Documento sobre el desarrollo socioafectivo y de la personalidad en la infancia. El Pdf explora las teorías de la socialización, las emociones y la cognición, y el desarrollo de la personalidad, siendo un recurso útil para estudiantes universitarios de Psicología.
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El proceso sociocognitivo se basa en el desarrollo del conocimiento general de todos los objetos existentes (existencia), en el desarrollo de la conciencia de cuándo y por qué la persona debe descifrar los objetos (necesidad) y en el desarrollo de las destrezas cognitivas (inferencia) para descubrir esos elementos. Asimismo, el conocimiento de objetos físicos y el conocimiento social se desenvuelven mediante un proceso cognitivo. No obstante, la interacción social comporta un distinguido intercambio comunicativo, además de acciones físicas y mentales, que le atribuyen una comprensión especial. Por lo tanto, la socialización es todo proceso que participa en el desarrollo de determinadas capacidades y habilidades que ayudan al infante a integrarse en la sociedad, de forma activa y participativa. De hecho, la vida social del ser humano empieza muy temprano. Su proceso de socialización comienza cuando nace y es cuando el bebé adquiere e interioriza valores, costumbres y conductas propias de la sociedad en la que vive. Así, la infancia es una etapa rica en el progreso del conocimiento social. Parte de esta se caracteriza porque el niño dispone de una capacidad perceptiva y cognitiva que favorece: Página 1 de 16
En este sentido, el conocimiento social comprende todos los hechos y rasgos psicológicos que están dentro de la persona. También atiende las cualidades psicológicas en las relaciones personales, atribuye rasgos de conciencia, de autodeterminación y de representación en el entorno.
Existen varias descripciones que tratan la evolución de la conducta y de la personalidad. En este sentido, todos los enfoques establecen como punto de partida la etapa infantil, por lo que, el presente apartado solo se centrará en dicho periodo. De hecho, desde la primera mitad del siglo pasado, el campo psicológico estableció el desarrollo social mediante percepciones de diverso enfoque , como las siguientes:
El recién nacido no puede decir verbalmente como se siente hasta que integra las nociones básicas del lenguaje. Por esta razón, cuidadores, padres y otros deben interpretar sus conductas y expresiones, una tarea que implica determinar la impresión del bebé. La maduración cerebral del infante, durante su primer año, incorpora una programación evolutiva. Mediante esta, adquiere la capacidad de mostrar emociones específicas y la aptitud para entender y expresar como le afectan los acontecimientos que le rodean.
Una de las primeras reacciones emocionales que transmite el bebé desde su nacimiento es la angustia, registrada claramente mediante el llanto. Esta puede tener una diversa causalidad, relacionada con el dolor, la incomodidad, el hambre, el miedo o la amenaza, así como no tener razón aparente. Alrededor de los 3 o 4 meses, cuando el infante ya tiene cierta habilidad motora, si alguien o algo le impide moverse o le obstaculiza un objeto que le interesa, la angustia se combina con reacciones más fuertes como el enfado, la irritabilidad o la tristeza. Por otro lado, el menor tambien muestra su felicidad desde los primeros días de vida con una media sonrisa, provocada por un ruido agradable o por tener el estómago lleno. No es hasta las 6 semanas que aparece la sonrisa social, es decir, cuando el bebe sonríe en respuesta a una cara o a una voz. A partir de los 4 meses, las muecas derivan en sonrisas más amplias y risas, si algo le resulta muy agradable. Especialmente, durante una interacción social con su cuidador o progenitor. Página 3 de 16
Entre los 6 y los 9 meses de edad, todas las emociones infantiles básicas se diferencian entre sí. Además, son más variadas y selectivas, según la situación que experimenta el bebé. Una de sus reacciones más evidentes es ante el miedo, percibido por:
En este sentido, hasta alrededor del año, la conducta emocional del pequeño parece mostrar una empatía no inferencial. Es decir, la expresión emocional de otra persona desencadena un contagio emocional ante el infante, pero sin que estos sentimientos le supongan un conocimiento social sobre la situación. De este modo, las emociones en la infancia se caracterizan por tener una duración breve y acabar bruscamente. Además, suelen ser intensas, diferentes y transitorias por las modificaciones en la fuerza del impulso y por la inmadurez cognitiva del infante.
A partir de la segunda mitad del primer año, el infante desarrolla una metamorfosis cognitiva con la que adquiere ciertas aptitudes de pensamiento, además de una memoria más eficiente. Por esta razón, el bebé obtiene una mayor sensibilidad y empieza a asociar diferentes expresiones faciales y gestos de emoción de las otras personas a un significado, a un suceso, o los relaciona a objetos concretos. Es decir, ante la conciencia sobre la causalidad, el infante transforma sus reacciones en emociones y las dirige hacia situaciones, objetos o personas que en realidad le provocan esta impresión o expectativa. Así, aprende a diferenciar la risa del llanto y las situaciones que ocasionan cada uno de estos factores. Dichas capacidades, sumadas a su experiencia, permiten que el niño seleccione y muestre con mayor habilidad más emociones, producidas ante una causa. De esta manera, según el estímulo, su reacción pasa de ser una expresión pasajera a tener una prolongada e intensa demostración. Hasta este punto, el infante ya presenta unas emociones primarias más fáciles de entender por parte de los adultos, un detalle que facilita un intercambio más estimulante entre las emociones del adulto y las del pequeño. Por otro lado, las emociones del adulto adquieren nuevos significados cuando el infante se fija en la emoción que le comunican sus padres y maestros ante nuevas situaciones. Es decir, el niño aprende cómo estos se sienten y reaccionan para atribuir un significado al nuevo entorno social al que se expone Página 4 de 16
Durante los primeros 2 o 3 años del infante, el contexto social familiar guía sus emociones.