Documento de Universidad sobre Familia Aciatica. El Pdf explora la historia y organización de Cocomacia, una organización etnico-territorial en Colombia, enfocándose en su evolución y estrategias para la defensa del territorio y la identidad afroatrateña, incluyendo la participación en la Constituyente de 1991.
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Um sistema de parentesco não é uma estrutura, é uma prática, uma práxis, um processo e até uma estratégia. Deleuze y Guattari (2004: 152)
Al referirse a sí mismos, los afroatrateños hablan de campesinos, campesinos negros, gente de río y de monte. Esta noción de campesino se remonta a la década de los ochenta, cuando el trabajo de los misioneros claretianos, inspirado en el modelo de las CEBS, los animó a conformar una asociación para defender los recursos naturales. Más en particular, ante la amenaza que representaban las compañías madereras que venían río arriba tumbando monte y marcando árboles en parajes que eran considerados "baldíos de la nación".
Así nace la ACIA -Asociación Campesina Integral del Atrato-, que representa todo un icono en la lucha de las comunidades negras en Colombia. La participación de la ACIA fue importante para la inclusión del artículo transitorio 55 en la Asamblea Constituyente de 1991. Esto fue la semilla para el nacimiento de la Ley 70 de 1993 donde por primera vez se reconoció el derecho de las comunidades negras a la autonomía y a la propiedad colectiva de la tierra. Y aunque este proceso cuenta con una larga historia, los Aciaticos destacan lo ocurrido el 29 de diciembre de 1997, cuando se titularon casi ochocientas mil hectáreas como territorio colectivo de ciento veinticuatro comunidades negras de la región.
En este capítulo abordaré la historia de esta organización étnico-territorial del Medio Atrato, hoy llamada Cocomacia, a partir del elemento central en que es descrita por sus integrantes: la idea de familia.
El trabajo de los miembros de Cocomacia trasciende la simple lógica de administrar el territorio propuesta por el Estado. Para ellos, formar parte del colectivo, llegar a ser un líder o un representante dentro de la organización, crea todo un sentido de pertenencia hacia a una red de parientes comprometidos con su gente: personas a quienes les duele lo que pase en su territorio.
El problema abordado en este capítulo me plantea un reto importante. ¿ Cómo hablar de política en el mundo afroatrateño y no verla como algo que solo está asociado con el Estado, el reconocimiento como grupo o con la definición de criterios de etnicidad y diferenciación? En ese sentido, opto por seguir la trayectoria de esta reconocida organización, que ha estado vinculada con la lucha por la titulación de territorios colectivos, para mostrar como el hecho de ser Aciatico no es solo un problema de identidad, sino de crear posibilidades, conectar ríos y gente, activar fuerzas y conexiones para la defensa, el cuidado y la protección de la vida.
El propósito de este capítulo es ver cómo se construye el sentido de alianza y compromiso y cómo se articula con las dinámicas de parentesco descritas en el capítulo anterior. Mi interés en este texto por la organización Aciatica se centra en los elementos activados en la lucha y en cómo esta es descrita desde la conexión entre ríos y gente, el hacer parientes y familia, el embarcarse y el moverse. En suma, se trata de ver como el trabajo de la Familia Aciatica opera también en la construcción y la defensa de una vida sabrosa. Para analizar la historia de la ACIA desde una perspectiva de las dinámicas y procesos organizativos, el diálogo con instituciones del Estado y sulugar como movimiento social afrocolombiano, es referencia clave el trabajo de Liliana Gracia Hincapie (2013).
En la primera parte se aborda el nacimiento de la ACIA, visto como una estrategia para conectar ríos e intereses, en respuesta a las constantes amenazas. En este punto, retomaré el papel cumplido por los misioneros claretianos en la conformación y desarrollo del proceso organizativo. En la segunda parte profundizaré en el momento histórico de la Constituyente, las alianzas afroindígenas que se movilizaron y las dinámicas que hicieron visibles a los afroatrateños en el debate nacional. Por último, ahondaré en los retos con que se enfrenta hoy la Familia Aciatica y los conflictos propios de un contexto políticamente agitado: la presencia de actores armados, las empresas mineras y las organizaciones de cooperación internacional. Todo esto propicia grandes debates acerca de las nociones de bienestar, conservación, pobreza, progreso, desarrollo y autonomía, entre otros.
Aníbal Córdoba, habitante de la comunidad de Puné y antiguo miembro de la junta directiva de Cocomacia, dice que aun cuando siempre hubo relaciones entre comunidades vecinas, hacía falta un hilo conductor que las orientara. En los años setenta, por ejemplo, la relación entre los ríos distantes no era muy fuerte. La gente del Atrato estigmatizaba a los habitantes de los ríos subsidiarios, identificandolos como gente bruta y aislada. Es cierto que existían inspectores y juntas de acción comunal, pero, como lo recuerda Aníbal, se trataba de un requisito estatal que no agrupaba ni reactivaba las relaciones entre comunidades. Todo se concentraba en las cabeceras municipales y los poblados mayores, y frente a estas figuras de representación política, las comunidades más alejadas se mantenían relegadas, sin mayor orientación. Así hubiera relaciones entre parientes de un mismo río o de otras comunidades, no existían estrategias colectivas para afrontar problemas que involucraran a toda la región.
