Pdf de Universidad sobre Educacion y sociedad en Costa Rica. El Material explora la evolucion de la sociedad y la educacion en Costa Rica entre 1821 y 1885, con un enfoque en la transformacion rural, la expansion del cafe y la formacion del sistema educativo. Es un texto academico de Historia.
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En vísperas de independizarse de España, en 1821, Costa Rica era un territorio pobre y marginal del imperio español en América. Más del 80 por ciento de la población (unas 60.000 personas) residía en el reducido territorio que se extiende entre los contornos de las ciudades de Cartago y Alajuela. En el Caribe, en particular en Martina, persistían haciendas de cacao, algunas explotadas con mano de obra esclava, últimos restos del auge cacaotero experimentado a finales del siglo XVIII. En el Pacífico central y norte, había vastas haciendas ganaderas, entre cuyos imprecisos límites subsistía un campesinado que combinaba cultivos de subsistencia con la caza y la pesca, y algún trabajo ocasional para los hacendados. Y en las fronteras norte y sur, estaban asentadas comunidades indígenas que lograron escapar al dominio español durante la época colonial (Molina, 1991).
En el Valle Central, la producción, fundamentalmente agrícola, estaba dominada por un campesinado con un acceso desigual a la propiedad de la tierra, a la tecnología y al ganado. Los más ricos, por lo general, poseían tierras propias, eran dueños de trapiches y molinos (la tecnología agrícola más cara de la época) y disponían de abundante ganado. En contraste, lo más pobres, debían labrar tierras comunales, contaban con pocas herramientas y animales domésticos y ocasionalmente eran empleados por los agricultores más prósperos. Entre un extremo y otro, existía un amplio conjunto de pequeños y medianos productores agrícolas, cuyo quehacer se basaba en la mano de obra familiar (Fonseca, Alvarenga y Solórzano, 2001). Aunque los campesinos solían practicar algunas actividades artesanales, existía una capa de artesanos especializados, asentados en las principales ciudades de la época: Cartago (capital colonial), San José, Heredia y Alajuela. Estos espacios urbanos eran diminutas aldeas que, con excepción de Cartago (fundada en el siglo XVI), surgieron en el siglo XVIII. La concentración de tierras en los alrededores de Cartago, en un contexto de crecimiento demográfico, llevó a las familias campesinas a desplazarse hacia el oeste del Valle Central. En el curso de este proceso, los colonos, presionados por las autoridades de la época para asentarse en poblados, dieron origen a las otras tres ciudades ya indicadas (Fonseca, 1983).
Gracias a la puesta en cultivo de tierras vírgenes, el Valle Central experimentó un importante crecimiento económico, basado en la expansión de la producción campesina. Los principales beneficiarios de este auge fueron círculos de comerciantes que, gracias a su dominio del comercio exterior y del metálico (la moneda de plata escaseaba en la época), establecieron una relación de intercambio desigual con campesinos y artesanos: compraban barato el excedente agrícola, pecuario y artesanal, el cual exportaban a plazas en el resto de Centroamérica y Panamá, y vendían caros los géneros extranjeros, sobre todo textiles, que importaban de esas plazas. Tales comerciantes por lo general también desempeñaban cargos civiles, militares y eclesiásticos y eran dueños de haciendas de cacao y ganado, y de barcos (Molina, 1991).
A diferencia de otras partes de América Latina, donde los grupos dominantes eran elites blancas cuyos ingresos dependían de la explotación de mano de obra servil (indígena) o esclava (negra), en el Valle Central la diferenciación social fundamental se basaba en la desigual posición que, en cuanto a su vinculación con el mercado, tenían campesinos, artesanos y comerciantes. Conviene resaltar, además, que estos tres grupos tendían a la homogeneidad étnica basada en el mestizaje y que compartían una cultura común, de raíz española y católica, que se manifestó en la extensión del matrimonio, la caída de la ilegitimidad y creencias y valores compartidos acerca de la vida cotidiana, lo sobrenatural, el más allá y otros asuntos similares (Molina, 1991).
Una vez independiente, la sociedad asentada en el Valle Central (y no las configuradas en el Caribe y en Pacífico) se convirtió en la base de la experiencia nacional costarricense. Dicha tendencia fue reforzada por la expansión del café, a partir de la década de 1830. Con el cultivo de este producto, el país consolidó su inserción al mercado mundial, y experimentó una transformación decisiva: el surgimiento del capitalismo agrario (Hall, 1976; Gudmundson, 1990). Las tierras comunales fueron privatizadas, al tiempo que se expandía el mercado para contratar mano de obra asalariada. Los ganadores principales de este proceso fueron los comerciantes que se dedicaron a la producción cafetalera, y un sector de campesinos medios y prósperos, que disponían de los recursos suficientes para iniciar plantíos, construir patios de beneficio y hacer otras inversiones. Los mayores perdedores fueron, ante todo, los grupos indígenas asentados en el Valle Central, desplazados a medida que los campesinos mestizos y blancos tendían a ocupar sus tierras (Bolaños, 1986; Castro, 1988).
