Historia plenomedieval: crecimiento agrario y triunfo de la ciudad

Documento de Universidad de Burgos sobre Introducción a los temas 6, 7 y 8 Historia plenomedieval. El Pdf de Historia, para Universidad, analiza el crecimiento agrario y la urbanización entre los siglos XI y XIII, explorando la estructura social tripartita y la transición de un mundo rural a uno urbano.

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Introducción a los temas 6, 7 y 8
Historia plenomedieval
Los tres capítulos siguientes se dedicarán al estudio de la sociedad
plenomedieval, es decir los siglos XI, XII y XIII. Lo analizaremos desde tres
perspectivas diferentes, aunque necesariamente interrelacionadas, observando
la emergencia de una serie de instituciones que caracterizarán el periodo: aldea
y ciudad; monasterio y catedral; nobleza y monarquía. Estos tres apartados
corresponden a la división tripartita de la sociedad medieval en los tres órdenes
descritos por el obispo Adalberón de Laon, a saber, los que trabajaban
(campesinos); los que rezaban (clérigos); y los que luchaban (nobleza y la
monarquía):
Por tanto, la Ciudad de Dios, que se tiene por una sola, está dividida en
tres Órdenes: unos oran, otros combaten y otros trabajan. Estos tres
Órdenes viven juntos y no soportarían una separación. Los servicios de
cada uno de ellos permiten los trabajos de los otros dos. Cada uno,
alternativamente, presta su apoyo a todos.
Adalberón de Laon, Carmen ad Rothbertum regem, siglo XI
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6. El crecimiento agrario y el triunfo de la ciudad
6.1 El crecimiento plenomedieval
La palabra que mejor define la trayectoria histórica de la Europa occidental
durante los primeros siglos del segundo milenio es la de crecimiento: crecimiento
que se expresa en un innegable aumento vegetativo de la población, sustentado
en las constantes mejoras llevadas a cabo en la agricultura y en la ganadería;
crecimiento que propicia el despertar de la vida urbana; y que provoca un alto
grado de dinamismo social, al tiempo que permite un notable desarrollo espiritual,
tanto en el campo estrictamente religioso como en el más amplio de la cultura en
general.
Son varios los factores que permiten ese crecimiento sostenido. En
primer lugar, los conflictos armados que habían proliferado hasta el siglo X
experimentarán una reducción sustancial gracias a la consolidación del poder
monárquico. Además, en los siglos XI, XII y XIII Europa conocerá un proceso de
calentamiento climático moderado que favoreció, en términos generales, un
incremento de la productividad agrícola.
Asimismo, mejoras de carácter técnico, que ya se conocían con
anterioridad, experimentan ahora un proceso de generalización. Por ejemplo, se
perfeccionarán los sistemas de tracción animal, lo que redundará en un aumento
de la potencia de tiro tanto en los caballos, más utilizados en los ámbitos
septentrionales, como en los bueyes, propios en general de la Europa
Mediterránea. También se generalizará el uso del arado de vertedera o
«carruca» (charrue, plough), consistente en una reja disimétrica y una vertedera
que permitía hacer surcos más profundos y voltear la tierra, lo que provocaba
una mejor aireación del suelo; a este artilugio se le añadían ruedas laterales que
permitían un movimiento más fluido y una regulación de la profundidad de la
penetración de la reja. No obstante, en la Europa meridional se continuó usando
en muchos casos el tradicional arado romano (aratrum) debido al escaso grosor

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HMU 6. Crecimiento agrario y ciudad

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Introducción a los temas 6, 7 y 8 Historia plenomedieval

Los tres capítulos siguientes se dedicaran al estudio de la sociedad plenomedieval, es decir los siglos XI, XII y XIII. Lo analizaremos desde tres perspectivas diferentes, aunque necesariamente interrelacionadas, observando la emergencia de una serie de instituciones que caracterizarán el periodo: aldea y ciudad; monasterio y catedral; nobleza y monarquía. Estos tres apartados corresponden a la división tripartita de la sociedad medieval en los tres órdenes descritos por el obispo Adalberón de Laon, a saber, los que trabajaban (campesinos); los que rezaban (clérigos); y los que luchaban (nobleza y la monarquía):

Por tanto, la Ciudad de Dios, que se tiene por una sola, está dividida en tres Órdenes: unos oran, otros combaten y otros trabajan. Estos tres Órdenes viven juntos y no soportarían una separación. Los servicios de cada uno de ellos permiten los trabajos de los otros dos. Cada uno, alternativamente, presta su apoyo a todos.