Humberto Mosquera, representante habitual en temas de paz y derechos humanos para el Atrato, cuenta que su vínculo con la organización nació cuando su padre trabajaba como correo de los misioneros en el alto Baudó. Su padre era de Paimadó. Llevaba encomiendas, cartas, pagos e información de un río a otro. Se mantenía en contacto con las comunidades negras e indígenas, con la Diócesis y los misioneros. Cuenta que, al salir de su río, fue que conoció a los parientes de Quibdó. Por ese entonces, la situación en el Baudó no era buena.
La tala de árboles había avanzado, sin ningún respeto hacia las comunidades negras que vivían allí desde hacía siglos, y, además, no había mayores oportunidades. Pero gracias a la ayuda de un tío, Humberto se quedó estudiando en Quibdó, donde se conectó con varios amigos del río Bebará. Fue así cómo, al terminar el bachillerato, consiguió trabajo como maestro en Bebará, donde hizo su familia. Más adelante, en 1982, se convertiría en uno de los enlaces del equipo misionero que empezó a buscar alternativas junto a las comunidades para enfrentar el corte indiscriminado de madera en el Bajo Atrato, el Darién y el Baudó:
Fue a partir de esa época que empezamos nosotros a hacer lo que era reuniones con el equipo misionero del padre Gonzalo y empezamos a trabajar la palabra, a leer la Biblia para analizar la realidad dentro de las Comunidades Eclesiales de Base. Ya en el 86 empiezan las comunidades a hacer reuniones, y decidimos crecer y capacitar a la otragente. Hacíamos grupitos de diez, pero capacitábamos a toda la comunidad. Así nace lo que fue el comité de trabajo y lo que era la Cocomacia, la ACIA como tal. Después de que esas Comunidades Eclesiales de Base se volvieron comités locales, entonces ya el centro de discusión era el tema de cómo la gente de afuera se estaba metiendo al territorio, se nos estaba llevando la madera, los recursos naturales, y cómo íbamos a defender eso juntos. Nace entonces la propuesta del padre Gonzalo, y llegamos al momento de hacer la asamblea en el río Pune. Como no había motor ni forma de traer la familia de toda la comunidad a las asambleas, se define la representación en esa junta que nació allí en Puné, la primera junta. (Entrevista con Humberto Mosquera, septiembre de 2012)
Otra fecha citada por los líderes de la ACIA es la reunión de Buchadó, realizada el 9 de junio de 1988. Allí, la ACIA, ya con personería jurídica, convocó a instituciones como Codechocó (Corporación para el Desarrollo Sostenible del Chocó) y a la Secretaría de Agricultura y Planeación Nacional para firmar el primer acuerdo que identificó un área de manejo conjunto de los recursos naturales (Perea 2012: 51).
Nevaldo Perea recuerda que a finales de los ochenta se intensificaron las movilizaciones y el análisis de lo que vivían las comunidades negras. De acuerdo con sus conclusiones, la libertad alcanzada tras la abolición de la esclavitud no les dejó a los ancestros un camino distinto a seguir labrando la tierra y a trabajar la minería y la agricultura. Sin embargo, leyes como la 2 de 1959, que declaraban baldíos nacionales los territorios del Pacífico, legitimaron el desconocimiento de los afroatrateños y las comunidades negras en general como habitantes de esa región. Pasaron entonces varias décadas hasta dar con los primeros análisis por parte de las comunidades, gracias a los cuales se difundió la idea de que el problema no consistía solo en defender los recursos naturales, sino también la existencia misma de las comunidades negras y, en especial, el reconocimiento de sus territorios (Perea 2012: 51-53).
De este modo, la organización nace en Puné con el objetivo de defender los recursos naturales de la invasión de las empresas madereras (entre ellas Maderas Pizano y Maderas del Darién), para encaminarse luego hacia la defensa del territorio, la vida y los derechos humanos. Toda una genealogía de luchas que obedecen a una trayectoria marcada por los encuentros de los atrateños con cada nuevo actor que ha hecho presencia en sus territorios.
El surgimiento de las CEBS en el Medio Atrato está asociado con el trabajo del claretiano Gonzalo de la Torre, quien fue uno de los primeros en introducir los cambios que el Concilio Vaticano II propuso para abrir las puertas de la Iglesia hacia afuera. En Colombia, como bien lo recuerda Carlos Efrén Agudelo, "es la II Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM), realizada en Medellín en 1968, la que orienta la llamada 'opción preferencial por los pobres'. La CELAM, a través de su departamento de misiones, se pronuncia entre 1968 (Melgar), 1969 (Caracas) y 1971 (Iquitos) sobre la necesidad de replantear su trabajo con los grupos étnicos. Se habla entonces de la atención especial que requiere el trabajo hacia las poblaciones negras" (Agudelo 2002: 30). En ese contexto, el trabajo de los claretianos en el Chocó da un giro, inspirado en el movimiento de la Teología de la Liberación en América Latina, proponiendo una relectura de los planteamientos de este concilio. Para el padre Gonzalo, abrir las puertas de la Iglesia en América Latina siempre significó encontrarse con una "cultura oprimida", "no reconocida y marginada", entre la que se