De nuevo, y a diferencia de otras experiencias latinoamericanas, el caso costarricense no supuso la expropiación masiva del campesinado ni el surgimiento de un mercado laboral basado en salarios ínfimos. La existencia de abundantes tierras vírgenes implicó que el proceso de colonización agrícola, iniciado en el siglo XVIII, se prolongara durante el siglo XIX (ocupación del oeste de Alajuela, el este de Cartago y el sur de San José), con lo que las fincas campesinas dispusieron de suficiente margen para multiplicarse (Samper, 1990; Hilje, 1991). Por otro lado, la posibilidad de colonizar que tenía un amplio sector del campesinado, en un contexto de escasez demográfica, elevó sistemáticamente los salarios de lospeones, un alza que fue favorecida por la crisis demográfica de 1856 provocada por una peste de cólera, que acabó con entre el 8 y el 10 por ciento de la población (Cardoso, 1976).
Con lo expuesto hasta aquí, debería resultar claro que el crecimiento económico iniciado en el siglo XVIII, y profundizado a partir de 1830 por el café, fue un proceso incluyente, en el cual los grupos sociales mayoritarios lograron insertarse, ya fuera mediante la especialización en la producción cafetalera, la colonización agrícola o los salarios ascendentes. Una de las mayores diferenciaciones experimentadas por la sociedad en esta época fue de tipo cultural: mientras campesinos y artesanos permanecían fieles a identidades coloniales de base católica, los sectores medios y acomodados de las ciudades, en particular los josefinos, tendían a secularizarse y a europeizarse. Tal tensión cultural, evidente ya en la década de 1840, se profundizaría en los decenios siguientes y debería esperar hasta finales del siglo XIX para su resolución parcial (Molina y Palmer, 2004).
Aunque Costa Rica experimentó algunos breves conflictos internos entre 1821 y 1849, logró exceptuarse de las largas y prolongadas guerras civiles que fueron la norma en otros países de América Latina. En general, desde la independencia hasta 1885, el acceso a la jefatura de Estado (1824-1847) o a la presidencia de la república (a partir de 1848) dependió de una combinación de elecciones (no siempre competitivas) e intervención de los militares. En todo el período, sin embargo, sólo hubo dos dictaduras, la de Braulio Carrillo (1838-1842) y la de Tomás Guardia (1870-1882), y el período no constitucional más prolongado se extendió entre 1876 y 1882, cuando la Constitución de 1871 estuvo suspendida (Obregón Loría, 1981).
Pese a lo indicado, la legislación electoral, con excepción de los años 1849-1859, tendió más a la inclusión política que a lo contrario, y ya en la Constitución de 1859 se estableció el sufragio universal masculino, el cual fue consolidado por la Constitución de 1871. Si bien es necesario realizar mayor investigación todavía, resultados preliminares indican que una dinámica electoral competitiva, en comicios legislativos y municipales, empezó a desarrollarse después de 1850. Vale la pena indicar que, entre 1847 y 1913, el sistema electoral era de dos vueltas: en la primera los votantes escogían electores, y en la segunda, estos últimos escogían al presidente de la república, los diputados y los munícipes. Luego de 1859, los votantes no debían cumplir con requisitos previos para ejercer sus derechos políticos, excepto la edad (20 años); en cambio, los electores debían tener un ingreso determinado (ser propietario de cantidad de 500 pesos o tener una renta anual de 200 pesos) y saber leer y escribir (Molina, 2005a).
Después de la batalla de Ochomogo (1823), que enfrentó a San José y Alajuela contra Heredia y Cartago, San José se convirtió en la nueva capital de Costa Rica y en el asiento del nuevo Estado, el cual inició un proceso de centralización del poder que tendió a acentuarse durante las dictaduras de Carrillo y Guardia. Particular interés le prestó el Estado a la expansión de una red de tribunales civiles, con lo cual empezó a limitar el papel que jugaban la Iglesia católica y las comunidades campesinas en la resolución de diversos conflictos, de casos de violencia doméstica a disputas por la privatización de tierras (Rodríguez, 2002). Asimismo, el Estado, que dependía de los impuestos de aduanas y los ingresos deparados por la comercialización del tabaco y el licor (todos ingresos de origen colonial), impulsó la privatización de la tierra, la ocupación de baldíos nacionales y el desarrollo de la infraestructura necesaria para la expansión de las exportaciones cafetaleras. El mayor proyecto emprendido por el Estado en este período fue la construcción de un ferrocarril a la costa Caribe, del cual resultó la actividad bananera, como se verá más adelante (Rodríguez, 1986; Pérez, 1981).
Pese a que los datos en que se basa son fragmentarios, el Cuadro 1 permite aproximarse a la primera expansión escolar costarricense. Cabe advertir que la información con respecto a San José, Alajuela y Cartago está bastante incompleta, pero si se supone que en las jurisdicciones de esos municipios se abrieron tantas escuelas como en Heredia (la cual tenía más habitantes que Alajuela, pero menos que San José y Cartago), resultaría que, en el bienio posterior a la aprobación de la Constitución gaditana, fueron creados en Costa Rica alrededor de unos 35 centros escolares, todos para varones. Tal cifra contrasta agudamente con los 13 intentos por fundar escuelas que hubo entre 1750 y 1799, y con las doce tentativas del mismo tipo habidas entre 1800 y 1811 (González Flores, 1978; Churnside, 1985).