionalmente como estado tapón de los sasanidas frente al imperio romano. Ciertamente, esta consideración que le ha dado la historiografía le confiere un carácter absolutamente subsidiario, restando todo protagonismo a los árabes, cuando en realidad lo que habría que decir es que se trata de espacios ocupados por árabes pero donde el poder político es ejercido por personas no árabes. La ciudad, reconocida por los sasánidas, se convirtió en reino, y contaba con otras ciudades importantes como al-Anbar o Ayn al-Tamr, ambos en el centro del Iraq actual y cuyos nombres también indican una función agrícola.
La ciudad de al-Hira vivió su mejor momento en los años centrales del siglo VI, y se convirtió en un importante foco cultural árabe. Pero en el 602 el emperador sasanida se enemista con la dinastía reinante y ejecuta al último rey nasri. Tres décadas más tarde, cuando el ejército árabe y ahora musulmán se dirija a este territorio, las ciudades se someterán sin apenas combates a los árabes que provenían de la Meca. La desafección de la población árabe local hacia los sasanidas era total, frente a la identificación que sentían hacia los ejércitos árabe conquistadores.
Tampoco es nuevo para los árabes el fenómeno urbano. Frente al tópico del nomadismo, llama la atención la importancia de las ciudades dentro y fuera de Arabia antes del Islam. Dentro de Arabia, tenemos ejemplos notabilísimos como Nayran (en la frontera actual con Yemen), Qaryat al-Faw (700 km al suroeste de Riad) o Rabada (200 km al sur-este de Medina), por cierto mucho más importantes a juzgar por las fuentes árabes que la Meca, a la que la historiografía ha dado una importancia desmesurada, debido a que en ella se gestaron los inicios del Islam.
Para recapitular. Primero, que en las sociedades árabes el peso de los nómadas era muy reducido en relación con el peso específico de los sedentarios, es decir, que se trataba de un pueblo en gran medida sedentarizado, lejos, en consecuencia, de la imagen de unos camelleros. Segundo, que estos individuos, además, tenían un importante conocimiento del trabajo de la tierra, no porque lo copiaran de persas o romanos, sino porque ellos mismos lo venían practicando en las márgenes del Éufrates y en la orilla del Mediterráneo desde mucho tiempo atrás. Y tercero, que tampoco la organización política propia les resultaba ajena, ya que muchos árabes se habían organizado en ciudades e incluso habían constituido reinos mucho antes de la llegada del Islam.
En fin, a finales del siglo VI las tribus árabes se encuentran dispersas por todo el territorio que media entre el Mediterráneo y el Éufrates, es decir, que vivían también bajo el gobierno de bizantinos y sasánidas. Este territorio presenta una base demográfica fundamentalmente árabe, pero controlada por poderes políticos no árabes. Solo faltaba alguien que consiguiera unir a las distintas tribus árabes, dotándoles de un proyecto político conjunto. Ese alguien fue Mahoma, y ese proyecto político fue el Islam. Solo así se explica la inmediatez con la que el Islam se propagó por todo esta enorme área.
Mahoma nace en torno al año 570 en la ciudad de la Meca. Miembro de un linaje secundario de la tribu de Qurays, se dedicaba al comercio, y en torno al año 610 o 612 comienza a recibir la Revelación, esto es, Allah le dicta a través del arcángel Yibril, es decir Gabriel, el que será el último de los libros revelados, siendo los anteriores la Torah, los Salmos y el Evangelio (con sus respectivos profetas, Musa-Moisés, Daud-David, e Isa-Jesús).
En el año 622 debe abandonar la Meca, para instalarse en Yatrib que desde entonces pasará a denominarse Madinat al-Nabi (que conocemos simplemente como Medina). A partir de este momento va ganado prestigio, constituyéndose en árbitro de conflictos entre las tribus que habitan Medina, lo que le genera un volumen cada vez mayor de adhesiones a su nueva religión. Más tarde empezarán los conflictos armados, fundamentalmente contra los quraysies, el linaje dominante en la Meca al que él mismo pertenecía (recordemos que él era un quraysi fuera de la Meca, en una ciudad donde su tribo no tenía fuerza). Primero, desde Medina, los ahora musulmanes empezaron a hostigar las caravanas provenientes de La Meca. En respuesta, los mecanos lanzaron una serie de ofensivas, que fueron derrotadas heroicamente por los musulmanes (batallas de Badr en el año 624, y Khandagen en el 627), quienes acaban entrando en La Meca en el año 630 y destruyendo los ídolos de la Kaaba.
Mahoma muere en Medina en el año 632, víctima de la peste.
Sin duda, el papel de la religión que propugnaban Mahoma y los Creyentes es de enorme relevancia, pero ahora nos detendremos en su papel político, es decir, en la articulación de un proyecto estatal por parte de Mahoma, un proyecto que toma ideas de otras realidades políticas (no olvidemos que los persas habían dominado la Meca), pero que se abastece, sobre todo, de las tradiciones árabes, que toma para transformarlas. Tenemos un texto que evidencia esta enorme transformación basada en la tradición: se trata de la denominada Dustur al- madina, o Constitución de Medina, pacto celebrado entre las tribus árabes que residían en Medina arbitrado por Mahoma, cuya tribu, qurayš, precisamente, no tenía presencia en Medina. Era el año 623. Los puntos fundamentales eran los siguientes:
De todo esto podemos destacar dos cuestiones de gran transcendencia política que ayudarán a entender la expansión tan apabullante del Islam:
Por otra parte, aunque no vamos a hablar de religión per se, sí debemos contemplar brevemente la naturaleza y génesis del texto donde se recogen los principios religiosos y morales del Islam: el Corán. Sabemos que, según la