Adalberón de Laon, Carmen ad Rothbertum regem, siglo XI

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El crecimiento agrario y el triunfo de la ciudad

El crecimiento plenomedieval

La palabra que mejor define la trayectoria histórica de la Europa occidental durante los primeros siglos del segundo milenio es la de crecimiento: crecimiento que se expresa en un innegable aumento vegetativo de la población, sustentado en las constantes mejoras llevadas a cabo en la agricultura y en la ganadería; crecimiento que propicia el despertar de la vida urbana; y que provoca un alto grado de dinamismo social, al tiempo que permite un notable desarrollo espiritual, tanto en el campo estrictamente religioso como en el más amplio de la cultura en general.

Son varios los factores que permiten ese crecimiento sostenido. En primer lugar, los conflictos armados que habían proliferado hasta el siglo X experimentarán una reducción sustancial gracias a la consolidación del poder monárquico. Además, en los siglos XI, XII y XIII Europa conocerá un proceso de calentamiento climático moderado que favoreció, en términos generales, un incremento de la productividad agrícola.

Asimismo, mejoras de carácter técnico, que ya se conocían con anterioridad, experimentan ahora un proceso de generalización. Por ejemplo, se perfeccionarán los sistemas de tracción animal, lo que redundará en un aumento de la potencia de tiro tanto en los caballos, más utilizados en los ámbitos septentrionales, como en los bueyes, propios en general de la Europa Mediterránea. También se generalizará el uso del arado de vertedera o «carruca» (charrue, plough), consistente en una reja disimétrica y una vertedera que permitía hacer surcos más profundos y voltear la tierra, lo que provocaba una mejor aireación del suelo; a este artilugio se le añadían ruedas laterales que permitían un movimiento más fluido y una regulación de la profundidad de la penetración de la reja. No obstante, en la Europa meridional se continuó usando en muchos casos el tradicional arado romano (aratrum) debido al escaso grosor

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del suelo. Asimismo, se expandirá la rotación trienal de cultivos. Por último, se generalizará por todas partes el molino de agua, cuya capacidad de molienda equivalía a la de cuarenta hombres, una circunstancia que, a la vez, facilitó la expansión de cultivos de regadío.

La explosión demográfica resultante se hace visible en la cristalización y consolidación de una tupida red de núcleos rurales de nueva planta, mucho más abundantes en el altomedievo que en la actualidad, llenando todos los intersticios del campo europeo. La mayoría de ellos después se despoblarían, sobre todo como resultado de la crisis del siglo XIV, comenzando un proceso que sigue todavía hoy.

Puesto que la presencia de las ciudades es tímida, en este primer momento la innegable protagonista es la aldea campesina. Éstas se conforman a partir de la asociación de varias familias que desean compartir un lugar de residencia y un término circundante en relación de vecindad. A veces destacaba en este paisaje rural alguna construcción de piedra, sobre todo la iglesia, seña de identidad colectiva por excelencia. En cuanto a las viviendas campesinas eran siempre muy modestas, con alguna dependencia aneja (huerto, corral), y de una única planta y tejado hilvanado muy a menudo con paja. La modestia de estas construcciones hace que ni arqueológicamente ni menos aun arquitectónicamente hayan dejado mucha huella, pues generalmente se detectan sólo a partir de los agujeros que han dejado los postes de madera que sujetaban el techo.

Dentro de la aldea la unidad básica productiva era la llamada «pequeña producción» o «pequeña explotación campesina», trabajada por una familia conyugal y sometida al dominio del señor (sobre esta relación volveremos en breve). Esta pequeña explotación se centraliza en el espacio que en Castilla se conocerá como solar. Además del lugar donde se asienta la vivienda campesina, el solar es el ámbito físico y jurídico sobre el que los señores proyectan su autoridad y constituye la célula básica para la percepción de rentas y tributos por parte del señor, pero también del rey. Asimismo, el solar se encuadra en una parroquia, lo que obliga a su beneficiario a pagar a la misma el diezmo, una

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obligación que se generaliza desde el siglo XI. La realidad del solar castellano resulta equiparable a la del casal gallego, el préstamo leonés, el mas catalán, aquitano y provenzal, la huba germánica o la hide anglosajona, y constituye una herencia del manso del imperio carolingio o del reino visigodo.

De media, cada explotación ocupaba unas 14 hectáreas, y estaba habitada por familias de 5 personas aproximadamente. Unas 10 o 20 familias agrupadas formarían una aldea. En lo que hoy es la provincia de Burgos se han identificado más de 2.000 aldeas de este tipo, lo cual daría una población conjunta de entre 100.000 y 200.000 personas (quizás en total unos 6 millones en los Reinos Hispánicos a principios del siglo XIV).

Estas familias de campesinos son el auténtico motor del sistema, pero en gran medida ya lo habían sido antes. La originalidad del sistema plenomedieval reside en las especiales relaciones socioeconómicas establecidas entre estas células básicas de organización social y los órganos de poder: los señores. La abundancia de pequeños campesinos propietarios más o menos independientes -a los que alude la documentación de la Alta Edad Media- dará paso a la paulatina generalización de la dependencia señorial. Así, para el año 1200, la inmensa mayoría de los hombres y las tierras formaban parte de señoríos, ya se tratase de señoríos laicos o eclesiásticos.

Tampoco es que un solo modelo se implantase en toda Europa. Había variaciones regionales y diacrónicas: desde la sujeción estricta a la tierra y a la autoridad señorial (como en el caso de muchos villains ingleses, de los leibeigenen alemanes, los serfs franceses o los campesinos remensas catalanes), hasta la propia del campesino alodial (dueño de sus tierras sin carga señorial alguna), pasando por la que entendemos que es la mayoritaria y que en el ámbito castellano-leonés remite a las figuras de los prestameros, hombres de behetría y solariego.

Según este modelo generalizado de dependencia campesina, hubo un «reparto» de los derechos de propiedad entre el señor y el campesino. En virtud de dicho reparto éste reconoce a aquél el dominio señorial (o dominio «eminente») sobre el solar y la tierra que trabaja; en contrapartida, el campesino

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ostenta el dominio útil de los mismos. El señor «protege» al campesino y orienta su actividad productiva, y el campesino transfiere a dicho señor rentas y tributos (derivados estos últimos de la parte de soberanía que el monarca ha puesto en sus manos). Cuando el campesino decide vender la explotación o parte de ella, ha de quedar garantizada la entrega de dichas rentas por el nuevo ocupante. Pero al margen de esta relación, la figura del rey también se hace presente, entre otras cosas, por su capacidad para exigir determinados tributos al campesino, como la fonsadera o los pedidos castellanos.

Sobre estos pilares se levanta el edifico social medieval: nuevas aldeas y mejoras técnicas aplicadas a la agricultura; la relación entre el campesino y su señor; y los castillos y monasterios de los señores laicos y eclesiásticos levantados todos ellos con las rentas y tributos satisfechos por esos campesinos. Pero también en este periodo asistimos a la consolidación de los primeros núcleos urbanos, algunos rescatados de las ruinas de la antigüedad y otros de nueva planta. En ellos se recuperarán oficios y actividades casi olvidadas, como la artesanía y el comercio, que, a su vez, estimulan el auge de actividades económicas más especulativas, como fue el caso de ganadería, fundamentalmente la lanar, cuya materia prima -la lana- estuvo en el origen de la incipiente industria textil y del comercio a gran escala, en el que, con el tiempo, destacaría la ciudad de Burgos.

Hacia la hegemonía de la ciudad

Hasta el momento, nos hemos referido a un mundo esencialmente rural, que fue el que predominó en la Europa occidental de los siglos X-XII. Pero en su seno se estaban fraguando una serie de procesos que cambiarían la tendencia en los siglos posteriores. Resulta evidente que las actividades agropecuarias seguirán ostentando un lugar hegemónico en la producción durante siglos. Pero las pautas y consignas culturales, los movimientos reformistas más radicales y de mayor acogida, las decisiones políticas y los programas religiosos ya no tendrán en el campo su caldo de cultivo natural, sino que, poco apoco, se irán

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